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Introducción
De nuevo en referencia hacia la razón última de educar, en esta oportunidad me pareció necesario
hilvanar algunas consideraciones en torno a aspectos tales como la educación para la
vida y el trabajo, la calidad de vida como fin concreto de éste y su trascendencia a través de la
integración de los aspectos emocionales y de sentido.Como ejemplo la creatividad,presente en
toda empresa de transformación, recibe en el contexto de trabajo su statuto formal de creación
para otros.
Además de las reflexiones que se anuncian arriba, el presente escrito busca dirigir el esfuerzo
para que pueda definirse clara y lógicamente el concepto de educación laboral en nuestras
comunidades académicas, sin que por ello la pedagogía resulte rehén de las exigencias enajenantes
del mercado.
Educación y trabajo
La polémica ha existido desde siempre: educar, formar a los individuos, no
debe verse circunscrito a que aprendan un oficio o una profesión de la cual
vivir, pero este asunto de “ganarse honradamente el pan”, tampoco debe quedar
fuera de lo que se considera educar o formar a una persona.
Tradicionalmente la cultura y la educación habían sido un privilegio de las clases
dominantes y para las menos favorecidas sólo quedaba el trabajo. La
nobleza se relacionaba con el ocio y el disfrute de lo bello; la pobreza, en cambio,
con el trabajo como maldición bíblica. En ciertos casos parece que nada
de esto ha cambiado en realidad.
El trabajo con sentido educativo
Hoy resulta más imperioso que nunca concebir como tarea de todos el superar tal polaridad, puesto que el ser
humano que aprende a vivir con sentido
sabe que de su trabajo honesto
depende, además de la obtención de
sus satisfactores materiales, su salud
mental, el equilibrio de su comunidad,
grupo social, región, país y del
mundo.
Es una realidad que la distinción
entre trabajo intelectual y manual es
cada vez más inútil, y que llevada a
sus extremos es perniciosa y lleva a
enfermar. A las consideraciones económicas
acerca del trabajo, es necesario
agregar la importancia de su
papel como actividad humana formativa
que lleva a auto trascender, es
decir, a ir más allá de uno mismo.
Las relaciones entre la educación y el
trabajo son muchas más que las
enunciadas arriba, puesto que hoy en
día los cambios tecnológicos han
variado en gran medida tanto debido
a las fuentes de información y los
medios para acceder a ella, como por
las implicaciones de todo esto en la
formación para el trabajo. Vivimos
una casi permanente revolución tecnológica
y las relaciones entre educación
y trabajo no pueden ser vistas al
margen de ello.
En ocasiones anteriores nos hemos
referido también, en estas mismas
páginas, a cómo ha cambiado el
ámbito laboral en sí, dado que en
nuestros días la permanencia en una
misma empresa o especialidad por
mucho tiempo, o como era antes,
para toda la vida, resulta una experiencia
poco común.
De igual modo, así como la vorágine
de los acontecimientos de todo
orden que vivimos hoy afecta a los
individuos y les exige una mayor
capacidad de respuesta de transformación
y adaptación a los cambios,
la forma en que las organizaciones
deben realizar sus tareas a fin de no
verse perjudicadas por la evolución
de los eventos es un asunto digno de
tomarse en cuenta, ya que las organizaciones
como creación humana son
el espacio de crecimiento y logros
tanto individuales como de grupo y su evolución impacta también la vida
de las personas en lo particular. Esto
requiere de organizaciones eficientes
y con aptitud para adaptarse a situaciones
nuevas, muchas de las cuales
no será posible prever.Siendo éste un
problema complejo, que se da en las
organizaciones, es necesario comprender
qué pasa dentro de ellas. Ya
hemos comentado en oportunidades
anteriores cuál creemos que sea el
papel del pedagogo como administrador
de instituciones educativas.
Hace mucho sabemos que nadie
aprende solo, pero nunca como
ahora estamos experimentando la
necesidad de alcanzar más propositivamente
el aprendizaje en equipo.
Tanto la educación como el trabajo
están implicados en esta visión de las
organizaciones, sean éstas productivas
o no.
Otro de los requerimientos puntuales
de la época es el aprendizaje permanente
como forma de vida, ante lo
provisional y cambiante del conocimiento.
