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Diversitas

 

Pedagogía, Disciplina, Profesión y Pasión

 
Ana Ma. del Pilar Martínez Hernández
Licenciada en Pedagogía y Coordinadora
del Colegio en la FFL. UNAM

 

Buenas tardes, me es muy grato encontrarme en esta hermosa ciudad de Colima, en su también muy bella Universidad, celebrando la undécima emisión de este Congreso Nacional de Pedagogía, lo cual se dice fácilmente pero debe situarse en una perspectiva de más de veinte años durante los cuales, quienes fundamos el Colegio de Pedagogos de México, hemos organizado y participado en este evento bianual, incluso en momentos cruentos para algunos de nosotros. Valga mi agradecimiento a los anfitriones y organizadores de este Congreso.

Tras este preámbulo paso a exponer mis ideas, acerca de la relación entre la Pedagogía y la pasión, que es el título que le he dado a esta participación. ¿Por qué relacionar estos términos? ¿Desde dónde ligarlos? En primer lugar debo decir que son múltiples los acontecimientos de reciente ocurrencia que me llevan a plantear este tema.

En abril de este año, organicé con apoyo de varios de mis amigos y colegas un evento para celebrar los 50 años del Colegio de Pedagogía, acto durante el cual escuché a viejos y queridos maestros, amigos y colegas de generación, muchos de los cuales veo hoy aquí; el escucharles me permitió revisar muchos de mis conceptos y creencias no sólo sobre la pedagogía, su ser y quehacer, sino sobre mi propia biografía y las influencias determinantes en ella.

Asimismo, he participado en diversas presentaciones ante jóvenes, lo mismo estudiantes de Pedagogía que de ciencias de la educación, quienes invariablemente me remiten a mis años iniciales y a quienes veo inmersos en el mundo y tiempo caóticos y un tanto desesperanzadores que les toca (nos toca) vivir; quienes me sorprenden siempre con sus imágenes y percepciones sobre la disciplina y la vida misma.

Mis casi 30 años de experiencia profesional, mucha de ella centrada en la tarea de formar pedagogos/as y, mi experiencia como coordinadora del Colegio de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; y como parte de mis funciones en este puesto, mi participación en la Comisión Revisora del Plan de Estudios de la carrera en los últimos tiempos, es otro de esos acontecimientos que me tienen pensando sobre el deber ser de la Pedagogía.

Debo además remarcar que, de dos años hacia acá, por desgracia a partir de la ausencia terrenal que no intelectual y espiritual, de tres entrañables y grandes amigos y maestros, la doctora Graciela Hierro, el doctor Enrique Moreno y la doctora Libertad Menéndez; así como mi reciente reencuentro con la doctora Juliana González, filósofa justamente reconocida por la UNAM; la revisión de sus ideas y enseñanzas me ha llevado a replantear las propias, como pedagoga y como ser humano, porque justo es reconocer, como decía Newton, que nos subimos en hombros de gigantes; sin poder negar, además, a riesgo de negarme a mí misma, las influencias y la fuerza educadora de mi familia, mis amigos, mis alumnos y en fin, de la gente y las vivencias cotidianas.

Pues bien ¿cómo se conecta esto con la Pedagogía? De modo simple, estoy cada día mayormente convencida de que todo hacer humano se relaciona con la educación, en mayor o menor medida. No afirmo que todo sea educación, digo que todo pensamiento y acto de cada sujeto y de la sociedad está influido o vinculado con el proceso educativo del que provenimos cada una/o de nosotras/os y, también con el quehacer educativo que han realizado infinidad de personas en nuestro entorno.

Permítanme en este punto hacer una alegoría, pienso en este proceso como el gran “tejido” hilado por millones de seres humanos desde la noche de los tiempos originarios y que se seguirá hilando hacia el futuro; así como en la serie de “bordados” inscritos en esa trama llamada civilización e historia humanas.

