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Los seres humanos somos seres complejos,
capaces de transformar el
mundo utilizando nuestras habilidades
en la construcción de cosas que
en un principio sólo existieron en un
sueño, en un deseo, en la imaginación,
como algo abstracto, lejano,
imposible…pero que gracias a que el
hombre es un ser práctico, todos esos
sueños pueden ser materializados ya
sea en una bella melodía que al ser
escuchada despierta a los recuerdos
y a las emociones; en una hermosa
pintura que al ser captada por el sentido
de la vista se interioriza en nuestro
pensamiento y nos lleva a la sensación
de ser parte de ese momento
representado por el artista en su obra
de arte; en un libro donde se queden
plasmados los ideales, objetivos, teorías,
hipótesis, emociones, recuerdos,
frustraciones o fantasías del autor y
que hoy en día, gracias al invento del
señor Gütenberg, son posibles difundir
por todo el mundo, para que al llegar
a manos de otra persona, todas
esas ideas sean motivo de análisis, de
reflexión, de inspiración…
Pero para que el filósofo, el pedagogo,
el científico, el cocinero, el alfarero,
el escritor, etcétera, actúen sobre el
mundo, es necesario que haya una
especie de fuerza interior que los
motive, que los guíe, que despierte su
imaginación, que los provoque, que
los impulse a ser implacables en su
creación, en sus acciones, en sus decisiones,
en sus metas, en su visión de
lo que pueden ser capaces de lograr.
De manera que así como en el
“Simposio o del Eros” escrito por
Platón, decidieron alabar a Eros, yo
llegué a la conclusión de que en la
fuerza interior que nos motiva, casi
siempre está el amor por algo o por
alguien. Para los amantes de la
Pedagogía puede surgir la pregunta:
¿En qué consiste la fuerza interior alimentada
por Eros que guía al pedagogo?
Pues bien, la respuesta a esa
pregunta aún no la tengo claramente,
pero a lo largo de este ensayo pretendo
realizar una reflexión que me
permita llegar a la respuesta o por lo
menos una aproximación a ella,
basándome en mis conocimientos
sobre Epistemología y Pedagogía.
Para tal efecto, quisiera retomar un
pensamiento de Nietzsche donde
habla sobre su perspectiva del filósofo
como educador:
“...los auténticos filósofos son hombres que
dan órdenes y legislan: dicen ‘¡así debe ser!’,
son ellos los que determinan el ‘hacia
dónde’ y ‘el para qué’ del ser humano, disponiendo aquí del trabajo previo de todos los
obreros filosóficos, de todos los sojuzgadores
del pasado, —ellos extienden su mano
creadora hacia el futuro, y todo lo que es y
ha sido conviértese para ellos en medio, en
instrumento, en martillo. Su ‘conocer’ es
crear, su crear, es legislar, su voluntad de verdad
es —voluntad de poder”.
He aquí la clara muestra de dos cosas:
la vinculación entre la educación y la
filosofía y la gran importancia del filósofo
en la sociedad para Nietzsche, ya
que al determinar el hacia dónde del
ser humano, su responsabilidad, compromiso
y tareas aumentan significativamente
y es entonces cuando
toma sentido analizar las palabras de
Platón cuando señala a la perfección
de la virtud de la prudencia o sabiduría
como el medio para lograr una
correcta conducción del “carro alado”,
es decir, del alma; o las palabras de
Sócrates en el diálogo con Menón
cuando hace ver que la duda hace
laboriosos e inventivos a los hombres;
o el pensamiento de Kant con
respecto a que somos seres limitados,
de manera que lo que nos rodea nos
afecta y la concordancia con el
mundo depende de saber qué soy y
qué es el mundo.
Es necesario detenernos entonces, en
el análisis de la relevancia de los
¿conocimientos? ya sea del filosofo,
del pedagogo o de cualquier otro
especialista, ya que su palabra rebasa
la simple opinión, o como diría
Platón, el nivel de la eicasia y la pistis.
Pero llegar al conocimiento de algo, no
es fácil, de manera que tanto el filósofo
como el pedagogo, haciendo uso de su
razón como facultad reguladora que
dicta reglas, son capaces de emitir juicios
que van más allá de la explicación
y descomposición del problema, ya que
al determinar el hacia dónde y el para
qué del ser humano, es necesario que
emitan juicios extensivos, a los cuales
Kant llama juicios sintéticos.
¿Pero a qué viene todo esto? Al
hecho de que según Kant, la ciencia
debe estar constituida por juicios sintéticos,
de manera que quiero dejar
entre líneas el problema epistemológico
de la Pedagogía para aquellos
que dicen que es sólo un arte y para
aquellos que la reconocen como
ciencia, aunque para mí es la disciplina
que tiene por objeto de estudio la
educación, entendiendo a esta como
la facultad que le permite al ser
humano formarse como tal, es decir,
humanizarse, por lo cual considero
que es necesario dejar atrás la concepción
de la educación como la simple
transmisión de conocimientos,
para concebirla como un proceso de
humanización.
Es precisamente desde esta perspectiva
donde toma sentido la condición
teleológica de la formación humana
como eje teórico y ético de la
Pedagogía, ya que obliga al pedagogo
a tener conciencia del para qué
estoy educando lo cual implica tener
un enorme sentido ético, moral,
antropológico, filosófico y obviamente
pedagógico.
