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Introducción
Reconozco totalmente los motivos para que ocurra lo dicho por el presidente Tanouti: los desafíos de la globalización por supuesto tienen que llevar a más de alguna reacción pasional en nuestro campo.
Me parece necesario que el cerebro, el estómago, el corazón, el ánimo… y el ser completo de los educadores se integre para poder pensar, sentir y vibrar del modo más vehemente posible, a fin de intentar captar así —en toda su complejidad— una cuestión tan apremiante, trascendente y difícil como identificar la vía hacia la sociedad del conocimiento. Evidentemente la educación se ubica en el centro del asunto, ya que la tarea educativa impacta tanto en el ámbito cultural como en el económico; y, en éste último, tanto desde el proceso formativo de los productores como en el de los consumidores de la información y en la transformación de ésta en conocimiento.
El conocimiento como poder
El conocimiento es hoy el recurso más apreciado en el planeta. Nunca antes se consideró la generación del saber como la principal veta para el progreso de las naciones, las cuales en la actualidad se hallan más interrelacionadas que en ningún otro tiempo.
Las organizaciones que se formaron siguiendo las pautas de la primera revolución industrial, eran más fuertes mientras mayores recursos manifiestos poseyeran: dinero, materiales y equipo, instalaciones, personal; puesto que éstos garantizaban su capacidad de producir y proporcionar bienes y servicios. Hoy las empresas productivas y de servicio, incluidas las educativas —públicas y privadas— tienen su mayor riqueza en los recursos virtuales: la información, las creencias, las actitudes, la creatividad y su transformación en conocimiento. Un sujeto educado en el siglo XXI1 se define como alguien que procesa la información disponible en torno a una situación dada y la transforma en ideas que evolucionan para mejorar las condiciones de la realidad individual y social.
La era de la información caracterizada por el crecimiento exponencial de las posibilidades de comunicación de información y la velocidad con la que es posible acceder a ésta buscan incrementar el mejoramiento de las condiciones del entorno de los sujetos, nivel de vida satisfactorio, democratización, equidad, derechos humanos, etcétera. Las nuevas tecnologías derivadas de los progresos de la telefonía, la red, el uso del tablero en tiempo real, la televisión por cable, el video y en general los medios interactivos, apuestan por una cultura del aprendizaje permanente.2 En los años recientes ha quedado claro que el capital por sí solo no garantiza el éxito en las empresas. Por el contrario, la creatividad, la información y el uso de la tecnología en beneficio de objetivos claros produce bonanza económica.
Ante la naturaleza agotada por los abusos de la industrialización y la vida humana amenazada tanto por los excesos de la modernidad como por la miseria, la enfermedad y el hambre resultantes de las desproporciones del poder, así como de la corrupción y la violencia, la precisión en el hallazgo de soluciones inteligentes que puedan revertir el caos tanto ecológico como político en general, es visto a manera de remedio ante el escenario de extinción que desgraciadamente atisbamos como especie en un horizonte de alta probabilidad.
Algunas paradojas
No obstante —y a pesar de que el conocimiento es señalado como algo socialmente reconocido y valorado de sobremanera en nuestros días— parecería que es la propia sociedad, la que debido a ciertas prácticas alejadas del bienestar humano y de la conciencia individual y social, atenta contra su generación y avance.
A todas luces incongruente, actualmente vivimos al mismo tiempo una época de vertiginoso avance del conocimiento, junto con una extendida ignorancia, atracción hacia lo superficial e inmediato y acentuada desvalorización y falta de interés hacia importantes áreas del saber.
En otra situación incoherente, a pesar de que las condiciones actuales en las que el mundo gira —la multicitada globalización— hacen posible obtener cada vez mayores cantidades de información, a la vez obstaculizan el acceso de millones de personas a ésta y por ende los excluyen del juego debido a restricciones de índole económica y cultural. Las condiciones imperantes homogenizan “el saber” a través de colocar en la cúspide la visión hegemónica y rechazar, o por lo menos minimizar, aquélla o aquéllas que proceden de grupos minoritarios o menos influyentes desde el punto de vista económico.
Asimismo, entre los países del orbe, la sociedad de la información no constituye aún un ejemplo de equidad entre las naciones a pesar del mensaje de equilibrio e integración que pretende trasmitir en su camino hacia lograr convertirse en sociedad del conocimiento.
De igual modo, en otra suerte de contradicción, los sistemas educativos de países como el nuestro preconizan la valía de enfatizar el alcance de “competencias” como atributos requeridos de modo imperativo por el desarrollo económico y tecnológico de este siglo, (en el cual todo se intenta convertir en mercancía, incluso la formación y el conocimiento), mientras que sus integrantes presencian atónitos la pérdida de contenidos éticos en los más diversos ámbitos de la educación.
