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Democracia y Educación. Una Mirada Ética

 
Claudia Lugo Vázquez
Lic. en Pedagogía. Profesora de la FFL. UNAM
clauluv@prodigy.net.mx

 

Introducción
Constantemente oímos hablar, comentar, discutir sobre la democracia: que somos un país democrático, que la debemos ir construyendo y fortalenciendo, que la educación debe contribuir a ello, que no podemos hablar de libertad si no es a partir de un régimen democrático, etc.

En nuestra Carta Magna, está definido el régimen político de nuestro país como un República representativa, democrática y federal. En el artículo 3° se establece, como una de las características de nuestra educación, la de ser democrática, “considerando a la democracia no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.” Al considerársele como un sistema de vida, está implicando que atraviesa todos los aspectos sociales del ser humano y que se va construyendo día con día.

Para empezar, podemos decir que la democracia es una forma de gobierno cuya característica fundamental radica en que es “establecida por el pueblo y para el pueblo”, por lo tanto al hablar de democracia se centra el interés en los asuntos públicos que a todos nos involucran. Esto implica que cada ciudadano debe expresar su voz y voto en los asuntos públicos. Debido a lo cual, uno de los fines que persigue es lograr la participación de todos. En las democracias actuales se busca una transformación en la concepción de la misma, ya que se pretende pasar de una democracia representativa a una participativa. Esto significa que como ciudadanía ya no debemos conformarnos con emitir nuestro voto en las elecciones de nuestros representantes, en términos rousseaunianos, la expresión de la “voluntad general” , sino que implica aceptar la responsabilidad de nuestra elección asumiendo una actitud participativa, vigilante y solicitante del rendimiento de cuentas de nuestros representantes, a través de las vías o estrategias establecidas por las propias instituciones gubernamentales para contribuir a la solución de problemas tan graves que nos aquejan, como son la corrupción, el incremento de la violencia, de la delincuencia, la desigualdad, la pobreza, la injusticia social, etc. Esto es, lograr un acercamiento de la ciudadanía con el ámbito público, ámbito que le ha parecido poco atractivo y, por lo tanto, ha mostrado un gran desinterés hacia él.

Como establece Victoria Camps, “la democracia precisa una acción conjunta, de cooperación, participación y solidaridad [...] precisa de ciudadanos, esto es, personas que quieran colaborar en la construcción y mejora de la vida colectiva. Sin ciudadanos activos y responsables no hay democracia auténtica”.

A partir de esto, no podemos concebir una sociedad democrática cuando existen grandes desigualdades económicas; cuando sólo unos cuantos reciben grandes beneficios y la mayoría se queda sin ellos; en donde la diferencia es motivo de exclusión; en donde se pondera el éxito individual y el espíritu competitivo sin tomar en cuenta al otro/a; en donde se habla de proyectos individuales y no colectivos y por lo tanto de beneficios individuales solamente; en donde la solución de conflictos, existentes en cualquier sociedad, no tratan de resolverse a través del diálogo y el consenso sino por medio de la imposición y el autoritarismo.

Lo que es fundamental tener claro es el hecho de que en una democracia, todos los actores sociales deben contribuir a la construcción de la misma.

Como vemos, hablar de democracia implica tener muchas aristas desde las cuales puede ser analizada. En estas líneas me centraré en la educativa y concretamente en un plano ético, postura que iré explicando a lo largo de este trabajo.
Dentro de la democracia uno de los aspectos esenciales es el reconocimiento de los derechos y obligaciones que tenemos los ciudadanos en el marco de nuestra convivencia; esto significa que la construcción democrática se lleva a cabo, entre otros elementos, a partir del conocimiento de los derechos y obligaciones que tenemos cada una de las personas que formamos parte de la sociedad y en especial en el cumplimiento de los mismos, para lo cual es indispensable la participación ciudadana, participación que debe irse formando en la conciencia de los seres humanos para exigir su aplicación.

“...’derecho’ tiene que ver con dirigir, con direcciones, directrices que nos damos unos a otros para enderezarnos por oposición a cuando actuamos de manera torcida o retorcida; con leyes o normas, con directrices para ajustar nuestras relaciones, con justicia..., incluso con lo verdadero, lo correcto. En los griegos la justicia será una virtud, una manera “excelente” (areté) de actuar habitualmente. Desde Kant hablaremos también de deberes.”

De esto inferimos nuestra responsabilidad en lo que hacemos a los otros/as y a nuestro entorno, y la posibilidad de pedirnos cuentas de lo que unos y otras nos hacemos, reconociendo -de esta manera- los derechos de todos/as.

La conciencia de lo anterior nos recuerda lo que Kant preveía hace más de doscientos años: “que se ha avanzado tanto en el establecimiento de una comunidad entre los pueblos de la tierra que la violación del derecho en un punto de ella repercute en todos los demás.”

Según Martínez Guzmán, con la modernidad occidental se secularizó el reconocimiento mutuo de los derechos y la manera de garantizarlos ha sido por medio de las leyes, situación que ha repercutido en la forma moderna del reconocimiento de la dignidad humana a través de lo jurídico, creando lo que conocemos como Derechos Humanos.

En una realidad como la que vivimos: globalizada, plural, diversa, multicultural, antagónica, contradictoria, etc., este planteamiento tiene gran relevancia ya que la responsabilidad que implica la democracia, nos lleva a considerar al otro/a no sólo de una parte territorial determinada, sino de todo el planeta; ya que existen problemas que nos afectan como tal y en los que, para su solución, se requiere la participación de todos para llegar a consensos que permitan la convivencia pacífica y armónica de las personas en comunidad.

