Inicio Contacto Directorio Revista Articulos Numeros Anteriores  

Diversitas

 

La Masculinidad Patriarcal

 
Bernardo Lagarde
Lic. en Pedagogía. Profesor de la FFL. UNAM
blagarde@yahoo.com

 

Los hombres patriarcales
En las sociedades patriarcales el hombre y lo masculino constituyen el paradigma genérico sobre el que se organiza la vida; su base es el sexismo, por lo que las relaciones entre las personas son desiguales. Más allá de su voluntad, los hombres dominan casi todos los ámbitos de la vida, pues han tenido el poder de decisión y con éste la posibilidad de construir la sociedad, la cultura y la historia, y por lo tanto el poder de oprimir genéricamente.

En este orden social se legitima ideológicamente la valoración desigual de los hombres y las mujeres a partir de sus diferencias biológicas, otorgando superioridad a los hombres, como género y como individuos. Entendida así la diversidad humana, se valida como natural la desigualdad histórica y social entre los géneros.

Sexo, género y sexismo
El sexo es, se da por naturaleza. El género se construye en la relación entre el sexo genético, hormonal y gonádico, los procesos conscientes e inconscientes que estructuran intelectual y afectivamente a los sujetos, la organización de la vida colectiva, las instituciones y las relaciones entre los individuos y los grupos, así como en las concepciones, los valores, las normas, los mitos, los ritos y las tradiciones que definen, organizan, y controlan las relaciones humanas. Es decir, los géneros resultan de las relaciones dialécticas e históricas entre las expresiones biológicas, psicológicas, sociales y culturales de la humanidad.

Los géneros se crean históricamente cuando se valora, ordena, rige e imprime contenido al sexo biológico y a la sexualidad. La asignación de género es el primer acto político en la vida de cada persona, se da al nacer y consiste en la significación sexual de su cuerpo. En el patriarcado solamente se aceptan dos géneros: ser hombre o ser mujer [aunque ya empiezan a reconocerse pública, política, y legalmente otros como los homosexuales, las lesbianas los travestis], y al excluirse mutuamente dan lugar al desarrollo del sexismo que condiciona y pervierte las relaciones entre las personas.

“El sexismo es el conjunto de valores legitimadores de la superioridad sexual y, desde luego de la inferioridad sexual, o sea, de la sexometría como medida valorativa a partir del sexo de las personas. Sexismo no son sólo valores sino interpretaciones de lo que pasa en el mundo. Son también formas de comportamiento, acciones concreta, actitudes, afectos y afectividad. Toda la subjetividad está perneada por el sexismo en cada persona”

Por eso vivimos el sexismo como si fuera parte de nuestra naturaleza y prácticamente no reparamos en él, sólo aceptamos su presencia en situaciones extremas en las que los hechos son evidentemente violentos. Las principales expresiones del sexismo son el machismo, la misoginia, la homofobia y la lesbofobia, y no son exclusivas de ningún género o grupo social. A través de éstas el sexismo se consolida como la máxima intolerancia cotidiana entre las personas, sobre todo hacia aquéllas que se diferencian del modelo patriarcal, es decir que se apartan de la heterosexualidad monogámica y procreadora.

El poder más destructivo para quienes lo padecen y el más enajenante para quienes lo ejercen es el sexismo. Es el eje de la autoconstrucción y la autoafirmación enajenadas de los sujetos y de los géneros.

A través de los procesos pedagógicos de socialización el sexismo se instala en la subjetividad de los sujetos y de los géneros y condiciona el sentir, el pensar, el desear, el actuar y el ser de las personas. En las sociedades patriarcales ─más allá de nuestras voluntades─ todos y todas somos sexistas; por fortuna habemos quienes deseamos dejar de serlo y para ello trabajamos, aun cuando lamentablemente todavía reproducimos creencias, ideas y valores patriarcales.


Ser un hombre patriarcal
La masculinidad es una construcción cultural e histórica, no es biológica, y por eso ha tenido significados diversos que corresponden a diferentes momentos, grupos sociales y personas, aunque siempre está regida por la idea de superioridad sobre la feminidad y por el hecho de detentar el poder. La masculinidad se concreta en las identidades individuales de los hombres, y se construye en la generación y el ejercicio legitimado de poderes; como elemento básico de su identidad de género, cada uno ha de construir su autonomía e independencia ─siempre relativas─, y es educado (y termina siendo fiel y tenaz educador de los demás hombres) para dominar, oprimir, violentar y discriminar a todas las personas que no se le parecen, es decir a las mujeres y a todos los grupos vulnerables a los designios patriarcales.

