Daniel Cazés Menache
Director del Centro de Investigaciones Interdiciplinarioas en Ciencias
y Humanidades. UNAM
Coordinador conjunto del Programa de Investigación:
La educación superior público en el Siglo XXI
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Introducción
La siguiente es una síntesis de reflexiones que ya he expresado acerca de los procesos de democratización que se desarrollan en las instituciones públicas mexicanas de educación superior. Mi propósito es contribuir a un debate que no ha concluido, las considero pertinentes cuando las tendencias que se desea hacer prevalecer como dominantes apuntan hacia la mercantilización, la gerencialización y el lucro: en ellas se suprimiría la autonomía, el gobierno y la administración serían ejercidas por entidades gubernamentales, los profesores serían empleados y los estudiantes clientes de un servicio privado del que estarían excluidas la formación preparatoria y la investigación.
1. Sabemos que en México la universidad contribuye enormemente al desarrollo de la investigación básica tanto en las disciplinas exactas y naturales, como en las históricas o sociales y humanísticas. Sabemos igualmente que, pese a los enormes esfuerzos que en ella se hacen, casi nada es posible cuando se busca incrementar y acelerar el desarrollo tecnológico.
Esto, obviamente, no es algo que deba reprocharse a las instituciones de enseñanza superior, sino resultado del modelo de progreso social antidemocráticamente impuesto por los empresarios y el gobierno al Estado mexicano. Por ello, la universidad –como toda la educación superior-, ha contribuido sobre todo a formar cuadros medios dedicados más a la instalación, la adaptación y el mantenimiento de tecnologías importadas, que a la creación y desarrollo de nuevas (esto es válido aunque en algunos casos –como en el de la destinada a la llamada construcción de infraestructuras- los matices puedan demostrar que las realidades especificas presentan particularidades muy complejas).
Con todo, la universidad mexicana ha formado cuadros del más alto nivel en las llamadas disciplinas exactas y naturales. Sus aportes son fundamentales para mantener y enriquecer conocimientos que quizá no tengan aplicación tecnológica en nuestro país, pero que contribuyen a fortalecer los más elevados grados de civilización ahí en donde a pesar de todo están presentes. Si las cosas fueran de otra manera, sería imposible hasta esperar avances en la democratización de la vida social y de la cultura.
Por otra parte, en las universidades mexicanas se forman y trabajan especialistas particularmente brillantes y de la más probada eficacia en el ámbito del pensamiento social, de la acción política y de la administración pública. Los resultados de su trabajo siempre han podido ser aplicados de inmediato a la vida cotidiana de los mexicanos. Y en ella han jugado igualmente el doble papel social de toda acción intelectual: aunque han proporcionado elementos básicos masificadores de nuestra sociedad, también han contribuido de manera fundamental a la desmasificación.
Cada vez se hace más necesario abandonar el discurso de la “necesaria masificación” de la universidad mexicana si se quiere comprender y enfrentar adecuadamente la compleja situación actual de la enseñanza universitaria y sus potencialidades democratizadoras.
Hoy todo el mundo acepta que la universidad pública debe ser de masas y que la masificación de las universidades produce problemáticas antes desconocidas. Evidentemente, en enunciados como éstos el vocablo masa tiene un sentido cuantitativo y es equivalente a muchedumbre: multitud, coincidencia involuntaria y temporal de una gran cantidad de personas en el mismo lugar. Aun cuando sea muy claro que es éste el sentido que se evoca, siempre habrá que definir lo que es una gran cantidad de personas.
¿Qué tan grande es la cantidad de un millón de estudiantes de licenciatura en un país en el que viven más de 25 millones de jóvenes entre los 15 y los 30 años de edad? ¿Qué tan grande es la cantidad de 320 mil estudiantes de la UNAM y otros 100 mil del IPN, la UAM y otras instituciones públicas en una aglomeración urbana que rebasa los 18 millones de habitantes, por lo menos la mitad de los cuales está en edad de cursar el bachillerato, alguna carrera o un posgrado universitario? ¿Se ha incrementado o más bien ha disminuido la proporción entre estudiantes y habitantes durante las últimas décadas? Si las masas son mucha gente, es evidente que cada día hay menos con posibilidades reales de ejercer su derecho a la educación preparatoria y universitaria.
Las masas, sin embargo, no tienen que ser numerosas ni provenir de algún estrato socioeconómico en especial. La definición de masas como categoría descriptiva, analítica e interpretativa de las ciencias sociales, se centra en el hecho fundamental de que nunca constituyen una comunidad, pues quienes las componen carecen de lazos de solidaridad o de homogeneidad cultural: la masa es informe, despersonalizada, maleable.
Una sociedad de masas se caracteriza porque en ella dominan mecanismos que regulan actitudes y conductas para hacerlos uniformes y sin especificidad, y para aislar a sus miembros aún en la mayor de las cercanías físicas. Desde luego, en toda sociedad se dan procesos de masificación, y en la nuestra avanzan vertiginosamente. Pero hay espacios en los que ese avance es frenado de manera suficiente para que no lo abarque todo y para mantener posibilidades de desmasificación social relativa.
Hay que preguntarse quiénes son los que aspiran a transformar las universidades para hacerlas masivas y para que en ellas haya masificación en el sentido científico del término.
En realidad, los procesos sociales que se dan en los espacios universitarios, lejos de ser exclusivamente académicos, resultan en una desmasificación relativa de quienes tienen acceso a ellos.
Una transformación democrática de la universidad debe partir de la convicción de que todos los jóvenes del país deben poder participar con plenitud en esos procesos; de que deben tener un lugar en esos espacios institucionales desmasificadores, ubicados en los terrenos de la sociedad civil tanto por su estatuto autonómico (más jurídico que real) como, sobre todo, por el contenido de la vivencia formativa que en ellos es ineludible.
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