Todo lo anterior convierte a la democracia en un sistema de vida muy complejo dentro de cuya complejidad “alimenta y se alimenta de la autonomía de espíritu de los individuos, de su libertad de opinión y de expresión, de su civismo que alimenta y se alimenta del ideal, Libertad-Igualdad-Fraternidad, el cual comporta un conflicto creador entre estos tres términos inseparables”.

Considero que una de las vías principales de construcción de la democracia es la educación, ya que una sociedad democrática está constituida por seres humanos que adquieren la categoría de ciudadanos, es decir, no nacen, se forman de acuerdo con los ideales de la sociedad. En estos ideales convergen el de ser humano y por ende el de ciudadano/a; por lo tanto, la formación de las personas implica la formación ciudadana, definida a partir de cada sociedad, estableciendo las líneas necesarias para su ejecución y el logro de sus objetivos.

Hablar de ciudadanía implica, como se mencionó anteriormente, el reconocimiento de los derechos que cada uno de los miembros de una sociedad posee; pero también el asumir la responsabilidad de las obligaciones, para lo cual la educación formal recurre a lo que en los currículos se establece como educación cívica (civismo) o educación ciudadana, pretendiendo el conocimiento y la concientización, desde los primeros años, de lo que implica la ciudadanía. Por ello hay que poner mucho cuidado, desde este tipo de educación, en los contenidos y estrategias didácticas que se utilicen para la formación de ciudadanos concientes de la necesidad de participar en la comunidad.
La formación cívica, lleva implícita, entre otros fundamentos, el ético, el cual pretende ser la base para la formación de los valores democráticos: respeto, justicia, responsabilidad, tolerancia y solidaridad, principalmente.

La defensa de estos valores permitirá el ejercicio pleno de la ciudadanía, por lo que todos los que pertenecemos a una sociedad tenemos el compromiso de practicarlos, desde la familia, la educación formal, la educación informal y todas las instituciones que erige la sociedad.

El civismo se puede considerar, según Victoria Camps, como “aquélla ética mínima que debería suscribir cualquier ciudadano liberal y demócrata. Mínima, para que pueda ser aceptada por todos, sea cual sea su religión, procedencia o ideología. Ética, porque sin normas morales es imposible convivir en paz y respetando la libertad de todos. En el sentido literal de la palabra, el civismo trata del modo de vivir en la ciudad o del modo de vida propio del ciudadano...”.

Por lo tanto uno de los grandes retos que tiene la democracia es el de formar seres humanos que acepten y vivan el valor de la diversidad. Nuestra realidad está llena de ella; de hecho, todos somos distintos, diversos, tenemos ideas, creencias, religiones, etc., diferentes, por lo que la idea de homogeneizarnos tiene que dar un giro hacia la aceptación de la diversidad, ya que es a partir de ella como podemos construir sociedades más plurales y multiculturales, donde la voz de cada uno sea tomada en cuenta propiciando una atmósfera de justicia.

Como podemos observar el tema de la democracia, desde la perspectiva ética implica la formación en valores (específicamente los llamados democráticos, mencionados anteriormente), ya que este aspecto nos permite vivir juntos.

Como dice Delors:
“la enseñanza de la tolerancia y el respeto al otro, condición necesaria de la democracia, debe considerarse una empresa general y permanente. En efecto, los valores en general y la tolerancia en particular no pueden ser objeto de una enseñanza en el sentido estricto de la palabra: querer imponer valores previamente definidos, poco interiorizados, equivale en definitiva a negarlos, pues sólo tienen sentido si el individuo los escoge libremente”

Con esto reitero la necesidad existente, en la construcción de la democracia, de la participación de todos los sectores sociales, porque todos tenemos la responsabilidad de participar en la construcción del proyecto social establecido. Por lo que “el sistema educativo tiene por misión explícita o implícita preparar a cada uno para ese cometido social.”

“La educación debe asumir la difícil tarea de transformar la diversidad en un factor positivo de entendimiento mutuo entre los individuos y los grupos humanos. Su más alta ambición es brindar a cada cual los medios de una ciudadanía consciente y activa, cuya plena realización sólo puede lograrse en el contexto de sociedades democráticas.”

Uno de lo cuatro pilares de la educación, establecidos por Delors, es precisamente el aprender a vivir juntos, aprender a vivir con los demás, planteamiento fundamental en la construcción de una sociedad democrática, por lo que la llamada educación cívica, o para la ciudadanía, tiene que estar presente durante toda la vida.

La idea de vivir juntos le asigna a la educación un papel fundamental ya que a través de ella podemos comenzar la búsqueda de una vida más humana haciéndonos concientes del cuidado que debemos prodigar a nuestro entorno natural, incluidos todos los seres vivientes, comprendiendo que nuestras acciones perjudican o benefician la vida actual y también la futura. Por ello es muy importante que nuestra educación, especialmente la formal, no tenga como fundamento el individualismo y la competencia, sino que propicie un equilibrio entre la iniciativa individual y el trabajo en equipo.

Me gustaría terminar reiterando la importancia de nuestra participación, como especialistas en educación, propiciando a través de nuestras reflexiones y actuaciones personales y profesionales, los elementos necesarios que contribuyan al logro de nuestras aspiraciones democráticas.

 
   
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