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Introducción
Con el término democracia ha ocurrido lo mismo que con una moneda o billete de baja denominación: se usa con tanta frecuencia que acaba gastado, desdibujado, carente de valor. Como término ha sido abusado, malentendido, confundido, manipulado. La teoría de la democracia, cuya cuna es la misma que la del resto de las aportaciones que dieron origen a la civilización occidental, es decir, la cultura griega, se refería a un concepto formal que pocas veces -si es que alguna- ha sido observado en la realidad.
Para los griegos la democracia o poder del pueblo, más que incluir a todos los individuos, representó privilegios exclusivos de unos. Existía una democracia directa entre los atenienses, la cual correspondía al ejercicio de su poder de decisión ciudadano, sólo que no todos los individuos eran considerados tales. Y aún hoy:
“...las teorías de la ciudadanía han sido expuestas, en la tradición de la teoría política occidental, por hombres blancos heterosexuales que han identificado una ciudadanía homogénea a través de un proceso de exclusión sistemática, en vez de inclusión, en la organización política. [...] las mujeres, grupos sociales identificables (judíos, gitanos) personas de clase obrera y personas que representan grupos étnicos y raciales específicos [...] e individuos que carecen de ciertos atributos o habilidades [...] fueron excluidos en principio de la definición de ciudadanía en varias sociedades y por ello “de las ideas de ser sujetos individuales de derecho y de [su] vinculación con una comunidad en particular...”
Así, más de veinte siglos después, la evolución de las teorías de la democracia y de la ciudadanía siguen estando entre los asuntos que más requieren del análisis especializado, así como desde la perspectiva de las diversas disciplinas humanas y de las ciencias sociales, pero fundamentalmente de la participación de todos.
En nuestro caso, el de la pedagogía, resulta por supuesto insoslayable la reflexión así como la práctica crítica y comprometida. Sabemos que a toda acción educativa corresponde como fundamento una práctica política, aun cuando la primera no cuente con la declaración explícita en sus postulados teóricos.
Principios de la vida democrática
Si nos preguntamos acerca del ideal democrático hoy, sería el de la equidad. Un principio clave en la democracia es la reciprocidad entre individuos libres e iguales: los ciudadanos y sus representantes se deben justificaciones por las leyes que los unen colectivamente. La democracia tiene lugar cuando los ciudadanos y sus representantes pactan razones tanto individual como socialmente aceptables sobre la legislación que los vincula, en un proceso progresivo de mutua justificación. Es decir, individuos cuyo interés particular, busque el bien común.
Es necesario subrayar esto último, puesto que, en ocasiones, “...Igualdad de oportunidades puede significar un derecho igual a una vida plenamente humana para todos los que se ejerzan a sí mismos, o un derecho igual a entrar en la carrera competitiva para obtener más para sí mismo...”
Las teorías de la democracia, a lo largo de la historia, han buscado en general definir y explicar la conexión entre formas establecidas de poder social y político así como de intersección entre sistemas de representación democrática y participación, y entre sistemas de organización política administrativa de la forma pública de gobierno.
Ello ha permitido conceptualizar lo que los especialistas conocen como democracia formal. Ésta difiere drásticamente de lo que se considera democracia sustantiva.
Una democracia formal ubica a las personas como objetos de legislación, sujetos pasivos que son gobernados y no participan en el gobierno, aceptando o rechazando las razones que ellos o sus representantes ofrecen para justificar las leyes o las políticas que los relacionan.
Aunque las teorías de la democracia son efectivas para identificar las fuentes del poder democrático y de la participación, así como la representación en sistemas democráticos políticos legítimos, a la vez son incapaces -por sí mismas- de impedir la exclusión sistemática de grandes segmentos de la ciudadanía.
Y es que en la práctica, la declaración de principios democráticos no garantiza la inclusión de todos aquellos sujetos a quienes les asiste el derecho de serlo:
“...La construcción del sujeto se engloba en la construcción de la democracia de fin del milenio, no es la democracia tradicional [formal] sino que tratamos de construir una nueva forma de democracia [sustantiva] que propone defender un conjunto de garantías individuales. Se trata de lograr pactar lo que no se respeta y que en teoría política se llama “libertad negativa” De ahí que todas las democracias contemporáneas tienen un fundamento de libertad negativa para poder asegurar garantías que[hoy] son sistemáticamente violentadas”.