Y si en todo lugar donde está un ser humano (no se diga 2 o 3 o 10 o más) hay educación, entonces, ahí podemos insertar a la reflexión pedagógica.
No me interesa hoy discutir si debemos hablar de Pedagogía o de Ciencias de la Educación, coincido con lo dicho por el doctor Thomas Cook, en que hemos dedicado demasiado tiempo a discutir cuestiones epistemológicas (aunque tampoco comparto al 100% la idea de que debamos dedicarnos a solamente solucionar problemas, o que debamos plantearnos preguntas que tiendan a la mejora de la educación con fines pragmáticos o utilitarios, sin una alta dosis de análisis, conceptualización y teorización); sin embargo, considero necesario hablar de lo que creo es hoy un problema para los profesionales dedicados al estudio y solución de problemas educativos y a la formación de especialistas en ciernes, y es el referido al problema de la constitución de una identidad disciplinaria y profesional entre los estudiantes y practicantes de la Pedagogía.

Está por demás decir, que es un lugar común entre quienes nos dedicamos a este campo encontrar en el contexto social una serie de estereotipos y distorsiones sociales y laborales, asociados con nuestro ser y quehacer disciplinario y profesional, a los que, por desgracia, parecemos ya estar acostumbrados quienes nos desempeñamos en este campo, pero ante los que invariablemente tenemos que seguir de manera incansable estableciendo aclaraciones.

Sin embargo, me preocupa y me parece algo aún más delicado que entre nuestros propios estudiantes, particularmente los de los últimos semestres de la carrera, o bien en nuestros pasantes y egresados, nos encontremos con “crisis” de identidad profesional. Ello nos tiene que llevar a cuestionarnos una serie de aspectos, como los siguientes ¿Cuáles son los procesos a través de los que se construyen procesos de identidad? ¿Cómo se forma una identidad de tipo profesional? ¿Cómo fortalecer dicha identidad en el tránsito por las aulas universitarias?

Debemos entender a la identidad como un resultado que nos individualiza en un juego dialéctico entre el autoreconocimiento y el heteroreconocimiento, es decir, es descubrirnos iguales o distintos a ciertos individuos, a partir de reconocer y asumir nuestras similitudes y nuestras diferencias ante la otredad, sea por factores de sexo-género, edad, raza, cultura, clase socioeconómica, ideología, además de por nuestra escolaridad y nuestros antecedentes escolares-institucionales, entre otros factores.

Establecemos así una identidad a partir de factores biológicos y biográficos, de nuestros referentes familiares y culturales (en sentido amplio, pero aquí debemos considerar niveles intermedios como es nuestro entorno social inmediato y la subcultura a la que pertenecemos). De esta serie de factores determinantes y procesos se configura una autoimagen, un autoconcepto y una autoestima, claves para el sujeto y la dinámica que éste establece con su contexto. Definitorios asimismo, de nuestra posible elección de profesión, en el caso de que esto sea factible.

Así la identidad profesional se relaciona con el imaginario institucional y colectivo con el que se perfila una determinada disciplina/profesión, con el valor social que se les asigna a los saberes y quehaceres asociados con ella y con quien la desempeña, así como con el estatus que se le asigna. Por supuesto, la identidad profesional puede ser vista como un proceso que se va conformando desde nuestro ingreso a una institución educativa y al irnos apropiando del ideario, del sentido de comunidad (gremio), de sabernos diferentes a los “otros” (sobretodo a partir del sentido de pertenencia institucional, que se traduce en “ponernos la camiseta”, rivalizar con “los otros”, etcétera. Situación que en instituciones macro crea incluso subculturas, rangos y autoclasificaciones. Vemos entonces “... un proceso a través del cual el individuo se crea a sí mismo, en relación con el otro u otros, a través de signos, gestos, ideales, perspectivas y metas en el trabajo escolar, relaciones con los profesores y entre iguales, tanto de diferenciación como de reconocimiento con los demás y con la institución en la cual ocurren estas relaciones y en función de las cuales actúan”.

El resultado de este proceso es una identidad profesional a la vez estable y provisional, individual y colectiva, subjetiva y objetiva, biográfica y estructural de los diversos procesos de socialización que conjuntamente construyen los individuos y definen las instituciones.

Ahora bien, ¿por qué en otros campos disciplinarios no hay crisis de identidad profesional? (no elimino el síndrome de abandonar el “nido escolar” generalizable en mayor o menor medida a todos los que egresan de una carrera, pero, por ejemplo: ¿tiene algo que ver la manera de relacionarse con el otro, como en el caso de maestros y estudiantes en medicina que desde el primer día de estudios le llaman “doctor” al estudiante?).

