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Colaborador Invitado

 

Ciencia y Sociedad del Conocimiento

 
Laura Suárez y López Guazo
Dra. en Ciencias Biológicas
Profesora titular. CCH. Plantel Sur. UNAM

 

Es indiscutible que en la actualidad los límites del conocimiento científico giran en torno a la búsqueda de teorías amplias, unificadoras, integradoras, lo que implica necesariamente una nueva cosmovisión, como en su momento pudo representar la unión de las leyes que rigen el movimiento, es decir, la mecánica clásica y la cuántica.

La valoración social de la información en el contexto actual, ha conducido a replantear la importancia de la producción del saber, en lo que se ha denominado sociedad del conocimiento, derivada de la concepción de Daniel Bell, quien en 1973, destacaba ya que en la sociedad post-industrial, el eje central sería el conocimiento teórico; para él los servicios, con base en la producción de conocimiento, representan los motores que deben orientar las nuevas economías y las futuras sociedades de la información.

A partir de los años noventa del siglo pasado, en diversas cumbres mundiales, el concepto de sociedad del conocimiento, ha sido temática medular. Pero especialmente a partir de 2003, cuando se hizo patente de manera destacada el predominio de la información, la comunicación y en general del saber, en la economía, la política y en el conjunto de las actividades humanas, se replantearon nuevas políticas para el desarrollo social, centradas en los seres humanos, en función de sus necesidades y con un preciso marco normativo que intenta contemplar los derechos humanos, la equidad y la justicia social. En ese proceso, los países en desarrollo y los actores sociales deberían tener un rol clave en las decisiones. De esta concepción resalta lo social, no la producción y utilización del saber derivado del trabajo en diversas áreas del conocimiento, ya que el planteamiento sostiene que la producción de la información, debe determinarse en función de las necesidades sociales.

Ciencia y alternativas sociales
El desarrollo acelerado de la ciencia en las últimas cinco décadas ha sido tal, que en la actualidad se manifiesta claramente en una mayor intervención en el ámbito social de la esfera científica. La alternativa denominada Ciencia para todos que surgió de las críticas a los planteamientos curriculares de los años sesenta y setenta, impulsada de manera notable por Fensham en 1987, intenta la ubicación social de los alumnos a partir de la gran diversidad de ejemplos cotidianos respecto de las aplicaciones tecnológicas fomentando su creatividad y con ella su formación científica.

Esta tendencia, necesariamente implica una seria reflexión acerca de los elementos éticos implícitos en la construcción del conocimiento en el campo de la ciencia y en torno a las repercusiones sociales del mismo. Hoy, la educación superior debe enfrentar el problema que representa la marcada predilección hacia la especialización, esquema que se promueve en las universidades más prestigiadas desde hace más de tres décadas, el cual es imitado desgraciadamente en los programas educativos tercermundistas.
En los que inevitable y desgraciadamente, existe un vacío en cuanto a la valoración que la aplicación social del saber científico tiene
En nuestro país, uno de los retos más sentidos en la actualidad con relación a la enseñanza de las ciencias, se ubica justamente en los aspectos relacionados con la toma de consciencia sobre el impacto social del conocimiento científico, que implica enfocar la creatividad científica, hacia la solución de los graves problemas nacionales actuales y futuros.

La humanidad vive en una etapa, en que los conocimientos llamados científicos, desempeñan un papel trascendente en los más variados aspectos de la vida social. La producción del conocimiento científico en nuestro tiempo, no sólo se reduce a la formulación de teorías o a la interpretación de los fenómenos naturales de acuerdo con el estado de conocimiento de las diversas áreas de la ciencia; por eso es indispensable que en la formación de los futuros trabajadores de la ciencia se ubiquen los compromisos científicos, como factores eminentemente prácticos, esto es, económicos, culturales, éticos y políticos.

En los albores del siglo XXI, época caracterizada por un heterogéneo proceso de modernización, las sociedades tienden a aprovechar los productos derivados del proceso de industrialización, factor que incide directamente tanto en la organización, como en las relaciones sociales. Al mismo tiempo las profundas transformaciones en el ámbito cultural han colocado a la ciencia y la tecnología, como los parámetros esenciales para medir el desarrollo social, de tal forma que en las sociedades actuales se ubica el progreso científico y sus consecuencias tecnológicas, en una posición privilegiada, similar a la que hace varios siglos tenían las doctrinas religiosas.

En nuestro tiempo, el desarrollo científico y tecnológico a nivel mundial, se ha orientado hacia dos vertientes predominantes. Una, que destaca el hecho de que la investigación científica puede garantizar, mediante el desarrollo tecnológico e industrial el progreso social y otra, que sostiene que el nivel de desarrollo científico y tecnológico refleja el progreso intelectual y cultural de los pueblos. Es decir, el primer supuesto implica el desarrollo científico para la solución de los problemas sociales y el segundo, la calificación de un determinado país en función de la producción de nuevo conocimiento científico.

