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Diversitas

 

Chiquito-pero-Matón

 
Bernardo Lagarde
Lic. en Pedagogía. Profesor de la FFl. UNAM
blagarde1953@yahoo.com.mx

 

"Santo Ángel de mi guarda mi dulce compañía no me desampares ni de noche ni de día..."
En todos los casos fue igual. La historia empezó con el profundo sentimiento de orgullo de la partera o del médico y las enfermeras, del padre y la madre, los abuelos y tíos, los amigos de la familia y hasta de los vecinos. ¡Gracias a Dios! la criatura fue niño.Todos se lo repetían: ¡Fue niño!

El mundo para él solito; la mayor esperanza puesta en él. No sólo era un varoncito, sino que debía llegar a ser mejor que todos... superior a todos los hombres del mundo.

...Duérmete niño, duérmeteme ya...
Para la familia la tarea era fácil: primero vestirlo de azul, ya después vendrían las pelotas y las canicas, los cochecitos y los caballitos, y, qué ni qué, las pistolas y los rifles.

Paulatinamente había que darle un poco de: ¡los niños no lloran!; un bote de chocolate con la figura del Fuerte, Audaz y Valiente, una revista del Llanero
Solitario, una película de Tarzán, el box y las luchas, el fut o el beis, su primer trajecito con corbata y camisa blanca como el de papá, y ¡listo!

¡Llegar a ser un hombre de verdad!, para eso era la vida. Faena dura para la que ya contaba con el cálido refugio del regazo de mamá: con su cariño, su dulzura, su compañía y su sacrificio; de papá tenía: el ejemplo, la protección, el empuje y la seguridad de su firmeza. ¿Qué más podía pedir?

Pero nunca faltaba el detalle de que él -la esperanza de la humanidad-, ante los ojos de papá, fuera un poco débil y hasta lloriqueara con frecuencia y sin motivo, o que no le gustaran los caballitos y resultara demasiado enclenque o regordete. Y, aunque siempre se tenía la confianza de que poco a poco -como era natural- se iría fortaleciendo y haciendo todo un machito, más valía la pena ayudarlo cuanto fuera necesario.

¡Los hombres no lloran!
Qué atemorizantes eran aquéllos mandatos de ser hombre que daban los padres, las madres, las tías, los vecinos, las maestras, la televisión, las películas y las canciones, y que iban desde el cómo se parece a su papá hasta el tiene que poder contra el mundo. No miedos, no debilidades, no fracasos... fortaleza, competencia, sabiduría, conquista y poder: siempre por encima de los demás, siempre por el prestigio de ser hombre, siempre con el orgullo del apellido.

Mi padre fue marinero mi abuelo también lo fue...
y yo que también soy un buen marinero me llaman el gran...

¿Por qué si ya había nacido hombrecito, no tenía el corazón azul?, ¿por qué si los hombres eran recios, él no?, ¿de dónde los miedos, la debilidad y los llantos?, ¿estaría enfermo?, ¿sería un malnacido?, ¿debería haber sido mujercita? Con un poco de suerte y... pareciéndose a papá, todo saldría bien.

Casi seguro que, aunque a veces también lloraran o no tuvieran las agallas para hacer algo o enfrentar a un rival, los hermanos y primos, amigos y compañeritos no sufrían lo que él; ellos sí serían hombrecitos como debía ser, ellos no tendrían que ocultar ni un pavor, ni una lágrima, nada. Pero, por supuesto, que con toda seguridad los que sí eran hombres de verdad eran los adultos: primero que todos, Papá; ya después -y eso quién sabe- los tíos, los vecinos, los maestros, los artistas y los políticos; -sin duda-: el presidente.

¡Total... para qué asustarse, -como le había dicho mamácuando fuera grande sería más hombre que ellos!
En cualquier momento en que dejaba de actuar como debía, por lo regular eran los hombres mayores -las mujeres sólo en ocasiones- quienes se esforzaban por meterlo en cintura, en el camino correcto. Aunque tenían muchísimos recursos que usaban de acuerdo con la gravedad de la falta, había el predilecto, el infalible, el de fácil aplicación, el de efecto inmediato: maricón.

