Carlos Tünnermann Bernheim
Asesor principal del Instituto de la UNESCO
para la Educación Superior en América latina y el Caribe
Miembro del Consejo de Administración
de la Universidad de las Naciones Unidas |
I
Es evidente que las tendencias que hoy en día se observan en la educación
superior en el mundo, no pueden sustraerse de la influencia de los dos fenómenos
que más inciden en su desempeño: la globalización y la sociedad del
conocimiento. Ambos fenómenos han merecido amplias reflexiones, en anteriores
oportunidades, de manera que nos limitaremos a señalar sus consecuencias
más directas en los sistemas de educación terciaria y sus procesos de
transformación.
Cabe señalar que la globalización vigente es la globalización neoliberal. Se
pretende imponer, nos dice Aldo Ferrer, el pensamiento neoliberal como “pensamiento
único” o, como dice don José Saramago, como “pensamiento cero”,
pues no hay nada que pensar si el mercado lo hace y decide todo.“El discurso
de la globalización que habla de ética, denuncia Paulo Freire, esconde, que la
suya es la ética del mercado y no la ética universal del ser humano, por la cual
debemos luchar arduamente si optamos, en verdad, por un mundo de personas”.
Si bien la globalización no se limita al aspecto puramente económico, ya que,en
realidad, es un proceso pluridimensional, es la globalización económica la que
arrastra a todas las demás y se caracteriza por ser asimétrica: la economía global
no ha conducido a la formación de una verdadera sociedad global donde sus
beneficios sean mejor distribuidos, sino a una creciente desigualdad entre las
naciones y al interior de ellas. La construcción de una sociedad mundial, basada
en la dignidad de los seres humanos, requeriría un compromiso con valores como la solidaridad, que está ausente
del decálogo neoliberal.
Frente a esta problemática, que desafía
la inteligencia, creatividad y
responsabilidad de la “nación humana”,
surge como impostergable una
nueva visión del mundo y del futuro
de la especie humana, si ésta ha de
sobrevivir al siglo XXI. “Nunca antes,
en la historia de la humanidad, nos
dice Edgard Morín, las responsabilidades
del pensamiento fueron tan
abrumadoras”. El gran desafío es si
seremos capaces de elaborar “un
nuevo sistema de ideas” de “repensar
el mundo”, porque ha llegado el
momento de redefinir el rumbo y el
sentido de la vida, si es que queremos
que no se extinga sobre la faz de la
tierra.
Los gobiernos conscientes de esta
situación, las universidades, los países
y la sociedad civil mundial organizada,
deben esforzarse por incidir en la
gobernanza de la globalización, de
manera que se promueva una globalización
compartida, social y éticamente
responsable. En última instancia,
nos dice Ernesto Sábato, “se
trataría de recuperar cuanto de
humanidad hemos perdido”. En esta
tarea, no puede estar ausente la educación
superior, sea pública o privada.
Bien decía Xabier Gorostiaga: “los
nuevos desafíos de la globalización
demandan, como nunca, la función
crítica y, a la vez, propositiva de la universidad.
Ninguna otra entidad está
constituida como la universidad para
enfrentar este reto civilizatorio”. De
esta manera, el primer desafío que la
universidad debe enfrentar, es asumir
críticamente la globalización, hacerla
objeto de sus reflexiones e investigaciones,
e introducir el estudio de su
problemática como un eje transversal
de todos los programas que ofrezca.
La globalización no es enteramente
buena ni mala. Depende de cómo las
naciones se insertan en ella. La educación
superior puede desempeñar
un papel clave en la creación de las
condiciones que permitan una inserción
favorable.
La sociedad actual suele denominarse
“sociedad del conocimiento”, por el
papel central que éste juega en los
procesos productivos; otros prefieren
llamarla “sociedad de la información”,
desde luego que la riqueza de las
naciones depende hoy en día cada
vez más de su capacidad de acumular
y utilizar información. Coincidimos
con quienes prefieren llamarla “sociedad
del aprendizaje”, por el papel
clave que los paradigmas del “aprendizaje
permanente” y del “aprender a
aprender”están llamados a desempeñar,
como la respuesta pedagógica
adecuada a las características principales
del conocimiento contemporáneo:
su acelerada expansión y diversificación,
y su temprana obsolescencia.
Se afirma así que la habilidad más
competitiva en el futuro será la de
aprender y el aprendizaje la materia
prima estratégica para el desarrollo
de lo países. Ojalá aspiráramos a
constituir la sociedad de la sabiduría,
impregnando de valores y de humanismo
el extraordinario progreso de
las comunicaciones, las ciencias y las
tecnologías.
Frente a estos procesos, los Estados
necesitan nuevos enfoques y políticas
para elevar el nivel educativo de
sus gentes y fortalecer su capacidad
de negociación. El Informe Delors
nos dice que “la globalización es el
fenómeno más dominante en la
sociedad contemporánea y el que
más influye en la vida diaria de las
personas”. Por lo mismo, la educación
debe enseñarnos a vivir juntos en la
“aldea planetaria” y a desear esa convivencia.
