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"Santo Ángel de mi guarda
mi dulce compañía
no me desampares ni de noche ni de
día..."
En todos los casos fue igual. La historia
empezó con el profundo sentimiento
de orgullo de la partera o del
médico y las enfermeras, del padre y
la madre, los abuelos y tíos, los amigos
de la familia y hasta de los vecinos.
¡Gracias a Dios! la criatura fue
niño.Todos se lo repetían: ¡Fue niño!
El mundo para él solito; la mayor
esperanza puesta en él. No sólo era
un varoncito, sino que debía llegar a
ser mejor que todos... superior a
todos los hombres del mundo.
...Duérmete niño,
duérmeteme ya...
Para la familia la tarea era fácil: primero
vestirlo de azul, ya después vendrían
las pelotas y las canicas, los
cochecitos y los caballitos, y, qué ni
qué, las pistolas y los rifles.
Paulatinamente había que darle un
poco de: ¡los niños no lloran!; un bote
de chocolate con la figura del Fuerte,
Audaz y Valiente, una revista del Llanero
Solitario, una película de Tarzán,
el box y las luchas, el fut o el beis, su
primer trajecito con corbata y camisa
blanca como el de papá, y ¡listo!
¡Llegar a ser un hombre de verdad!,
para eso era la vida. Faena dura para
la que ya contaba con el cálido refugio
del regazo de mamá: con su cariño,
su dulzura, su compañía y su sacrificio;
de papá tenía: el ejemplo, la protección,
el empuje y la seguridad de
su firmeza. ¿Qué más podía pedir?
Pero nunca faltaba el detalle de que
él -la esperanza de la humanidad-,
ante los ojos de papá, fuera un poco
débil y hasta lloriqueara con frecuencia
y sin motivo, o que no le gustaran
los caballitos y resultara demasiado
enclenque o regordete. Y, aunque
siempre se tenía la confianza de que poco a poco -como era natural- se iría
fortaleciendo y haciendo todo un
machito, más valía la pena ayudarlo
cuanto fuera necesario.
¡Los hombres no lloran!
Qué atemorizantes eran aquéllos
mandatos de ser hombre que daban
los padres, las madres, las tías, los
vecinos, las maestras, la televisión, las
películas y las canciones, y que iban
desde el cómo se parece a su papá
hasta el tiene que poder contra el
mundo. No miedos, no debilidades,
no fracasos... fortaleza, competencia,
sabiduría, conquista y poder: siempre
por encima de los demás, siempre
por el prestigio de ser hombre, siempre
con el orgullo del apellido.
Mi padre fue marinero
mi abuelo también lo fue...
y yo que también soy un buen
marinero me llaman el gran...
¿Por qué si ya había nacido hombrecito,
no tenía el corazón azul?, ¿por qué si los hombres eran recios, él no?,
¿de dónde los miedos, la debilidad y
los llantos?, ¿estaría enfermo?, ¿sería
un malnacido?, ¿debería haber sido
mujercita? Con un poco de suerte y...
pareciéndose a papá, todo saldría
bien.
Casi seguro que, aunque a veces también
lloraran o no tuvieran las agallas
para hacer algo o enfrentar a un rival,
los hermanos y primos, amigos y
compañeritos no sufrían lo que él;
ellos sí serían hombrecitos como
debía ser, ellos no tendrían que ocultar
ni un pavor, ni una lágrima, nada.
Pero, por supuesto, que con toda
seguridad los que sí eran hombres de
verdad eran los adultos: primero que
todos, Papá; ya después -y eso quién
sabe- los tíos, los vecinos, los maestros,
los artistas y los políticos; -sin
duda-: el presidente.
¡Total... para qué asustarse, -como
le había dicho mamácuando
fuera grande sería más
hombre que ellos!
En cualquier momento en que dejaba
de actuar como debía, por lo regular
eran los hombres mayores -las mujeres
sólo en ocasiones- quienes se
esforzaban por meterlo en cintura, en
el camino correcto. Aunque tenían
muchísimos recursos que usaban de
acuerdo con la gravedad de la falta,
había el predilecto, el infalible, el de
fácil aplicación, el de efecto inmediato:
maricón.