El imperativo actual, por
ende, es educar para el cambio, para
la búsqueda de soluciones nuevas, en
circunstancias inéditas. En este sentido,
el binomio educación-trabajo se
halla impactado con una mayor fuerza.
El trabajo, en tanto contexto distinto
al de la escuela formal no deja, por
ello, de ser también ámbito educativo;
es deseable intentar que lo sea,
puesto que todo lo que no educa -en
el sentido de desarrollo máximo de
las potencialidades de la persona-
“des-educa”; es decir, adormece,
detiene, frustra, desperdicia o en definitiva
cancela el desenvolvimiento
de alguna o algunas de estas capacidades.
Por más que la educación en y para el
trabajo se proporcione fundamentalmente
en la edad adulta, ello no
significa que la tarea deje de ser
pedagógica. Recordemos que “paidos”
no sólo significa niño sino también
“menor” en relación con el alcance
de alguna meta de aprendizaje o
dominio de alguna tarea.
Es durante la etapa del trabajo donde
una persona puede acceder a mayor
formación e información. Sin embargo,
resulta evidente que aún persisten
equívocos en cuanto a lo que
significa egresar de una institución
educativa de nivel superior o de formación
técnica. Ingenuamente se le
considera el fin, el término de la fase
de preparación y el inicio de otra que
sólo significará “aplicación de lo
aprendido” y que durará toda la vida.
En la extrema formalización y rigidez
de algunos procesos educativos,
aunada a la inmadurez afectiva y
social con la que hoy acumulan años
muchos de nuestros jóvenes, podemos
encontrar la explicación a esto.
En ese mismo sentido, se hace necesario
posibilitar que la pasión y compromiso
con los otros y con el entorno
común, estén presentes entre los
principales motivos que animen al
trabajo.De nuevo, al profesional de la
pedagogía le corresponde -más que
a ningún otro- profundizar en la reflexión
acerca de la toma de decisiones
que permitan reconocer la esencia
del trabajo como actividad humana
por antonomasia.
Habrá entonces que intentar cambiar
-en principio- las creencias en torno
al trabajo que en muchos casos
subyacen y obstaculizan su función
como factor de evolución humana,
social y de la persona como un todo,
y ésta es por supuesto, una tarea educativa.
Educación para el trabajo
En nuestro país, sobre todo durante
las pasadas décadas de los años
sesenta y setenta, se comenzó a
encontrar frecuentemente la alusión
hacia el tema de la sistematización,
desde la escuela, de las tareas propias
del ámbito laboral, siguiendo el
discurso oficial de que sólo a través
de una mayor productividad era posible
remontar la condición de país “en
vías de desarrollo”.
Por esos mismos años funcionaba la
empresa ARMO (Adiestramiento
Rápido de Mano de Obra) encargada
de diseñar, desde una perspectiva neoconductista, los programas de
capacitación que les fuesen requeridos
desde los más diversos campos
de la industria.
A partir de la creación del Sistema de
Enseñanza Tecnológica7 y su antecedente
más remoto en las distintas
escuelas de artes y oficios en nuestro
país, se busca más concretamente
que la educación responda a los cambios
y transformaciones de la economía
y, por ende, del aparato productivo
actual.
De Chicago, vía Berkeley, nos había
llegado, a la generación de pedagogas
(y uno que otro pedagogo) que
nos formábamos en la Facultad de
Filosofía y Letras, el furor cognoscitivista
por la confección de los objetivos
para la enseñanza y el aprendizaje.
Recuerdo que en tres de las asignaturas
que cursábamos durante ese
segundo año de la carrera nos hallábamos
revisando temas relacionados
con la operacionalización de objetivos,
la enseñanza programada y/o los
niveles taxonómicos de
Benjamín S. Bloom. Esta concepción
de la llamada “tecnología de la enseñanza”
era muy bienvenida en ámbitos
laborales necesitados de operacionalización
y sistematización, pero
muy cuestionada en áreas sociales y
humanísticas.
Eran los psicólogos, herederos de las
escuelas Humano-Relacionista de la
administración, generada por Elton
Mayo, y Neohumano-Relacionista de
McGregor, quienes se desenvolvían
profesionalmente en el área de la
capacitación. Se vislumbraba ya, sin
embargo, un futuro nicho de actividad
profesional para los pedagogos
el cual en ese momento estaba ocupado
por esos especialistas de la conducta
formados fundamentalmente,
por entonces, desde una visión definida
como el más nuevo resultado de
la cadena causal estímulo-respuesta.