Pero los países del llamado
Tercer Mundo, de ninguna manera
pueden resignarse a que se les reserve
el barrio pobre o miserable de esa
aldea.
Hoy en día no sólo compiten los aparatos
económicos sino también las
condiciones sociales, los sistemas
educativos y las políticas de desarrollo
científico y tecnológicos y los
Sistemas Nacionales de Innovación.
Estamos convencidos que en ese
desafío, la pertinencia, calidad y acreditación
de los sistemas educativos, y
particularmente del nivel terciario,
determinará, en muy buena medida,
el lugar de cada país en ese mundo
altamente competitivo.
Las reflexiones anteriores nos conducen
a examinar las respuestas que la
educación superior está dando a
estos retos tan cruciales. Para estructurar
esas respuestas, la academia
cuenta con una “brújula intelectual”:
los lineamientos incluidos en la
“Declaración Mundial sobre la Educación
Superior para el Siglo XXI: Visión
y Acción”. Este documento sigue siendo
el más lúcido que se haya formulado,
de cara al presente siglo.No es así
extraño que se haya convertido en la
“Carta de Navegación”para los procesos
de transformación universitaria
que se observan en las diferentes
regiones del mundo. Mas, no olvidemos
que la Declaración señala, muy
claramente, que para que las instituciones
de educación superior respondan
a los imponentes desafíos que
entrañan una sociedad globalizada y
del conocimiento, que experimenta
constantes cambios, ellas mismas tienen
que emprender “la transformación
y la renovación más radicales
que jamás hayan tenido por delante”.
En apretada síntesis, los procesos de
transformación que hoy día adelantan
los sistemas de educación superior,
propician el fortalecimiento de
sus capacidades de docencia, investigación
y extensión interdisciplinarias;
un mayor balance e interrelación
entre estas funciones básicas; la flexibilización
de las estructuras académicas
y la introducción en su quehacer
el paradigma del aprendizaje permanente.
En congruencia con estas tendencias,
cabe mencionar los programas
de actualización, superación
académica y reconversión del personal
docente, de investigación y extensión,
acompañados de los estímulos apropiados; la promoción de una
mayor vinculación con el Estado y
con todos los sectores de la sociedad,
en los que correspondería priorizar
los sectores más desfavorecidos,
y la incorporación de las
llamadas “nuevas culturas”: la cultura
de pertinencia social, calidad, evaluación
y acreditación, informática,
gestión estratégica, internacionalización
solidaria y la preocupación
por la dimensión ética del quehacer
académico, acompañada de la rendición
social de cuentas.
II
El análisis de las relaciones universidad/sociedad está en la médula del
tema de la pertinencia o relevancia
de la educación superior, uno de los
aspectos que no pueden soslayar los
procesos de evaluación y acreditación.
El concepto de pertinencia
social, que es el generalmente aceptado
e incorporado en la Declaración
Mundial de 1998, obliga a analizar
la pertinencia en una perspectiva más amplia, asumiendo
las demandas de la sociedad, en su
conjunto. El asunto, entonces, consiste
en traducir esas demandas en términos
de las tareas que incumben a
la educación superior, tanto en sus
aspectos cuantitativos como cualitativos.
Esto implica estimar el aporte
global de la educación superior al
desarrollo endógeno, humano y
sustentable de la sociedad.
En la pertinencia, así concebida, es
donde mejor podemos evaluar el
compromiso social de la universidad.
Pertinencia y calidad son conceptos
estrechamente interrelacionados,
como las dos caras de una misma
moneda.
El tema de la calidad ocupa un lugar
central en los procesos de transformación
universitaria. Su instalación
en lugar prioritario se aceleró cuando
en todos los sistemas de educación
superior a la crisis cuantitativa se
agregó la cualitativa.
¿Qué entendemos por calidad de la
educación, en general, y más específicamente
por calidad de la educación
superior? Jacques Hallak nos
dice que “la palabra calidad es una
de las más honorables, pero también
una de las más resbaladizas en
el léxico educativo”. Parafraseando a
San Agustín podríamos decir: “Sé
muy bien lo que es la calidad, si no
me lo preguntan”.
Y es que el concepto de calidad no
es un concepto absoluto sino relativo,
histórico, complejo y dinámico,
que se construye socialmente y lleva
implícito su evaluación o apreciación
objetiva. Es un concepto que
requiere ser desagregado para
poder analizar sus componentes y
luego actuar sobre los mismos.
Conviene advertir que calidad y
equidad no son términos excluyentes.
Más bien, la falta de equidad
social suele ir de la mano de sistemas
educativos de mala calidad. Es posible promover el mejoramiento
de la calidad educativa sin afectar su
carácter equitativo. Pero también es
cierto que pueden darse tensiones
entre equidad, eficiencia y calidad.