La criatura quedaba hecha añicos en su ser, en su masculinidad, en su hombría, en su ya alumbrante machismo; pero, eso sí, nuevamente estaba alerta,
tenía el recordatorio y la posibilidad de enmendarse, el compromiso de ser todo un hombre: un hombre mucho mejor que ellos.

¡Cuántos años le costaría descubrir que en efecto ya era como ellos, que sin duda todos eran iguales y habían pasado por lo mismo!

En la escuela y con los amigos de la calle se reforzaban el aprendizaje entre sí; quizá no todos entendían geografía, aritmética o ciencias naturales como era de esperarse, o tal vez no todos eran buenos para el bote pateado, pero sí todos hacían perfectamente bien suyo lo más importante: aprender a ser hombres. Sabían cómo y hasta esperaban con cierta impaciencia la ocasión en que alguno flaquera para decirle... ¡puto! Eso les daba alivio; la sensación de ser hombres era clara y sobre todo rica, porque hacían dudar a otro -que tampoco estaba muy seguro- de su masculinidad.

Con fe, lo imposible soñar;
al mal, combatir sin temor;
luchar, con los brazos abiertos, de pie, soportar el dolor...

Algunos en la fantasía, solitarios, se atrevían a resolver los problemas que esa exigencia del ser hombres les ocasionaba y, quizá sin darse muy bien cuenta, a veces hasta creaban mundos de ilusión, esperanza y alivio en los que ser hombre podía ser fácil y tal vez de color naranja.

Érase una vez un lobito bueno al que maltrataban todos los corderos.
Había también un príncipe malo, una bruja hermosa y un pirata honrado.
Todas estas cosas, había una vez, cuando yo soñaba “un mundo al revés”

No siempre todo fue difícil. Cuando tenían alguna habilidad podían formar parte del equipo o, incluso, ser el orgulloso jefe del grupito de amigos para mandar a los otros, golpearlos, imponer las reglas, ejecutar personalmente los castigos y expulsar a cualquiera por incapaz o insubordinado.

También se sentían muy bien cuando tenían un juguete mejor que los de los otros niños, habían viajado al extranjero o a lugares comercialmente deseables; si poseían una billetera o un llavero que hubiera sido de papá, si tenían más dinero que los demás, si las niñas ya se les acercaban más a ellos que a los otros.

...Paso a pasito, llegaré,
donde vive tu corazón...

A todos les llegó el primer sueño mojado; el asalto de las hormonas y con éstas una mayor sensación de ser hombres. Cada uno, calladito y sin contárselo a nadie, lleno de susto por dejar de crecer, por quedarse tonto o por volverse loco como decían los mayores que les iba a pasar, se masturbó cuanto pudo evocando todas las figuras, los olores, las escenas y las sensaciones que su fantasía le permitió.También, a todos les llegó el valor para iniciarse en la fumada, el alcohol y el sexo. Entonces, literalmente,“ se midieron los pitos”.

...pero sigo siendo el Rey...
Fue común que algún hombre mayor los llevara para que se estrenaran con putas; otros también fueron a los burdeles en grupitos de amigos; y otros, los menos, tuvieron sus primeras relaciones con sus novias o amigas. En realidad ninguno tenía una idea clara de lo que era el sexo, pero todos sabían que tenía que ser extraordinariamente cachondo y -eso sí- todos tenían la seguridad de que las mujeres eran para eso, para obtener de ellas placer.

También hubo algunos que -temerosos, avergonzados y en silencioseguían siendo vírgenes; pero que, desde luego, para sobrevivir ante los amigos y compañeros hacían los más grandes alardes de sus múltiples tenorias aventuras para cubrir tan imperdonable atraso.