Democracia moderna
Aunque ésta se nutre del pensamiento gestado desde las revoluciones estadounidense y francesa, la aparición de las instituciones democráticas tiene lugar hasta el siglo XIX y principios del XX. Estados Unidos experimenta una primera etapa democratizadora a partir de 1928 y más adelante esto tiene lugar en Suiza y Gran Bretaña. Con Italia y Argentina ocurre que vivieron periodos democráticos en los años previos a la Primera Guerra Mundial; más adelante, los tuvieron Islandia e Irlanda. España y Chile hasta los años treinta del siglo pasado. Estos países son considerados los primeros del mundo que han podido contar con tradición democrática.
Retos actuales de la democracia
En este nuevo siglo, a pesar de los avances, la democracia sustantiva aún no se halla establecida del todo y tiene, además, nuevos y enormes retos.
Hoy resulta urgente “...la creación de una sociedad menos perversa, menos discriminatoria, menos racista, menos machista que ésta. Una sociedad más abierta que sirva [también] a los intereses de las siempre desprotegidas y minimizadas clases populares y no sólo a los intereses de [las clases dominantes]”
Uno de los retos más difíciles es, desde mi punto de vista, el formar a los ciudadanos capaces de ejercer el poder democrático, ya sea como representantes de otros o como electores y participantes, en la construcción de ésa tan urgente sociedad.
Y es que la posibilidad de decidir acerca del gobierno y de los gobernados no implica sólo una habilidad, requiere además de las capacidades básicas de personas en ejercicio pleno de sus facultades, desarrollar un pensamiento crítico, tener noción del contexto, entender y, particularmente, tener la capacidad de apreciar los puntos de vista de los otros. Los valores que la práctica de la democracia implica incluyen, entre los más subrayados, contar con una visión esperanzada acerca del futuro, actuar con veracidad, negarse a la violencia en cualquiera de sus modalidades, desarrollar criterio práctico y pensamiento convergente, poseer integridad cívica y solvencia moral.
“...vemos al ciudadano en relación con el gobierno, no como Horno economicus (dirigido por el individualismo simple) ni como Homo sociologicus (movido por fuerzas sociales). Vemos, más bien, a la ciudadanía como una zona de transacciones entre el Estado y la sociedad civil, en donde la salida no es la de los intereses privados vs. los intereses públicos sino el subconjunto de su intersección. La ciudadanía es una mezcla de lo individual (rational choice) y de lo colectivo (la acción de la comunidad política). Esta concepción sintética se propone como una superación del tradicional conflicto entre liberales y comunitarios...”
Sabemos que la educación, como nuestro objeto de estudio, trasciende las fronteras del aula. Sin embargo, las escuelas en este específico asunto, representan instituciones en las cuales se ha querido, a través del tiempo, sembrar la simiente democrática para la vida de los ciudadanos del futuro.
Es en los Estados Unidos a partir de la reflexión de uno de sus pensadores y actores más importantes: John Dewey, que intenta establecerse la escolarización en relación directa y como base del proyecto democrático.
En las dos décadas anteriores al estallido de la Segunda Guerra Mundial hubo un pequeño grupo de educadores radicales que intentaron extender el trabajo de Dewey y de otros progresistas, redefiniendo el significado y el propósito de la escolaridad en torno a un punto de vista emancipatorio del concepto de ciudadanía.
Uno de los objetivos medulares de estos reconstruccionistas sociales se centraba en el aprovechamiento de las oportunidades pedagógicas que existen en las escuelas para aprender acerca de las relaciones entre la democracia y la adquisición de facultades críticas.
La teoría democrática de la educación -dice Guttman- se ocupa de lo que se podría denominar <reproducción social consciente>, es decir, la forma en que los ciudadanos adquieren (o deberían adquirir) la capacidad para determinar la educación que formará los valores políticos, actitudes y formas de comportamiento de los futuros ciudadanos.
Educación para la construcción de la democracia
Por el bien de la democracia es preciso recuperar la profundidad e importancia de una verdadera educación ciudadana. Problemas como los abusos de poder, la violencia de todo orden, las nuevas formas de explotación, la delincuencia, la corrupción, los graves signos de intolerancia y deterioro de la vida en común, así como el estado crítico en el que se hallan muchas de las instituciones sociales, hacen imprescindible hoy, más que nunca, enfatizar en el conocimiento y la práctica de los valores democráticos.
La devoción a la dignidad humana, la libertad, la igualdad de derechos, la justicia económica y social, el respeto a la ley, a la civilidad y a la verdad; la tolerancia de la diversidad, la solidaridad, la responsabilidad personal y la cívica, el autorrespeto y el autocontrol, todo esto existe y podrá seguir existiendo en la medida en que sea enseñado, aprendido y practicado. De no hacerse, la democracia estará en peligro de decaer o desaparecer.