De manera que así como Nietzsche
hace énfasis en la importancia del
filósofo como educador yo quiero
hacer énfasis en la importancia del
pedagogo como formador de los
seres humanos, pues su función es
contribuir a forma individuos críticos,
analíticos y libres, que desarrollen
todas sus potencialidades al máximo,
lo cual no es tarea fácil. Cabría aquí
citar nuevamente a nuestro querido
Nietzsche cuando afirma lo siguiente:
“…si el barro y mármol son almas puras de
los educandos, el educador como artista
dionisíaco, los moldea, los crea, los transforma
en obra de arte.Y no como obra de arte
pasiva, sino trasformada, en transformación
y transformadora…”
Cabe aclarar que si bien hasta el
momento he abordado el término
formación como paideia, es decir, la
formación en el sentido griego y platónico,
perspectiva desde la cual
“educar equivale a moldear una persona
conforme a la idea (eidos o
esencia) del ser humano”, así como el
alfarero trabaja con la arcilla, es de
suma importancia recalcar que la formación
también tiene un sentido dialéctico,
donde el educador también
va aprehendiendo nuevos conocimientos
al momento de educar y se va enriqueciendo y reinventando a sí
mismo.
Regresando a la pregunta inicial
sobre la fuerza interior que motiva al
pedagogo, yo creo que la clave está
en sentir pasión por la Pedagogía,
concibiendo a ésta no sólo como una
disciplina sino como un estilo de vida
que nos obliga a reinventarnos, a reeducarnos
con el ideal de contribuir a
colocar al hombre en mejores posibilidades
de ser por medio de la educación,
y que es capaz de reconocer fraternalmente
a sus semejantes el
mismo derecho y la misma dignidad,
actuando así es como el artista dionisíaco
que menciona Nietzsche, sin
perder de vista el carácter dialéctico
antes mencionado.
Sólo el compromiso de contribuir a la
formación de sujetos que no sólo
vivan la realidad sino que sean capaces
de recrearla, de transformarla, de
renarrar el relato, resumirlo y ampliarlo,
puede hacer posible una praxis
pedagógica adecuada.
Es entonces, en la pasión y compromiso
antes mencionados donde
como estudiante de Pedagogía,
encuentro la acción de Eros ya que
sin estos elementos perdería el sentido
del por qué y para qué estoy estudiando
esta carrera lo cual me ocasionaría
un problema de identidad e
incongruencia terrible.
Por otro lado, después de haber leído
uno de los diálogos escritos por
Platón, titulado “Menón o de la virtud”,
considero que la idea de
Sócrates sobre la importancia de
indagar la verdad haciéndonos preguntas
cons-tantes sobre nuestros
conocimientos, puede constituir un
principio importante en la formación
del pedagogo para lograr cumplir
con su misión.
Sé que quizá la respuesta anterior
haya sido muy pobre ante el enorme
sentido axiológico, filosófico, epistemológico
y pedagógico que demanda
la respuesta a la pregunta formulada
al inicio de este ensayo, sin
embargo, si algo aprendí de Sócrates
fue la importancia de indagar la verdad,
de manera que por el momento,
mi respuesta está dada, y si a alguien
al leer este ensayo no le parece correcta,
considero pertinente citar
nuevamente a Sócrates en el diálogo
con Menón, para decirle: “…mi
respuesta está dada; si no es justa, a ti
te toca pedir la palabra y refutarla…"
En un esfuerzo por aterrizar todo lo
anteriormente dicho en el pasado
Encuentro Nacional de Estudiantes
de Pedagogía y Ciencias de la
Educación realizado en la
Universidad del Golfo de México,
campus Minatitlán, llego a la conclusión
de que este evento constituye
un espacio donde se materializa esa
fuerza interior que a los estudiantes
de Pedagogía nos impulsa a querer
expresar nuestras inquietudes, a querer
compartir nues-tras ideas, a querer
escuchar aquello que los futuros
profesionales de la educación tienen
que decir, y que nos lleva a la identificación
como estudiantes de las
mismas licenciaturas en la medida
que nos reconocemos también en la
diferencia con el otro.
El encuentro, da la posibilidad de
hacer coincidir a cientos de estudiantes
en un mismo espacio y coadyuva
a nuestra formación profesional en la
medida que permite conocer distintas
visiones sobre los temas que se
relacionan con la educación y que
busca no solo generar el análisis y la
problematización sino también generar
propuestas para alcanzar la transformación
de la sociedad partiendo
de la formación de los sujetos que la
constituyen.
Con la presentación de las ponencias
y los talleres, no sólo se aumenta el
capital lingüístico y teórico de los
estudiantes, también se enriquece el
panorama de todos los retos a los
cuales nos toca enfrentar, por lo que
siempre quedarán nuevas inquietudes
que nos motiven a querer asistir
al siguiente encuentro.
Finalmente, sólo puedo agregar que
me entusiasma pensar en la idea de
volver a coincidir el próximo año con
estudiantes de Pedagogía y Ciencias
de la Educación, sobre todo porque el
reto que tenemos todos, es el de elevar
el nivel de nuestra participación
en el Encuentro, ya sea como organizadores,
ponentes o asistentes, dejándonos
guiar por esa parte del Eros
que nos hace tomar la Pedagogía
como un estilo de vida…
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