Renato Huarte Cuéllar
Lic. en Pedagogía
Estudiante de la maestría en Filosofía de la Ciencia
Profesor. FFL. UNAM |
Dos cosas llenan el ánimo
de admiración y veneración siempre nuevas y crecientes,
cuan mayor es la frecuencia y persistencia
con que reflexionamos sobre ellas:
el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí. --Immanuel Kant
Este no sólo es el epitafio en la tumba del filósofo en Königsberg, hoy Kaliningrado, ni tampoco exclusivamente la frase con la que comienza la conclusión de la Crítica de la razón práctica. Este extracto más bien resume lo que ha sido una buena parte de la historia de la filosofía. Si entendemos que la filosofía fue una admiración por aquello que nos rodeaba y el inmediato cuestionamiento en torno a ello, el siguiente paso de admiración se dio por el propio hecho de admirarnos. La pregunta por lo que conocemos como preguntas éticas vinieron de esa capacidad de cuestionarnos sobre nuestros propios actos y pensamientos después de admirarnos por lo que nos rodeaba.
En la filosofía kantiana, pero ya desde las propias obras cartesianas, hay una exaltación del yo. El famoso “Pienso, luego existo” hace tácita una parte importante de la historia de la filosofía: el yo. Yo pienso y luego yo existo. No sólo en estos dos autores, sino en varios otros de lo que se conoce como la tradición occidental, hay una predominancia por el yo y no tanto por el nosotros.
Hablando de epistemología o teoría del conocimiento, la mayoría de las propuestas giran en torno al carácter individual de dicho conocimiento. En este breve artículo se procurará dar cuenta de cómo es que existen teorías que sostienen que la construcción del conocimiento se da en sociedad y no sólo individualmente. Estas ideas fueron desarrollándose hasta que, ya en pleno siglo XX, existe una rama del saber denominada Sociología de la Ciencia en la que se aborda desde ciertos aspectos cómo es que ese conocimiento privilegiado que llamamos ciencia, también se construye y va desarrollando socialmente.
El debate en torno a la ideología: el origen de la sociología del conocimiento
Destutt de Tracy acuña el término ideología como el estudio de las ideas humanas. Sabemos que Napoleón utiliza despectivamente el término contra los republicanos que lo atacaron en su momento, pero no es sino hasta el marxismo, que se le da un carácter peyorativo. La crítica de Karl Marx a “la ideología alemana” era un ataque contra la filosofía de la época en donde no se daban cuenta los propios filósofos de las condiciones que posibilitaban su quehacer (división del trabajo). En este sentido es que hay una fuerte crítica del marxismo a la “ideología” de la época. El sujeto de la historia para el marxismo era el proletariado y éste tenía un fin determinado en la historia.
György Lukács, dentro de una corriente marxista crítica fuera de la Unión Soviética, procura neutralizar el término ideología al decir que también el proletariado tiene ideas y no hay un fin predeterminado en la historia. La realidad no está dada. Se realiza para llegar a un fin. Hay una fetichización de pensar como naturales procesos que son humanos. Tal es el caso de la naturaleza, construida socialmente. La lucha histórica ha sido por el develamiento u ocultamiento de la realidad.
El desarrollo de la sociología del conocimiento
Karl Manheim5 se inspira en Lukács y en Weber y hace una crítica al positivismo comteano que pretende dar a los procesos históricos un fin en la época positiva. Se pretende sustituir las fuerzas de la historia por las fuerzas individuales. En contra de esto, rechaza la propuesta de Lukács al decir que no se puede naturalizar la historia. No hay totalidad. La individualidad de las culturas y de los procesos históricos es el objeto de estudio. La acción humana siempre está vinculada con valores, con la experiencia vivida, incluido el conocimiento mismo. Si en las ciencias naturales hay una interpretación, en las ciencias sociales hay una doble interpretación. En este sentido, ninguna pers-pectiva puede reclamar para sí la verdad.
Esto sirve de base para que sostenga Manheim que no se podrá entender el conocimiento si se mantiene oculta su raíz social. Si el conocimiento es un producto histórico-social, hay interpretaciones necesariamente y esto nos lleva a la relativización. No se pueden separar pensamiento y acción. Hay una fuerte crítica de la filosofía ilustrada, subjetivista, personalista, racionalista, ahistórica y supravaloral.
Todos los grupos parten de valores y es cuando los intereses se ven como objeto epistémico, entonces es que se puede dar la sociología del conocimiento. Todas las clases son sujeto de la historia, también todos los grupos, incluidos los científicos.
El tránsito de la sociología del conocimiento a la sociología de la ciencia
Cuando la crítica manheimiana al marxismo y a la filosofía de los últimos dos siglos llega a Estados Unidos, es Robert Merton quien lo retoma para realizar una propuesta de sociología de la ciencia. Desde su propia disciplina, el sociólogo debe tratar la verdad y la mentira de igual forma. La sociología del conocimiento no puede afirmar si el razonamiento es verdadero o falso, sólo puede decir que un grupo específico en un contexto específico considera un aspecto como verdadero o falso, pero no le corresponderá a la propia sociología determinar si esto es verdad o no. No hay un interés epistemológico ya que las verdades, según Merton, no están determinadas socialmente.