Capacitación o educación
En ese ambiente, el vocablo capacitación
era por supuesto el más adecuado.
Se concatenaba de manera clara
con el de lograr, como objetivo conductual,
el “ser capaz de...” y enseguida
debía anotarse un verbo que
implicara una acción observable
como: “nombrar”, “reunir”, “identificar”,“
rotar”,“enlistar”, etcétera.
El vocablo capacitación9 siempre
estuvo -y está- más relacionado con el de capataz que con el de desarrollo
de capacidades humanas de una
manera consciente como autoconstrucción.
Habrá que tener cuidado con las traídas
y llevadas competencias, tan de
moda en estos momentos en nuestros
ambientes institucionales y librescos,
pues tienen, de pronto, ese
mismo sentido incompleto y utilitario.
Educación laboral
El profesional de la educación concibe
que su objeto de estudio es el
fenómeno educativo en su conjunto
y no el educando; éste, en tanto ser
humano, es el sujeto de su propia
educación, no “tabula rasa” donde
escribe quien educa.
El trabajo, en el ámbito de la formación
humana, no es sólo visto como la manera de obtener los satisfactores
materiales que posibiliten la sobrevivencia,
sino que, en tanto actividad
producto de la cultura, trasciende de
ese nivel elemental para alcanzar el
de acción y transformación del
mundo.
Desde la óptica de nuestra disciplina
hoy sabemos que no basta con “capacitar”
a una persona en el manejo de
cierto equipo o el desarrollo de determinada
competencia concreta, que
en la educación como fenómeno
amplio y comprensivo de todas las
áreas participa la totalidad de la persona.
Aún en esta era de creciente
automatización, los pedagogos y
pedagogas no buscamos “capacitar”
sino posibilitar que cada una de las
personas -y en conjunto- accedan a
estadios más elevados de desarrollo a
través del trabajo, de su sentido, de su
trascendencia humana a través de él.
Por todo ello, el concepto de educación
laboral -que no capacitación- es
el que compete a los profesionales de
la pedagogía.
En el ámbito laboral: pedagogía o
educación
En reiteradas ocasiones hemos subrayado
-siguiendo al doctor Enrique Moreno y de los Arcos- la relación
pedagogía/educación en tanto disciplina/
objeto de estudio. En esa lógica,
no resulta extraño hablar de que la
pedagogía es la ciencia que aborda el
estudio del fenómeno educativo y la
aplicación de sus leyes y principios a
cualquier ámbito o contexto constituye
práctica educativa.
Hoy día, en el Viejo Mundo se intenta
recuperar, sobre todo en los espacios
académicos y de investigación, el sitio
que nunca debió perder el vocablo
pedagogía, después de que se le
ignorase por años, gracias al ominoso
oscurantismo de algunos traductores
de la lengua inglesa al español. Así,
como consecuencia de este rescate
del significado se habla, por ejemplo,
de pedagogía laboral. Esta recuperación
tendría que verse desde luego
como una ventaja y un avance para el
reconocimiento de nuestra disciplina
y la construcción identitaria tan necesarias
en estos tiempos; sin embargo,
lamentablemente, ahora se comete
el error inverso, pero error al fin. El
hecho de que se hable hoy de los
posgrados en pedagogía laboral en
universidades de España y por ende
de la necesidad de formar al pedagogo
-también- para el ámbito de la
empresa, parece justificar, para nuestros
colegas allende el Atlántico, el
que en rigor se sacrifique la lógica.
En síntesis
En estricto sentido habría que llamar
a esta tarea: Educación laboral puesto
que en efecto se trata de aplicar
desde los diversos ámbitos de la
pedagogía, como ciencia que estudia
el fenómeno educativo, la reflexión
sobre los fines, los principios teóricos
y metodológicos, las técnicas de la
educación y sus desarrollos instrumentales,
a las particularidades del
contexto en el que se realiza el trabajo.
Promover que las personas construyan
y reconstruyan permanentemente
a lo largo de su vida productiva,
su propio sentido humano -individual
y social- a través del trabajo.
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