Vende caro tu amor, aventurera...
A los que fueron con prostitutas no les salió muy bien la cosa pues, además de su ignorancia en esas lides, esperaban vivir una escena romanticona y a media luz como las de Clark Gable con Vivian Leigh o, por lo menos, como las de Pedro Infante con Marga López; a esos les quedó grabado, junto con la fantasía de ya ser hombres de verdad, el vacío de la experiencia y la peor decepción por las mujeres que jamás se hubieran imaginado.

Ella me lleva en el alma y tú en la imaginación.
Tú me miras con los ojos ella con el corazón

Casi todos tuvieron, por lo menos, un encuentro francamente homosexual, pero no a todos les convenció. A los que no, intentaron borrarlo de sus vidas; ese sería su secreto más íntimo, a tal punto que, pasado un tiempo, ni a sí mismos se los volverían a contar. A algunos de los que les gustó se les fueron los años buscando vericueto y medio para ocultarse y sobrevivir, pues estaban seguros de haber hecho trizas el orgullo de sus familias, la estabilidad de la humanidad y las esperanzas del mundo; resultaban peores que delincuentes. Otros, lo aceptaron con más calma y, los menos, hasta creyeron dejar el azul y se vistieron de mujercitos.

...dónde vas con mantón de Manila...
La paz fue abrazando a cada cual a su tiempo y a su ritmo. A los que optaron por las mujeres, o por los hombres y las mujeres, ya nada ni nadie les cuestionaba su hombría. Solos, muy en el fondo, ellos mismos seguían cavilando sobre el asunto, seguros de no cubrir por completo con tamaño atributo.
Cada vez se parecían más a sus papás y menos a Superman.

Mientras unas preocupaciones se enfantasmaban, otras encanecían y los apanicaban paralizándolos todavía más, aumentando su profunda envidia por Peter Pan. El tiempo de responsabilizarse de sí mismos más allá del momento, les llegó como huracán. Los de bajos recursos, sin alegar nada habrían de aprender a toda prisa un oficio para cuidar la seguridad de sus familias. Los que podían seguir estudiando, habrían de decidir -de una vez y para siemprequé querían ser de grandes; eso sí, tendría que ser algo útil para la sociedad, bien remunerado y que les asegurara un buen estatus.

Para sus familias la solución a tan vital dilema,ahora, también era sencilla.En cualquier caso, con seguir los pasos de su padre el futuro estaba asegurado, pues podrían aprender de él, trabajar con él y, desde luego, -pobres o ricos- heredar el establecimiento, la seguridad, el reconocimiento social y la clientela.

...Viejo, mi querido Viejo...
Poco a poco, antes de los veinte y también sin darse muy bien cuenta, cada uno fue dejando de soñar con ese mundo anaranjado que de niño inventaba al jugar. Con gran convicción todos fueron creyendo en el azul. Se posesionaban cada día más del libreto de ser hombres, uno de esos hombres que siempre les dibujaban y plantaban enfrente; de esos hombres que tanto envidiaban y admiraban.

...Como tú piedra pequeña, como tú [...]
que no has servido para ser ni piedra como tú...

A todos por igual les empezó a pasar que ya les decían “maistro”, “licenciado” o lo que fuera y, en ocasiones, hasta los llamaban “Señor”. La tarea ya casi estaba hecha, aunque -sin que nadie lo supiera- todos guardaban algunos miedos y, a veces, con unas copitas de más, creyendo no perder la consistencia y sin tener muy claro el por qué, hasta lloraban un poquito en la soledad.

Pero en su mundo, el mundo de los hombres, se sentían como peces en el agua, rodeados de sus verdaderos congéneres; a tal punto que -casi de manera espontánea- los ademanes y movimientos viriles les salían del cuerpo,y los parlamentos de cajón les fluían por los ojos y hasta en la voz. No era un mundo raro. Era un mundo ágil, dinámico, coherente, interesante, divertido,movido, creativo, comprensivo y azul...muy azul. En éste escribían su historia, transformaban todo; todo, menos el ser de los hombres, porque -como hasta las mujeres decían orgullosas- ellos eran un producto, terminado y casi perfecto: a semejanza de Dios Padre.