Basado en las teorías de Talcot Parsons, desde la sociología, y de George Sarton, desde la historia de la ciencia, la conocida escuela mertoniana hace un análisis de la ciencia y el efecto de su aplicación. Estudian cómo los contextos sociales facilitan o entorpecen la ciencia en torno a las siguientes líneas:
- Análisis de las condiciones sociales e históricas que hacen el desplazamiento de las instituciones científicas
- Estudio de las mentalidades de estratos sociales
- Valoración social de los tipos de conocimiento
- Condiciones en las que cobran importancia o entran en declive distintas disciplinas
- Estudio de la organización social que guía la vida académica
- Estudio de las instituciones que facilitan o dificultan el desarrollo académico
- “Background” de los intelectuales
- Consecuencias sociales de la ciencia y la tecnología
Hay una ruptura entre lo externo y lo interno en la ciencia. Es decir, el medio social tiene una influencia en los medios contextuales. Lo religioso, lo científico, lo político, etc. cobra una estructura propia y la ciencia no puede ser estudiada fuera de este contexto.
Ligado a la Universidad de Edinburgo (aunque no exclusivamente), se genera a partir de las ideas de Manheim y Merton, y las ideas que ya están presentes en la filosofía de la ciencia con Thomas S. Kuhn, lo que ha sido denominado el programa fuerte. David Bloor y Barry Barnes critican que posturas desde la sociología de la ciencia se han fijado exclusivamente en el error asumiendo que es una cuestión interna. Sostienen que por motivos políticos, económicos o sociales un programa académico o paradigma fracase y no porque en sí sea verdadero o falso. Todo el conocimiento humano, en tanto existe como parte de la cognición humana, debe contener algunos factores sociales en su proceso de construcción. Los factores sociales no bastan para falsear teorías científicas. El programa fuerte asume para sí cuatro reglas básicas:
- Causalidad —deben examinarse las condiciones (culturales, sociales, psicológicas, etc.) que puedan sostener un tipo de conocimiento.
- Imparcialidad —debe estudiarse tanto el error como el acierto.
- Simetría —el mismo tipo de explicaciones deben ser usadas para casos fallidos como para casos existosos.
- Reflexividad —los principios deben poder aplicarse a la sociología de la ciencia misma.
Por su parte, Jürgen Habermas, desde la propia escuela crítica, procura hacer un rescate y redefinición de la racionalidad humana. La racionalidad asumida por la historia de la filosofía hasta antes del siglo XX ha sido acotada a la eficiencia y el dominio técnico. En contra del positivismo, Habermas sostiene que se ha abandonado una verdadera epistemología y todo se reduce al método. La epistemología lógico-trascendental tendría que dedicarse a las condiciones que hacen posible el conocimiento a partir de quien conoce. Éste no sería el sujeto kantiano sino la especie en su desarrollo. El positivismo no da cuenta de cómo se construye el sujeto de conocimiento y lo da como algo dado. La ciencia y la tecnología se han convertido en una ideología. Reconoce en el positivismo y en la hermeneútica elementos importantes para construir este sujeto epistémico.
Principales debates y problemática actual
Bruno Latour, filósofo francés, sostiene que son los propios filósofos quienes han escindido al sujeto y al objeto. Los filósofos de la ciencia han disuelto la realidad. A partir de la práctica científica se da la representación (del mundo y de las cosas). Él, junto con la escuela de Minas (Steven Woolgar, entre otros) que sostienen la teoría del acto red (ANT) cuestionan la dicotomía natural-cultural, actor-cosa. Sustituyen la división sujeto-objeto por la categoría humano-no humano que intercambian simétricamente las propiedades. En ese sentido las relaciones de nosotros con el mundo no pueden entenderse desde la epistemología contemporánea y mucho menos privilegiando el mundo científico.
Latour también realizó estudios de campo en laboratorios observando cómo era que los científicos hacían ciencia. Desde la etnometodología, los sociólogos de la ciencia como Karin Knorr-Cetina se han dedicado a la microsociología revisando trabajo de campo en los laboratorios y demás espacios académicos en donde la ciencia es realizada. Estudios más recientes han sido propuestos por Collins, Callon, Yearly y Pinch. Desde esta perspectiva se han tratado de reflexionar y afinar muchas de las propuestas del programa fuerte y de la propia etnometodología, vinculando con un problema bastante añejo en la filosofía de la ciencia misma: el problema entre el realismo y el constructivismo. ¿Es acaso que las cosas son ahí en el mundo o son construcciones sociales fijadas por alguna especie de convención?
Desde el ala más “fuerte” de la filosofía de la ciencia, hay un rechazo a la sociología de la ciencia en tanto no se guarda la distancia entre contexto de descubrimiento —en donde puede haber influencias sociales, políticas, económicas, etc.— y el contexto de justificación —en donde sólo aspectos epistémicos pueden dar razón entre que algo sea verdadero o falso. Desde la sociología del conocimiento se ha hecho una propuesta de que esta división no puede ser tan tajante o que no existe en realidad.
Por mucho que se hable hoy en día de sociedad del conocimiento, las bases para la construcción del sujeto epistémico, sea entendido como el individuo o como parte de la sociedad, están primordialmente en el estudio de cómo se ha pasado de la sociología del conocimiento a la sociología de la ciencia y sus debates actuales. No estaría de más salir de los lugares comunes para entender cómo es que se puede sostener que la sociedad es un sujeto epistémico, un sujeto de conocimiento.
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