Se promueve la libertad individual confundida con la independencia económica para el consumo como meta, mientras que —a causa de este empobrecimiento de destinos— se somete al ser humano a esquemas ideológicos y prácticas nocivas que debilitan su carácter y menguan su voluntad, lo alienan y contribuyen a despojar de sentido su existencia y, por ende, a convertirlo en un ser cada vez con menor identidad, libertad y autonomía. Una preocupación de los educadores que no ha sido suficientemente abordada aún es la formación de la responsabilidad individual y social en las nuevas y cambiantes condiciones en las que se produce el conocimiento.
El intercambio o por lo menos el acceso de muchos hacia ideas originadas en las más diversas y lejanas culturas puede, al mismo tiempo, tanto posibilitar la desaparición de rígidas fronteras de nacionalistas que lindan en xenofobia y fanatismo, así como poner en peligro la autonomía de pensamiento si no se tienen el criterio, las herramientas de análisis y las formas de validación para determinar sus alcances y pertinente adaptación a realidades distintas.
La comunicación inmediata a través de medios remotos a la vez que promueve el entendimiento y celebración de las diferencias y particularidades de cada porción del mundo, debiera contribuir a disminuir la discriminación. Por desgracia no siempre es esto lo que ocurre.
En el ámbito técnico, mientras que acceder a contenidos y métodos educativos actualizados gracias a los adelantos tecnológicos abre las posibilidades reales del aprendizaje vitalicio, la demanda, como en el caso de cualquier otra operación de mercado ha alterado las cifras de la oferta. Hoy se ofrecen estudios de dudosa calidad a fin de cubrir la necesidad de “credencialización” en la que han incurrido algunos sistemas de formación profesional.
Por otro lado, esa misma credencialización por medios electrónicos, puede simular el acceso al conocimiento pero no en todos los casos lograr el compromiso social y transformador de la realidad entre los sujetos ya que la tecnología por sí sola no puede avalarlo. El lema “más computadoras, mejor educación” no posee sustento. Así, ésta es otra de las paradojas: las condiciones alrededor de la sociedad del conocimiento en no pocas ocasiones han caído en un miope tecnocentrismo que por supuesto no contribuye a la auténtica búsqueda de conocimiento.
Decía en una comunicación anterior que no es el acceso a la información per se la que producirá profesionales altamente creativos, socialmente responsables y realizados a través de su desempeño laboral. Se trata de que el sistema educativo se dirija hacia apoyar la formación de cada uno de sus integrantes facilitando que se acceda a la información y se le analice desde diversas ópticas: mayor apertura hacia otras manifestaciones culturales y referentes sociales, comunicación inter e intradisciplinaria, destreza en el uso y aplicación de las nuevas herramientas tecnológicas, marco valoral y ético de las acciones, y, por supuesto el acento en la formación de actitudes de investigación y de afirmación hacia el deber social.
Sumado a todo lo anterior, es necesario subrayar también que se atestiguan cambios sociales a nivel mundial que pueden considerarse completamente inéditos, los cuales buscan avanzar en el camino del reconocimiento y superación de las desigualdades e inequidades vividas en el pasado por miembros de minorías genéricas, étnicas y sociales, entre otras; sin embargo, en muchos casos dichos cambios se enfrentan con una falta de respuestas en el repertorio cultural de los individuos involucrados, ante la pérdida de asideros anteriormente presentes en la tradición. Parece de nuevo que la mayor conciencia y el desarrollo humano no han ido aparejados con el avance tecnológico y de acceso a la información.
Por lo dicho antes, en la vía hacia la construcción de la sociedad del conocimiento, la responsabilidad de los profesionales de la educación atraviesa por la necesidad de dedicarnos a diseñar y operar propuestas de análisis y solución a cuestionamientos torales acerca de la vida individual y comunitaria de las personas en ésta que ha sido llamada la era de la información.
En este sentido, resulta imperativo apelar a la responsabilidad de quienes hemos decidido apostar por la educación como la vía de acceso a más altos niveles de conciencia tanto individual como social, ello con el fin de dilucidar los modos más adecuados en los que hemos de contribuir a promover la formación y el crecimiento de las personas, en el marco de la compleja encrucijada que contextualiza —desde intrincados y sensibles vínculos económicos, políticos, culturales y tecnológicos— el momento presente.
Para finalizar
La cuestión más importante continúa en el tapete: qué objetivos —desde la acción responsable de sus profesionales— buscará apuntalar la educación como prioridad en esta era hacia la sociedad del conocimiento: ¿los de índole económica o los de desarrollo de la conciencia de los seres humanos? Ahí está el reto.
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