La criatura quedaba hecha añicos en
su ser, en su masculinidad, en su hombría,
en su ya alumbrante machismo;
pero, eso sí, nuevamente estaba alerta,
tenía el recordatorio y la posibilidad
de enmendarse, el compromiso
de ser todo un hombre: un hombre
mucho mejor que ellos.
¡Cuántos años le costaría descubrir
que en efecto ya era como ellos, que
sin duda todos eran iguales y habían
pasado por lo mismo!
En la escuela y con los amigos de la
calle se reforzaban el aprendizaje
entre sí; quizá no todos entendían
geografía, aritmética o ciencias naturales
como era de esperarse, o tal vez
no todos eran buenos para el bote
pateado, pero sí todos hacían perfectamente
bien suyo lo más importante:
aprender a ser hombres. Sabían
cómo y hasta esperaban con cierta
impaciencia la ocasión en que alguno
flaquera para decirle... ¡puto! Eso les
daba alivio; la sensación de ser hombres
era clara y sobre todo rica, porque
hacían dudar a otro -que tampoco
estaba muy seguro- de su masculinidad.
Con fe, lo imposible soñar;
al mal, combatir sin temor;
luchar, con los brazos abiertos,
de pie, soportar el dolor...
Algunos en la fantasía, solitarios, se
atrevían a resolver los problemas que
esa exigencia del ser hombres les
ocasionaba y, quizá sin darse muy
bien cuenta, a veces hasta creaban
mundos de ilusión, esperanza y alivio
en los que ser hombre podía ser fácil
y tal vez de color naranja.
Érase una vez un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.
Había también un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un pirata honrado.
Todas estas cosas, había una vez,
cuando yo soñaba
“un mundo al revés”
No siempre todo fue difícil. Cuando
tenían alguna habilidad podían formar
parte del equipo o, incluso, ser el
orgulloso jefe del grupito de amigos
para mandar a los otros, golpearlos,
imponer las reglas, ejecutar personalmente
los castigos y expulsar a cualquiera
por incapaz o insubordinado.
También se sentían muy bien cuando
tenían un juguete mejor que los de
los otros niños, habían viajado al
extranjero o a lugares comercialmente
deseables; si poseían una billetera
o un llavero que hubiera sido de
papá, si tenían más dinero que los
demás, si las niñas ya se les acercaban
más a ellos que a los otros.
...Paso a pasito, llegaré,
donde vive tu corazón...
A todos les llegó el primer sueño
mojado; el asalto de las hormonas y
con éstas una mayor sensación de ser
hombres. Cada uno, calladito y sin
contárselo a nadie, lleno de susto por
dejar de crecer, por quedarse tonto o
por volverse loco como decían los
mayores que les iba a pasar, se
masturbó cuanto pudo evocando
todas las figuras, los olores, las escenas
y las sensaciones que su fantasía
le permitió.También, a todos les llegó
el valor para iniciarse en la fumada, el
alcohol y el sexo. Entonces, literalmente,“
se midieron los pitos”.
...pero sigo siendo
el Rey...
Fue común que algún hombre mayor
los llevara para que se estrenaran con
putas; otros también fueron a los burdeles
en grupitos de amigos; y otros,
los menos, tuvieron sus primeras relaciones
con sus novias o amigas. En
realidad ninguno tenía una idea clara
de lo que era el sexo, pero todos
sabían que tenía que ser extraordinariamente
cachondo y -eso sí- todos
tenían la seguridad de que las mujeres
eran para eso, para obtener de
ellas placer.
También hubo algunos que -temerosos,
avergonzados y en silencioseguían
siendo vírgenes; pero que,
desde luego, para sobrevivir ante los
amigos y compañeros hacían los más
grandes alardes de sus múltiples
tenorias aventuras para cubrir tan
imperdonable atraso.
Vende caro tu amor,
aventurera...
A los que fueron con prostitutas no
les salió muy bien la cosa pues, además
de su ignorancia en esas lides,
esperaban vivir una escena romanticona
y a media luz como las de Clark
Gable con Vivian Leigh o, por lo
menos, como las de Pedro Infante
con Marga López; a esos les quedó
grabado, junto con la fantasía de ya
ser hombres de verdad, el vacío de la
experiencia y la peor decepción por
las mujeres que jamás se hubieran
imaginado.