¿Qué estamos haciendo mal al formar a nuestros estudiantes? Al respecto, tengo algunas ideas acerca de las posibles causas de este fenómeno; y aunque sé que no están contempladas todas, me atrevo a mencionar las siguientes:

  • La complejidad del objeto de estudio y de trabajo: la educación:
    La educación no puede definirse de manera unívoca o simplista, su complejidad abarca aspectos y procesos individuales y colectivos, el desarrollo de facultades individuales cargadas de valores y bienes de una cultura específica y “universal”; es tarea reproductora a la vez que evolutiva y progresiva; es quehacer pleno de valores, fines, y deontología, a la vez que es acción permanente asistemática, en tanto que es sistemática en instituciones y tiempos específicos; es doxa, es dogma, es episteme y es tecné, entre otras muchas características; esta complejidad, y sobretodo, saber de ella las más de las veces nos paraliza de entrada.
  • La historia del concepto, la profesión y del quehacer profesional:
    La famosa etimología griega: paidós: niño, gogein: conducción; los “humildes” orígenes del oficio: ser esclavo (ilustrado, pero esclavo a fin de cuentas); perdernos en los siglos asociados con figuras bíblicas; ser “ciencia” desde Kant y Herbart pero siempre subordinada a otras ciencias; No conocer nuestros orígenes locales, quienes nos fundaron, cómo nos concibieron, que actividades se nos asignaron; no saber cómo se fue definiendo el perfil profesional; son algunos de los “avatares” de nuestro “karma” disciplinario y profesional.
  • La discusión epistemológica sobre la disciplina.
    Tener la desgracia de que Mialaret viviera en el siglo XX y fuera conocido en nuestro ámbito y que algunos pensadores mexicanos anduvieran sobre el mismo asunto, lo cual ha provocado la cáfila de artículos sesudos (y otros no tanto) sobre si es ciencia o son ciencias; así como grandes y amorosísimas enemistades.
  • El estereotipo de género y las tareas socialmente asignadas a la Pedagogía de acuerdo con el imaginario colectivo (¡y creerlo!)
    No porque esté mal que la mayoría seamos más mujeres, sino por que no hay más hombres que quieran ser pedagogos; por cómo se concibe al quehacer educativo mismo (sólo para niños, sólo en la escuela, ser acción sin reflexión); asociado a “virtudes” femeninas tales como la paciencia, el tacto, la devoción, el servicio y la intuición (las cuales son absolutamente necesarias pero también las puede tener un hombre), o habilidades como la motricidad fina, cierta capacidad de observación y atención, etcétera, para poder trabajar con los niños la escritura, el recorte y pegado, el boleado, entre otras; por que la educación “cualquiera la puede realizar” (es decir, cualquier mujer) y no se necesita de trabajo teórico, sino la obediencia ciega de estatutos legitimados por “verdaderas ciencias”.


El punto, es que podemos pasarnos una vida discutiendo acerca de si son éstas u otras las causas que provocan lo señalado, así que desde mi perspectiva, me parece que tenemos que empezar a trabajar sobre lo siguiente:

  • Asumir la complejidad de nuestro objeto de estudio, “perderle el miedo” y “dimensionarlo”; conocer la historia del objeto, de la disciplina y de la profesión; reconocer genealogías, tradiciones y trayectorias; debatir y alcanzar acuerdos sobre el estatus epistemológico de la disciplina, sobre los saberes, los quehaceres y el perfil profesionales; aprender a hablarnos de “igual a igual” con otras disciplinas, sin caer en falsas jerarquías.
  • Investigar, comparar y socializar la información entre las instituciones dedicadas a la formación de profesionales; discutir lo qué se hace, cómo se hace, qué ha sido efectivo, etcétera, es decir, no vernos como enemigos sino como gremio. Ver, igualmente, lo qué se hace en otros países; analizar a fondo procesos intrainstitucionales de formación: quiénes son nuestros profesores, qué les dicen a los alumnos; qué código de ética les enseñamos, qué correlación hay entre enseñanza teórica y puesta en práctica, etcétera; investigar permanentemente acerca de los cambios en el campo profesional de los pedagogos, haciendo seguimiento de egresados, redes de exalumnos y establecer contacto con los empleadores, ya que día con día hay cambios en el quehacer profesional que no se reflejan en los planes de estudio y en la imagen profesional identitaria que le transmitimos a nuestros estudiantes.
  • Construir y difundir mediante múltiples mecanismos el ethos de la Pedagogía y de los/as pedagogos/as.
  • ¿Qué entiendo por ethos? Este concepto significa:
  • En su concepción más antigua: “guarida”, refugio o morada.
  • De ahí el sentido de interioridad, de ámbito interno de sí mismo, en donde el ser humano suele encontrar su fuerza propia.
  • Carácter propio, características peculiares, sello o marca distintiva.
  • Actitud fundamental del ser humano ante sí mismo y ante lo que no es sí mismo.
  • Segunda naturaleza moral y cultural construida por encima de la naturaleza dada.
  • Expresa el poder de trascendencia de la humanización misma de la existencia.
  • Es un modo de ser, una forma de existir, una manera de estar en el mundo, de disponerse ante la realidad. Por tanto, es una forma de vida y, en sentido esencial, supone la autoconciencia. Mi punto de vista es que no hemos logrado desarrollar, a pesar de nuestra tradición e historia, un verdadero ethos pedagógico, el cual desde mi perspectiva debe llevarnos como formadores de profesionales a plantear las características de ser pedagogo/a:
  • Una convicción profunda acerca de la segunda naturaleza del ser humano, es decir, la noción de educabilidad y humanización, acuñadas por múltiples pensadores a lo largo de la historia de la Pedagogía.
  • Es praxis y ejemplo de autoconstrucción.
  • Requiere de fuerza y seguridad internas.
  • De una disposición completamente ética orientada hacia la búsqueda de la verdad.
  • Supone una conciencia para trascender intenciones meramente pragmáticas.
  • Requiere preservar nuestra capacidad de asombro y fascinación ante el mundo y la cultura.
  • Debe ser una vocación en el sentido originario del término, porque es una forma de vida y es PASIÓN.

En este último aspecto, estoy convencida de que si no asumimos nuestra tarea con el asombro originario que nos enamoro de la disciplina y la profesión y asumimos que la Pedagogía se tiene que hacer con absoluta pasión, como un asunto personal que luego trasladamos hacia los/as otros/as, aún esta disciplina fascinante e inagotable, puede convertirse en algo monótono y rutinario.

Al respecto, retomo algunas de las ideas de la filosofía de la educación de la doctora Graciela Hierro, quien decía:
Por educación entiendo el proceso de adquisición de conocimientos, habilidades y actitudes con un fin ético. Es decir, la educación necesariamente nos convierte en mejores personas. A diferencia de la instrucción, la socialización, la masificación, el lavado de cerebro y otros procesos afines que no necesariamente tienen un contenido ético.

Pienso que el proceso educativo para que en efecto lo sea, debe contar con la voluntad de la y el educando. Por lo cual, a mi juicio, toda educación termina siendo autoeducación; siguiendo a Paulo Freire, creo que “nadie educa a nadie”, todas las personas nos educamos a nosotras mismas en la comunidad, en un tiempo que se inicia cuando tomamos la vida en nuestras manos, y termina con la muerte.

El proceso educativo nos convierte en personas, y por persona entiendo ser moral, libre y digna. Porque no nacemos personas, nos convertimos en personas a través de nuestro propio esfuerzo educativo, que se constituye de acuerdo con el género, la condición social, histórica, racial, étnica, geográfica y del ciclo de vida en que nos encontremos.

Ahora bien, si la educación es un asunto personal, ¿en qué medida puedo influir en mi destino? Esta cuestión presupone el ideal ético de que las personas somos seres autónomos y racionales. Si lo somos, la respuesta es afirmativa, y quien se educa acepta la posibilidad de cambiar, a partir de su esfuerzo personal y su decisión. “Empieza entonces la crisis de la moralidad, que debe conducirnos a la posibilidad de descubrir o inventar otro valor: la “pasión moral”. Es “el deseo de excelencia del que habla Aristóteles en su Ética Nicómaquea, un anhelo de placer o felicidad”.8 Ya que la elección de un nuevo valor es una solución ética:

... porque supone el enfrentamiento con mi yo y su interés, su querer, su necesidad y su deseo. Intento alcanzar mi satisfacción, mi interés y mi placer. Todo lo que me impulsa a actuar, realizar, a llevar a cabo, a ser [...] tomo mi vida en mis manos. En suma influyo en mi destino. Soy poseedora de un deseo intenso y persistente de algo que por el momento no está a mi alcance, pero que se encuentra dentro de las posibilidades de mi vida. Y éste es el ideal, la utopía a la que conduce la pasión moral.