Precisamente, el esfuerzo debe ir
encaminado a diseñar una política
educativa que facilite el logro simultáneo
de estos propósitos.
El Documento de Políticas para el
Cambio y Desarrollo de la Educación
Superior de la UNESCO (1995), nos
dice que la calidad “es un concepto
multidimensional, que depende en
gran medida del marco contextual de
un sistema determinado, de la misión
institucional o de las condiciones o
normas dentro de una disciplina
dada...” La calidad debe medirse en
términos del logro de los fines y objetivos
propuestos, es decir, en última
instancia, en términos del cumplimiento
de la misión institucional. La
misión aparece así en el centro de
toda la actividad evaluativa. De ahí la
importancia de contar con una buena
definición de misión. Ella establece el
referente principal conforme al cual
se evalúa la institución.
La evaluación de la educación superior
no debe limitarse al juicio sobre
el diseño y la organización curricular
ni a la constatación de si son suficientes
o no los recursos disponibles.
Debe ir más lejos, pues un programa
refleja la concepción que se tiene
frente a la humanidad, la sociedad y
el conocimiento. La evaluación de la
educación superior también debe
inscribirse entre las estrategias de
cambio y su eje ubicarse en la utilidad
social de los conocimientos producidos
y distribuidos, como lo señala
Axel Didricksson.
En última instancia ¿dónde se manifiesta
mejor la calidad? La respuesta
nos las da la Declaración de Jomtien
“La educación para todos” (1990): “La
calidad de la educación se hace realidad
en el aprendizaje cualitativamente
relevante. La calidad no está en lo
que se enseña sino en lo que se
aprende, por lo que en la práctica
dicha calidad está cada vez más centrada
en el propio sujeto educativo”.
De ahí que algunos visualizan que en
el futuro la calidad de las universidades
dependerá principalmente de la
calidad de sus estudiantes. De ahí la
importancia que adquiere el análisis
de los métodos de enseñanza-aprendizaje,
desde luego que de ellos
depende que los estudiantes realmente
aprendan y aprendan a seguir
aprendiendo durante toda su vida.
En última instancia, decía Phillip
Coombs, “el título universitario es
esencialmente la certificación de que
quien lo ostenta ha sido formado
para seguir aprendiendo”.
En definitiva, abogamos por una evaluación
transformadora, orientada a
mejorar la calidad y la pertinencia
social de las instituciones y sistemas
de educación superior. De esta manera,
la evaluación será una valiosa
estrategia de mejoramiento e innovación
de la educación superior.
La evaluación de la calidad exige la
participación protagónica de la universidad,
para lo cual se requiere una
actitud positiva,“una mentalidad evaluativa”
y una “cultura de evaluación”,
que asuma la evaluación como una
oportunidad y no como una amenaza.
Hay que evitar que los procesos de
evaluación se transformen en una
simple “costumbre” o ritual sin consecuencias,
que más bien desprestigie
el ejercicio evaluativo que, en esencia,
debe ser un proceso pedagógico
y formativo.
En conclusión, estamos convencidos
que la educación superior contemporánea
requiere transformaciones e
innovaciones profundas y radicales,
que hagan temblar los cimientos de
nuestros sistemas educativos, tan
ligados a la tradición, como lo señalaba
Phillip Coombs:“En un mundo en
proceso de continuos cambios dinámicos,
las reformas e innovaciones
educativas no pueden seguir siendo
puramente episódicas: deben consistir
en un proceso permanente y continuado
de auto-renovación”.
Afirma el Profesor Cristovam
Buarque, en su ensayo “La post-universidad”:
“El desafío de la universidad
para las próximas décadas es
mucho más que cambiar, es evolucionar.
Mucho más que reformar, es
inventar”.
Compartimos la propuesta de la
Declaración Mundial acerca de la
necesidad de diseñar, de cara al siglo
XXI, una educación superior “pro-activa
y dinámica”, que demanda para su
éxito una política de Estado, una
estrategia consensuada con todos los
actores sociales, un nuevo “pacto
social”, o “contrato moral”, como lo
llama el Informe Delors, donde cada
sector interesado comprometa recursos
y esfuerzos para hacer realidad las
transformaciones. Debemos retar la
imaginación y replantearnos los objetivos,
la misión y las funciones de las
instituciones de educación superior
para que estén a la altura de las circunstancias
actuales del nuevo milenio.
Necesitamos una educación
superior impregnada de valores e
inspirada en la promoción de la libertad,
la tolerancia, la justicia, el respeto
a los derechos humanos, la preservación
del medio ambiente, la solidaridad,
el compromiso social y la cultura
de paz, como la única cultura asociada
con la vida y dignidad del ser
humano. La educación superior contemporánea
debe asimilar, de manera
creativa e interdisciplinaria, estos
paradigmas, imprescindibles para el
futuro de la humanidad, el desarrollo
humano y sostenible de todos los
pueblos y la “Alianza de Cvilizaciones”
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