Ella me lleva en el alma
y tú en la imaginación.
Tú me miras con los ojos
ella con el corazón
Casi todos tuvieron, por lo menos, un
encuentro francamente homosexual,
pero no a todos les convenció. A los
que no, intentaron borrarlo de sus
vidas; ese sería su secreto más íntimo,
a tal punto que, pasado un tiempo, ni
a sí mismos se los volverían a contar.
A algunos de los que les gustó se les
fueron los años buscando vericueto y
medio para ocultarse y sobrevivir,
pues estaban seguros de haber
hecho trizas el orgullo de sus familias,
la estabilidad de la humanidad y las
esperanzas del mundo; resultaban
peores que delincuentes. Otros, lo
aceptaron con más calma y, los
menos, hasta creyeron dejar el azul y
se vistieron de mujercitos.
...dónde vas
con mantón de Manila...
La paz fue abrazando a cada cual a su
tiempo y a su ritmo. A los que optaron
por las mujeres, o por los hombres y
las mujeres, ya nada ni nadie les cuestionaba
su hombría. Solos, muy en el
fondo, ellos mismos seguían cavilando
sobre el asunto, seguros de no
cubrir por completo con tamaño atributo.
Cada vez se parecían más a sus
papás y menos a Superman.
Mientras unas preocupaciones se
enfantasmaban, otras encanecían y
los apanicaban paralizándolos todavía
más, aumentando su profunda
envidia por Peter Pan. El tiempo de
responsabilizarse de sí mismos más
allá del momento, les llegó como
huracán. Los de bajos recursos, sin
alegar nada habrían de aprender a
toda prisa un oficio para cuidar la
seguridad de sus familias. Los que
podían seguir estudiando, habrían de
decidir -de una vez y para siemprequé
querían ser de grandes; eso sí,
tendría que ser algo útil para la sociedad,
bien remunerado y que les asegurara
un buen estatus.
Para sus familias la solución a tan vital
dilema,ahora, también era sencilla.En
cualquier caso, con seguir los pasos
de su padre el futuro estaba asegurado,
pues podrían aprender de él, trabajar
con él y, desde luego, -pobres o
ricos- heredar el establecimiento, la
seguridad, el reconocimiento social y
la clientela.
...Viejo,
mi querido Viejo...
Poco a poco, antes de
los veinte y también sin darse muy
bien cuenta, cada uno fue dejando de
soñar con ese mundo anaranjado
que de niño inventaba al jugar. Con
gran convicción todos fueron creyendo
en el azul. Se posesionaban cada
día más del libreto de ser hombres,
uno de esos hombres que siempre les
dibujaban y plantaban enfrente; de
esos hombres que tanto envidiaban y
admiraban.
...Como tú piedra pequeña,
como tú [...]
que no has servido para ser
ni piedra
como tú...
A todos por igual les empezó a pasar
que ya les decían “maistro”, “licenciado”
o lo que fuera y, en ocasiones,
hasta los llamaban “Señor”. La tarea ya
casi estaba hecha, aunque -sin que
nadie lo supiera- todos guardaban
algunos miedos y, a veces, con unas
copitas de más, creyendo no perder la
consistencia y sin tener muy claro el
por qué, hasta lloraban un poquito en
la soledad.
Pero en su mundo, el mundo de los
hombres, se sentían como peces en el
agua, rodeados de sus verdaderos
congéneres; a tal punto que -casi de
manera espontánea- los ademanes y
movimientos viriles les salían del
cuerpo,y los parlamentos de cajón les
fluían por los ojos y hasta en la voz.
No era un mundo raro. Era un mundo
ágil, dinámico, coherente, interesante,
divertido,movido, creativo, comprensivo
y azul...muy azul. En éste escribían
su historia, transformaban todo;
todo, menos el ser de los hombres,
porque -como hasta las mujeres
decían orgullosas- ellos eran un producto,
terminado y casi perfecto: a
semejanza de Dios Padre.
...Con sólo barro lo formó
en su creación perfecta
con sus dos manos lo modeló
le dio la forma correcta...