Si ello es así, la tarea de los/as pedagogos/as es llevar a los sujetos a desarrollar estos procesos autónomos de autoconstrucción, que empiezan por nosotras/os mismas/os.
Esto supone llevar a cabo una serie de tareas en lo individual:

  • Autoconocimiento
  • Desarrollo de un sólido autoconcepto y una alta autoestima
  • Seguridad en nuestro conocimiento, quehaceres y valores disciplinarios y profesionales
  • Claridad sobre nuestros límites
  • Desarrollo de la capacidad de autoeducarnos, de comprender nuestro carácter de constructores/as permanentes de nosotros/as mismos/as.


En lo colectivo, además de lo ya señalado, propongo realizar un ejercicio metodológico que nos permita identificar nuestras similitudes y diferencias en la diversidad institucional que nos preparara como profesionales de la educación, siguiendo el método empleado por Fray Bernardino de Sahagún,11 quien, como extraordinario precursor de la antropología y la etnografía, en 1547 se dio a la tarea de recuperar el saber de los pueblos autóctonos de Mesoamérica; vislumbrando su enorme riqueza y complejidad. Para ello elaboró un cuestionario sobre todos los aspectos de la cultura material y espiritual del pueblo azteca; seleccionó a los informantes, entre los hombres más probos y ancianos conocedores de la tradición; les pidió que oralmente y por medio de su escritura (códices), respondieran a dicho cuestionario; hecho lo cual comparó y depuró las diversas informaciones en un riguroso proceso de revisión crítica, para la cual pidió ayuda de los alumnos trilingües del Colegio de Santa Cruz de Tlaltelolco, quienes pusieron por escrito en lengua náhuatl y caracteres latinos, el contenido de las “pinturas”; de este proceso surgió un conjunto de textos que constituye la fuente principal para el conocimiento de los antiguos nahuas, los textos más antiguos que se hallan en los Códices Matritenses.

De este saber acopiado por Sahagún, don Miguel León-Portilla estudia la forma de ser, es decir, el ethos del sabio náhuatl, entendiendo que en este pueblo la sabiduría se concibe como conocimiento de lo sagrado y las tradiciones del grupo. El Tlamatini o sabio, es decir, “el que sabe algo”, es:

  • El que enseña, el que forma a los jóvenes
  • La luz que ilumina a otros, una tea que no ahuma
  • El que hace a los otros “tomar una cara” (una personalidad, una identidad)
  • El que pone frente a los otros un espejo (para ayudarlos a conocerse a sí mismos)
  • El que les abre los oídos y los ilumina, es decir, les enseña a escuchar, a comunicarse con el otro
  • Es “espejo horadado”14 porque logra y permite lograr una visión concentrada del mundo y de las cosas humanas, y al ser un espejo, permite que el sujeto se vea a sí mismo, vea a los otros y a lo otro, ya que la sabiduría es mismidad y otredad.
  • Él mismo es escritura y sabiduría, esto es, es autor, poseedor e intérprete de los códices, depósito del saber y la tradición.
  • Es camino, es guía para otros.
  • Es maestro de guías, les da su camino.
  • Pone un espejo delante de los otros, “humaniza su querer”, es decir, promueve la búsqueda consciente y volitiva de la plena humanización.

¿A qué les suena esto si no es a educación y a Pedagogía? ¿A qué sino a ambas se refiere esta descripción? Les invito a que llevemos a cabo esta indagación, seamos nuestros propios tlamatinis, comprendamos que clase de sabios/as somos los/as pedagogos/as; reconozcámonos en nuestras similitudes y diferencias para poder desarrollar una sólida identidad profesional, porque después de todo como diría uno de los clásicos:
No hay viento favorable para quien no sabe adónde va.

 
   
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