...Con sólo barro lo formó en su creación perfecta
con sus dos manos lo modeló le dio la forma correcta...

Ahí eran, a la vez, amigos y enemigos. Ahí todo era así, pero con la precaución de llevar los sentimientos bien amarrados, mucha entereza y su color preferido, podían transitar sin mayor conflicto, dificultad o estorbo; esto era lo que hacía tan atractivo y exclusivo su mundo.

Qué a gusto se sentían ahí. Si bien, en el fondo, era un poco cansado tener que competir siempre para intentar ser el mejor, a veces, aligeraban el asunto y hasta se permitían admirarse entre sí. Por lo regular trataban de auto-convencerse de que no había lucha o de que en realidad ésta era desdeñable. Casi ninguno aceptaba que internamente sentía coraje y hasta envidia por los demás;tampoco que estos sentimientos eran mucho más intensos mientras más estrecha era la relación, porque entonces sería como confesarse que la atracción que sentían unos por otros era más profunda.

Sólo los que de plano no entendían nada y no figuraban, deambulaban como sombras de desgarrados y amarillentos costales repletos y a punto de reventar de odios, sumisiones, frustraciones, servilismos, resentimientos y rencores; casi con descaro eran éstos culeros los que dolorosa e inevitablemente se ponían de blanco de los demás ayudándolos en su andar.

Para esta época de sus vidas ya habían aprendido a sentir a medias, a dormir incómodos, estorbosos e indeseables sentimientos que concebían como “rosados” o “alilados”. Sólo de vez en cuando, y ante una que otra extraña situación que inevitablemente les rasgara el fondo del alma, se atrevían a sentir un algo de miedo, dolor, angustia, desolación, o ternura. Y, quizá -muy en silencio- hasta un poco de compasión por sí mismos. El sentimiento completo, el de los hombres, era la rabia; y ése ya era suyo.

Traigo penas en el alma que no las mata el licor...
Ya habían aprendido a vivir la vida para afuera, a cerrarse las entrañas. Era el mundo exterior el que llenaba la mayor parte de sus emociones, anhelos y esperanzas; la posesión de mujeres atadas en sus mentes como ristras de ajos, saciaba el resto. Se sabían enteros y plenos como lobos de mar.

Después de recorrer el mundo entre amigos, cuates y putas, cantinas y bares, amiguitas de confianza, reventón y medio, y una que otra novia desechable. La mayoría decidió –unos primero y otros después- sentar cabeza, adquirir en propiedad exclusiva a una mujer decente y, como papá y mamá, formar un hogar.

Si has pensado cambiar tu destino recuerda un poquito quién te hizo mujer
si has pensado dejar tu camino recuerda el camino donde te encontré...

Como hombres de verdad sabían que tenían que mantener y proteger a las mujeres. Se habían preparado por años para enseñarles -a discreción- lo bueno de la vida, lo que a ellos les daba placer.A cambio únicamente les exigían su virginidad, ya que para que todo fuera perfecto desde el principio, como quien descorcha una botella o corta un listón de inauguración, sólo ellos debían romper el tan codiciado sello de garantía y poder así empezar una vida limpia y sin temores, desconfianzas ni rencores.

Blanca y radiante va la novia, le sigue atrás su novio amante...
Para llegar al matrimonio pasaron por los consejos del padre, el padrino, de los hermanos mayores, los tíos, el futuro suegro y los consabidos precuñados, los jefes, los curas y los jueces y, desde luego, por los de los amigos ya casados. No entendían muy bien porqué si hasta antes de tomar esa fatal decisión todos les habían asegurado que las mujeres eran para su uso y placer, ahora los querían convencer de que con sus futuras mujercitas
todo debía ser distinto, de que las habrían de tratar casi como a sus propias madres.

¡A las mujeres ni con el pétalo de una rosa!
Las despedidas de soltero fueron para el recuerdo. Hubo de todo un poco, hasta una enorme y casi oculta tristeza porque los cuates creían perder para siempre, y en manos de una vieja bruja, a uno de los más borrachos, parranderos y jugadores del grupo.