Por eso las relaciones sexistas se caracterizan por ser vitalmente androcéntricas, asimétricas, desiguales, inequitativas e injustas. En este mundo no se reconoce como sujetos sociales a las mujeres, a los indígenas, a las personas homosexuales o bisexuales, a las-los travestis, a quienes padecen alguna discapacidad física, intelectual o emocional, a las y los niños, a los jóvenes, a los adultos mayores, entre otros.

En ese sentido, un problema fundamental de la salud mental, es que todas las personas vivimos situaciones de incumplimiento de los modelos patriarcales, incluso los hombres que se piensan más hombres y que son reconocidos como tales. Todos y todas en muchas ocasiones, tal vez en más de las que reconocemos, ejercemos alguna forma de sexismo sobre otros hombres y mujeres sin reparar en la gravedad del asunto pero cuando nos toca sufrirlo en carne propia ─y en tanto que lo vemos como si fuera algo natural e inevitable─ sólo nos queda resignarnos.

Regreso al paradigma masculino. Los hombres que se parecen o se acercan a este modelo en mayor medida son aquéllos que aprovechan al máximo el proceso pedagógico de consolidación histórica del género masculino, al hacer verdadero aprendizaje significativo de género. Son ésos a los que los varones y las mujeres tradicionales reconocen y admiran como hombres de verdad-hombres completos, y son uno de los mejores resultados de la educación de la sexualidad patriarcal.

“La construcción de la masculinidad es un proceso sociocultural e histórico, cuyo orden de poder es el patriarcado y su paradigma es el hombre” [y lo masculino].


Algunas dudas masculinas recurrentes
En el complicado proceso para construirse como esos hombres patriarcales la mayoría ─a lo largo de su vida y siempre en soledad─, se pregunta: ¿qué tan hombre soy?, ¿cómo me ven los demás?, ¿soy suficientemente masculino? ¿Soy poderoso?, ¿manejo mis emociones como debe hacerlo todo un hombre?, ¿me traicionan algunos sentimientos considerados como femeninos?, ¿mis actitudes son las socialmente esperadas?, ¿cuáles son mis fortalezas y cuáles mis debilidades?, ¿me aprecian las mujeres y me respetan los otros hombres?, ¿mis temores son reales o imaginarios?, ¿cumplo como hombre, como un hombre de verdad?

En la intimidad cada uno se preocupa, duda y, aunque públicamente no lo acepta, anhela ser más hombre, y día a día ─desde chiquito y por siempre─ se compara y compite con los otros varones para identificarse con ellos. Cuando le va bien, se presume a sí mismo como un baluarte de la identidad masculina y en esa prueba superada eventualmente encuentra un poco de paz. Sin embargo, antes de competir con sus mejores armas en los espacios públicos, en el fondo y en privado cada uno, apocado, se duele y avergüenza de sus miedos e incapacidades, y sólo gracias a su destreza genérica de negación se autoestima positivamente por sus logros.

En esa preocupación del género masculino por ser como se debe ser, son pocos los que creen saber, a ciencia cierta, qué es ser hombre. Todos saben con certeza qué es un árbol, el mar o la luna, pero si les preguntamos qué es ser hombre no tienen a la mano una respuesta inmediata. Por eso la mayoría cotidianamente se esmera para serlo, y en ese esfuerzo lo único con lo que esos hombres cuentan es un espejo imaginario que les permite serializarse con los demás: si me parezco a ellos entonces soy todo un hombre. Patriarcalmente hablando, éste es el deseo masculino más profundo y arraigado, ya que el referente de un hombre no está en sí mismo sino en los demás hombres.

No es cuestión del destino, se aprende
A través del desideratum sexual, a los hombres se nos inculcan e imponen todos esos atributos de género. Algunos son positivos, como la fortaleza, la sabiduría, la autonomía, la independencia económica, y otros son negativos como la conquista, el desprecio y el dominio sobre las y los demás, sobre la vida y el mundo mismo. Por medio de las estrictas enseñanzas condensadas en el desideratum y del aprendizaje vitalicio para ser hombres, lo que en el fondo se nos exige es que desarrollemos poderes de control y opresión, y con ellos una enajenación masculina de alta calidad.

En ese aprendizaje de la masculinidad patriarcal los hombres vivimos situaciones de evaluación y autoevaluación permanentes, ya que no hay garantías para el éxito dado que los procesos de socialización no son perfectos y la introyección de los atributos de género casi nunca es sencilla. En estas sociedades sólo quienes se acercan más al cumplimiento de esta demanda son considerados como muy hombres y como verdaderamente dignos del respeto absoluto de las y los demás.