Ahí eran, a la vez, amigos y enemigos.
Ahí todo era así, pero con la
precaución de llevar los sentimientos
bien amarrados, mucha entereza y su
color preferido, podían transitar sin
mayor conflicto, dificultad o estorbo;
esto era lo que hacía tan atractivo y
exclusivo su mundo.
Qué a gusto se sentían ahí. Si bien, en
el fondo, era un poco cansado tener
que competir siempre para intentar
ser el mejor, a veces, aligeraban el
asunto y hasta se permitían admirarse
entre sí. Por lo regular trataban de
auto-convencerse de que no había
lucha o de que en realidad ésta era
desdeñable. Casi ninguno aceptaba
que internamente sentía coraje y
hasta envidia por los demás;tampoco
que estos sentimientos eran mucho
más intensos mientras más estrecha
era la relación, porque entonces sería
como confesarse que la atracción que
sentían unos por otros era más profunda.
Sólo los que de plano no entendían
nada y no figuraban, deambulaban
como sombras de desgarrados y
amarillentos costales repletos y a
punto de reventar de odios, sumisiones,
frustraciones, servilismos, resentimientos
y rencores; casi con descaro
eran éstos culeros los que dolorosa e
inevitablemente se ponían de blanco
de los demás ayudándolos en su
andar.
Para esta época de sus vidas ya
habían aprendido a sentir a medias, a
dormir incómodos, estorbosos e
indeseables sentimientos que concebían
como “rosados” o “alilados”. Sólo
de vez en cuando, y ante una que otra
extraña situación que inevitablemente
les rasgara el fondo del alma, se
atrevían a sentir un algo de miedo,
dolor, angustia, desolación, o ternura.
Y, quizá -muy en silencio- hasta un
poco de compasión por sí mismos. El
sentimiento completo, el de los hombres,
era la rabia; y ése ya era suyo.
Traigo penas en el alma
que no las mata el licor...
Ya habían aprendido a vivir la vida
para afuera, a cerrarse las entrañas.
Era el mundo exterior el que llenaba
la mayor parte de sus emociones,
anhelos y esperanzas; la posesión de
mujeres atadas en sus mentes como
ristras de ajos, saciaba el resto. Se
sabían enteros y plenos como lobos
de mar.
Después de recorrer el mundo entre
amigos, cuates y putas, cantinas y
bares, amiguitas de confianza, reventón
y medio, y una que otra novia
desechable. La mayoría decidió
–unos primero y otros después- sentar
cabeza, adquirir en propiedad
exclusiva a una mujer decente y,
como papá y mamá, formar un hogar.
Si has pensado cambiar tu destino
recuerda un poquito quién te hizo
mujer
si has pensado dejar tu camino
recuerda el camino donde
te encontré...
Como hombres de verdad sabían que
tenían que mantener y proteger a las
mujeres. Se habían preparado por
años para enseñarles -a discreción- lo
bueno de la vida, lo que a ellos les
daba placer.A cambio únicamente les
exigían su virginidad, ya que para que
todo fuera perfecto desde el principio,
como quien descorcha una botella
o corta un listón de inauguración,
sólo ellos debían romper el tan codiciado
sello de garantía y poder así
empezar una vida limpia y sin temores,
desconfianzas ni rencores.
Blanca y radiante va la novia,
le sigue atrás
su novio amante...
Para llegar al matrimonio pasaron por
los consejos del padre, el padrino, de
los hermanos mayores, los tíos, el
futuro suegro y los consabidos precuñados,
los jefes, los curas y los jueces
y, desde luego, por los de los amigos
ya casados. No entendían muy
bien porqué si hasta antes de tomar
esa fatal decisión todos les habían
asegurado que las mujeres eran para
su uso y placer, ahora los querían convencer
de que con sus futuras mujercitas
todo debía ser distinto, de que
las habrían de tratar casi como a sus
propias madres.
¡A las mujeres ni con el pétalo de una
rosa!
Las despedidas de soltero fueron
para el recuerdo. Hubo de todo un
poco, hasta una enorme y casi oculta
tristeza porque los cuates creían perder
para siempre, y en manos de una
vieja bruja, a uno de los más borrachos,
parranderos y jugadores del
grupo.