Desde la familia, la comunidad, los medios masivos de comunicación, el centro de trabajo, las organizaciones sociales, los organismos culturales, las agrupaciones religiosas, los sindicatos, las agrupaciones civiles, etcétera, tenemos que hacernos cargo de construir nuestra vida democrática; pero es obvio que en la escuela básica se lleva a cabo un primer contacto con el ámbito público y, por ende, el cimiento hacia la democracia quedará establecido desde ahí, con mayor o menor solidez y fortaleza.
Como he asegurado en comunicaciones anteriores, un problema educativo de primer orden en nuestro país, sigue siendo el de la cobertura:
“...Los países "más democráticos" de Europa están casi totalmente alfabetizados: el promedio más bajo llega a 96% de alfabetización, mientras que las naciones "menos democráticas" registran 85%. En América Latina la diferencia oscila entre 74% para los "menos dictatoriales" y 46% para los "más dictatoriales". La inscripción en las escuelas, de cada mil personas de la población total en tres niveles diferentes -primaria, secundaria y superior-, se relaciona de modo igualmente consecuente con el grado de democracia...”.
Por lo anterior, y aunque no quiera decirse que éste sea el único escollo, sí es el de mayor envergadura en la construcción de la democracia real. El acceso a la humanización inicia con el uso del alfabeto.
Aunque evidentemente se encuentran excepciones, se ha comprobado que a una mayor escolaridad individual, aumenta la posibilidad de ser tolerante con las formas de vida y de pensamiento diferentes y que -la educación en general- resulta un aspecto más relevante que el ingreso, la edad o la ocupación en la promoción de valores y de prácticas tendentes a la democracia.
Dice Lipset que la educación, en el proceso de consolidación de los avances democráticos de una comunidad, región o país, resulta por lo menos una condición necesaria, aunque no suficiente.
Educación democrática y educación democratizadora
“...Contrariamente al punto de vista de que las escuelas son extensiones del lugar de trabajo o de las instituciones de avanzada que libran la batalla empresarial por la conquista de mercados internacionales, las escuelas, consideradas como esferas públicas democráticas, centran sus actividades en la indagación crítica y el diálogo significativo.[...] la práctica escolar se puede racionalizar mediante un lenguaje político que recobre y recalque el papel transformador que pueden desempeñar las escuelas en cuanto al fomento de las posibilidades democráticas [...] en la sociedad actual...”
La educación democrática en países desarrollados y con añeja tradición participativa, considera que una condición necesaria es promover las aptitudes y los valores propios de la ciudadanía, y que ésta debería tener una base en el acercamiento a las humanidades y a las artes, ya que sería una manera adecuada de cultivar habilidades y valores haciendo hincapié en el desarrollo de una tendencia hacia el pensamiento crítico.
Con el sólo enunciado anterior podríamos explicar lo que está ocurriendo en nuestro país en los últimos tiempos, ya que -sin ser las únicas- áreas como humanidades y artes resultan de las más ignoradas en México, en la educación básica pública:
“...Los reformadores contemporáneos, al parecer, están revocando la misión utópica tradicional de la educación pública: [la formación] de una población crítica y comprometida capaz de estimular los procesos de transformación política y cultural así como de refinar y extender el funcionamiento de la democracia[...]e injertándolas en los intereses elitistas empresariales, industriales, militares y culturales...”
Por otro lado, la adopción de sistemas autoritarios de organización escolar en los cuales la autoridad del profesor o de los directores no tiene relación alguna con la guía de los menores, el buen juicio o la autoridad moral, sino que es la primera “escuela” de la corrupción, del sometimiento al poder, de la obtención de los privilegios desde lo oscuro, de la simulación y de la pérdida del sentido de responsabilidad como fruto de la autodeterminación, ha ocasionado desastres difíciles de superar.
Quienes creemos en la educación como elemento integrador de la vida de las personas, en tanto mapa de ruta hacia el mañana, no podemos dejar de ver la construcción de la democracia sustantiva como algo posible. El paso del individuo por las instituciones educativas -la escuela entre muchas otras- resulta el elemento necesario que debe ocuparnos desde su concepción como proyecto de ser humano en comunidad, el cual, en su interacción con sus semejantes, la construye y reconstruye, engrandece y dignifica, a partir del respeto de las diferencias.
Uno de nuestros más grandes compromisos como educadores, en este renglón es, una vez más: la coherencia. Vivir como pensamos y siempre pensar cómo vivimos.
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