Hasta donde la economía dio, pudieron beber hasta caerse; ya mareados contaron obscenidad y media sobre las cogidas y, desde luego, también hablaron sobre la situación del país al momento de sus bodas. En algunos casos hasta para putas les alcanzó y en casi todos terminaron cantándole con mariachis a la novia santa.Ya bien hasta-atrás, y sin perder el estilo, lloraron, se besaron y acariciaron.

Adiós muchachos compañeros de mi vida,[...]
Me toca a mí hoy emprender la retirada,
Adiós muchachos ya me voy y me resigno
contra el destino nadie da la talla...

La noche de bodas tuvo sus nada gratos pormenores: entre borrachos, crudos e indigestos a unos de plano no se les paró; a otros, las virgencitas inmaculadas se les espantaron tanto que no hubo manera -y sólo los menos- por la mañana, sonrieron abiertamente a las ya: “Señora de” CHIQUITO-PERO-MATÓN. Eso sin contar a los que desgarrados en su hombría -y en la de todos los suyos- de un tirón se les había hecho pedazos la vida; hicieron suyas a las que -entre gritos de rabia, empujones, golpes y apretones- exigían una explicación, enjuiciaban, insultaban y degradaban; de las entrañas les salió el demonio, que por cierto también era hombre. ¡Malditas Perras! esas que no sólo habían pisoteado el honor de sus propios padres, sino que ahora también se habían burlado del de ellos.

Sombras nada más entre tu vida y mi vida
Sombras nada más entre tu amor y mi amor...

A pesar de las rupturas y de los principios de divorcio, de los reencuentros con los cuates y de las nuevas amantes, como mala-hierba tenían que retoñar; volver a nacer, descansar la esperanza de la humanidad en otro, devolverle a la vida lo que les dio, consolidar su hombría y asegurar su estirpe.

Desde luego, como todo el mundo, deseaban desde el meritito fondo de su alma que sus primeras criaturas fueran varoncitos para pintarlos de azul, para enseñarles a ser hombrecitos, para convertirlos en dueños del mundo y en los creadores de la vida; ya después, podían venir las niñas.

¡Sí, a todos nos pasó casi igual!
Los que se la creyeron y sintieron ser buenos machos, los que dieron el ancho, los que no se cuestionaron la vida... hoy suponen ser felices y así morirán.

Los incapaces, los que fallamos, los que quisiéramos no ser machos nos esforzamos y creemos transgredir precozmente esta condición; pero... desintencionada, estructural, sutil e inconscientemente la recreamos. A pesar de los esfuerzos tan sólo la suavizamos; y aunque lo detestamos y lo sufrimos, tenemos al machismo inoculado como un virus casi indestructible en cada célula de nuestros cuerpos.

Pero, esos, enfrentamos la tormenta y el descalabro milenario, y aceptamos el vómito, el dolor, la insípida libertad, los accesos de rabia, la marginación, la conspiración, el descanso, la ilusión, la impotencia, la confrontación, la esperanza, la duda, la especulación, la reconstrucción, la resignificación... y el encuentro.

Los inconformes, los igualitarios, los transexuales, los hombres nuevos, los mandilones, los travestis, los sensibles, los pensantes, los sidosos, los que encontramos mujeres sabias, fuertes, libres o feministas; los críticos, los homosexuales, los creativos, los intranquilos, los cuestionadores, los seguros de sí mismos, los reposados, los honestos, los atormentados, uno que otro ocioso, y los atrevidos.

De mi historia personal, de lo que conozco de las de mi padre y mi hermano, mis tíos y primos, también de las de mi cuñado y mis sobrinos, de las de mis amigos y cuates; de las de los compañeros de los talleres de Reflexión de las masculinidades que coordiné con Daniel y Francisco, y de las de todos los hombres que se encuentren en estas páginas, nació con mucho afecto este relato que es para ellos.

Parque de Las Montañas, Coyoacán
Julio de 1993.

 
   
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