La marcada especialización, reforzada a través de la educación formal de los científicos en los últimos cincuenta años, ha conducido a centrar la investigación en una área particular, en consecuencia al enorme avance en múltiples áreas del conocimiento y respecto a los usos que la humanidad hace de él; pero también ha favorecido el aislamiento de las comunidades científicas de la esfera socio política.

Sobre el compromiso de las comunidades científicas
La ciencia se ha empleado históricamente para legitimar normas éticas o políticas a partir de datos científicos, preferentemente cuantitativos, como se ha tratado de mostrar la supuesta inferioridad femenina, a partir de estudios derivados de la fisiología, antropometría, primatología comparada y de la genética. La inferioridad racial de ciertos grupos humanos, también ha pretendido sustentarse a partir de valorar las diferencias en torno a estadísticas de mediciones de volumen cerebral y la inferioridad de clases, a partir de mañosas pruebas de coeficiente intelectual aplicadas a individuos de diferentes razas o de la misma, con diferentes niveles culturales. Estas supuestas verdades científicas, descansan sobre un postulado básico que sostiene que la verdad es legitimada por la ciencia y mejor aún, si ella es acompañada por datos cuantitativos.

¿Podemos afirmar que los científicos que investigaron la energía nuclear, que posteriormente se empleó para el exterminio de la especie humana o el uso de armas bacteriológicas o quienes estudian las posibles soluciones a los problemas de hambre, de insalubridad, se comprometen de igual manera éticamente? ¿Podemos afirmar también que su objetividad científica les permita mantenerse ajenos e independientes del uso que los gobiernos hagan del conocimiento que producen? ¿o es privilegio de quienes trabajan en el campo de la investigación científica, el comprometerse indistintamente con el bien o con el mal, para que el conocimiento que producen no pierda su cualidad de objetividad y cientificidad?

En la medida que los científicos contribuyen a resolver problemas que contienen normas de valoración moral, con frecuencia invierten la relación platónica entre el bien y el mal. No podemos creer que cualquier tipo de actividad humana, y la científica en particular, dados los alcances del saber que se produce, pretenda colocarse más allá del bien y del mal.

Los resultados del quehacer científico pueden emplearse para el bienestar o la destrucción de la humanidad, por lo que la tradicional etiqueta del científico transmitida desde la enseñanza básica hasta los estudios profesionales, místico, ratón de laboratorio y apolítico, resulta ser una caracterización falsa de un sector profesional que tiene compromisos sociales y políticos, que le obligan a tomar partido en el sentido de impulsar el conocimiento que produce para ser empleado para mejorar las condiciones de vida de la humanidad, el desarrollo de la libertad, promover la paz, en suma, para el progreso de un mayor número de habitantes de nuestro planeta, o que se use con fines que favorezcan sólo a un sector o clase social, que generalmente coincide con quienes detentan el poder político y/o económico, en detrimento de las condiciones de vida de las mayorías.

A manera de reflexión
Es claro que la imagen de la ciencia, se ha construido y evolucionado alrededor de los argumentos que resaltan su racionalidad, su objetividad y su imparcialidad, lo que le ha permitido colocarse en una situación de poder, que se refleja en la autoridad de las instituciones científicas a nivel mundial, aparentemente al margen de las ideologías dominantes.

Afortunadamente el intenso trabajo desarrollado en las últimas tres décadas en el campo de la sociología de la ciencia, tanto por parte de científicos, como filósofos e historiadores de la ciencia, nos permite acercarnos a la realidad del quehacer científico. Conocer los obstáculos tanto de carácter ideológico, como económico que enfrentan los científicos para poder desarrollar su labor; detectar los errores y aciertos que se han cometido para llegar al estado actual de las teorías, así como los efectos negativos y positivos del uso del conocimiento y los factores sociales, económicos y políticos en que incide directamente el uso y en ocasiones el abuso de dicho saber.

Los profesionistas del XXI, requieren de una conciencia clara del impacto social del conocimiento científico. El bienestar colectivo en términos generales se considera como un problema de índole económico y político, pero si la humanidad dedica su esfuerzo en el futuro, al bienestar común, indudablemente que la utilización de la ciencia se orientará hacia ese fin.

Es responsabilidad de los sistemas educativos fomentar el conocimiento del saber que hasta ahora se restringe a las comunidades científicas, por lo que es indispensable que existan programas estatales de difusión de la ciencia, que promueva el establecimiento de organizaciones sociales que orienten, determinen y vigilen el uso adecuado de la ciencia, para garantizar el mejoramiento general de las sociedades, mismo que se debe reflejar en el campo de la salud, en la eliminación de las miserables condiciones de vida de las mayorías que pueblan nuestro planeta y en un mayor nivel cultural de los pueblos.

 
   
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