Hasta donde la economía dio, pudieron
beber hasta caerse; ya mareados
contaron obscenidad y media sobre
las cogidas y, desde luego, también
hablaron sobre la situación del país al
momento de sus bodas. En algunos
casos hasta para putas les alcanzó y
en casi todos terminaron cantándole
con mariachis a la novia santa.Ya bien
hasta-atrás, y sin perder el estilo, lloraron,
se besaron y acariciaron.
Adiós muchachos compañeros de
mi vida,[...]
Me toca a mí hoy emprender
la retirada,
Adiós muchachos ya me voy
y me resigno
contra el destino nadie da la talla...
La noche de bodas tuvo sus nada gratos
pormenores: entre borrachos, crudos
e indigestos a unos de plano no
se les paró; a otros, las virgencitas
inmaculadas se les espantaron tanto
que no hubo manera -y sólo los
menos- por la mañana, sonrieron
abiertamente a las ya: “Señora de”
CHIQUITO-PERO-MATÓN. Eso sin contar
a los que desgarrados en su hombría
-y en la de todos los suyos- de un
tirón se les había hecho pedazos la
vida; hicieron suyas a las que -entre
gritos de rabia, empujones, golpes y
apretones- exigían una explicación,
enjuiciaban, insultaban y degradaban;
de las entrañas les salió el demonio,
que por cierto también era hombre.
¡Malditas Perras! esas que no sólo
habían pisoteado el honor de sus
propios padres, sino que ahora también
se habían burlado del de ellos.
Sombras nada más
entre tu vida y mi vida
Sombras nada más
entre tu amor y mi amor...
A pesar de las rupturas y de los principios
de divorcio, de los reencuentros
con los cuates y de las nuevas amantes,
como mala-hierba tenían que
retoñar; volver a nacer, descansar la
esperanza de la humanidad en otro,
devolverle a la vida lo que les dio,
consolidar su hombría y asegurar su
estirpe.
Desde luego, como todo el mundo,
deseaban desde el meritito fondo de
su alma que sus primeras criaturas
fueran varoncitos para pintarlos de
azul, para enseñarles a ser hombrecitos,
para convertirlos en dueños del
mundo y en los creadores de la vida;
ya después, podían venir las niñas.
¡Sí, a todos nos pasó casi igual!
Los que se la creyeron y sintieron ser
buenos machos, los que dieron el
ancho, los que no se cuestionaron la
vida... hoy suponen ser felices y así
morirán.
Los incapaces, los que fallamos, los
que quisiéramos no ser machos nos
esforzamos y creemos transgredir
precozmente esta condición; pero...
desintencionada, estructural, sutil e inconscientemente la recreamos. A
pesar de los esfuerzos tan sólo la suavizamos;
y aunque lo detestamos y lo
sufrimos, tenemos al machismo inoculado
como un virus casi indestructible
en cada célula de nuestros cuerpos.
Pero, esos, enfrentamos la tormenta y
el descalabro milenario, y aceptamos
el vómito, el dolor, la insípida libertad,
los accesos de rabia, la marginación,
la conspiración, el descanso, la ilusión,
la impotencia, la confrontación, la
esperanza, la duda, la especulación, la
reconstrucción, la resignificación... y
el encuentro.
Los inconformes, los igualitarios,
los transexuales, los hombres nuevos,
los mandilones, los travestis, los sensibles,
los pensantes, los sidosos, los
que encontramos mujeres sabias,
fuertes, libres o feministas; los críticos,
los homosexuales, los creativos, los
intranquilos, los cuestionadores, los
seguros de sí mismos, los reposados,
los honestos, los atormentados, uno
que otro ocioso, y los atrevidos.
De mi historia personal, de lo que
conozco de las de mi padre y mi hermano,
mis tíos y primos, también de
las de mi cuñado y mis sobrinos, de
las de mis amigos y cuates; de las
de los compañeros de los talleres de
Reflexión de las masculinidades que
coordiné con Daniel y Francisco, y de
las de todos los hombres que se
encuentren en estas páginas, nació
con mucho afecto este relato que es
para ellos.
Parque de Las Montañas, Coyoacán
Julio de 1993.
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