Por otra parte, en medio de las exigencias de esta pedagogía de la sexualidad patriarcal, también hay hombres que no asumen el desideratum de género y entonces ─inconsciente o deliberadamente─ lo transgreden. Al no acatarlo explicitan diferencias que se convierten en disidencias de la masculinidad hegemónica que los ponen en situaciones de estigmatización, hostilidad y opresión intra e intergenéricas y, en ocasiones, también en circunstancias de exclusión de espacios, actividades y grupos a los que necesitan o suponen que necesitan pertenecer. Incluso, aquellos hombres identificados con el modelo dominante que interceden en defensa de los transgresores y de la diversidad humana reciben el desprecio y la devaluación en sus masculinidades, tanto por parte de hombres como de mujeres.

Otras dificultades
En cualquier caso, la lucha por ser reconocidos y apreciados como seres humanos, personas y hombres no es fácil, y en ese esfuerzo las adicciones son otra contrariedad enajenante que viven los hombres. Entre otras razones, la incapacidad para manejar la frustración y la impotencia que surgen del incumplimiento del modelo establecido, lleva a muchos hombres a perderse en procesos de negación acerca de su insatisfactorio desempeño en algún aspecto de la masculinidad y a desarrollar utopías evasivas como las que engañosamente pretenden resolver las adicciones; mismas que, cada día más, son valoradas y promovidas como otro atributo de la masculinidad patriarcal.

Así, la construcción de la identidad genérica en los hombres los obliga a desarrollar destrezas para ponerse siempre en riesgo y superarlo. Para ello cuentan con procesos de aprendizaje ritualizados, que en muchas sociedades marcan el pasaje de la adolescencia a la edad adulta, los niños-muchachos no están solos y cuentan con viejas ceremonias ─que se recrean y perpetúan concienzuda y cotidianamente─ a través de las cuales hombres mayores y, a veces también mujeres cercanas, los inducen al consumo de alcohol, tabaco y otras drogas. Estas prácticas se realizan como enseñanza y como aprendizaje para la construcción y la demostración de la masculinidad y de la hombría, y ─sin que los jóvenes se den cuenta─ también las hacen como mecanismos vitales de su enajenación y de su destrucción.


Educación y didáctica de la masculinidad patriarcal
Hoy en día, la gama de los recursos para la conformación de la sexualidad masculina es cada vez más amplia. El Estado capitalista, básicamente a través del sector empresarial y de los medios, propicia que los hombres <de casi todas las edades> desarrollen adicciones al dinero, a todo lo material, a las marcas, a los juegos de azar, a los videojuegos, a los celulares y a cualquier otra tecnología de punta, a los deportes tradicionales y a los de alto riesgo, al trabajo, a la Internet, así como a las relaciones destructivas, al físicoculturismo y a la novedosa metrosexualidad, todas como expresiones de masculinidad. Por alguna de estas vías, o bien por su combinación, muchos hombres ─sobre todo los jóvenes─ intentan convencerse y demostrar al mundo lo que idealizan como sus alcances masculinos, es decir tratan de legitimar su hombría y su virilidad, aunque autocuestionadas, para así suavizar un poco sus dolores de género.


El máximo mandamiento del desideratum masculino: sí fornicarás
Por último, quiero mencionar que en procesos pedagógicos ─siempre socializadoramente sexistas─ para desarrollar y demostrar su hombría, los adolescentes son empujados a tener relaciones sexuales, impuestas o consentidas, con compañeras de escuela, novias, vecinas, parientas, maestras, trabajadoras domésticas o sexo-servidoras. Y como reforzamiento en este proceso, explícita o veladamente, los hombres son socialmente incitados a ejercer sus poderes masculinos a través de múltiples formas de violencia especializada contra las mujeres ─unas aparentemente sutiles y otras descaradamente explícitas─ que van desde el hostigamiento, el abuso y la violación, hasta el silenciamiento, la invisibilidad, el desprecio y el encierro doméstico.

En la construcción de la democracia genérica, para muchas y para muchos, esos hombres todavía vigentes ─ejemplo de la masculinidad tradicional en las sociedades patriarcales─ hoy empiezan a ser reconocidos como seres opresores, explotadores, violadores, pederastas, machistas, misóginos, homófobos, lesbófobos, misántropos, racistas, clasistas, y otras cualidades sexistas más. Ahora comprendemos que mientras no se consolide la democracia genérica, eso que desde hace siglos llamamos democracia seguirá siendo tan sólo un discurso populista.

Porque la masculinidad hegemónica es una construcción cultural, podemos deconstruirla.

Por fortuna los atributos de la masculinidad patriarcal, los mecanismos pedagógicos para su preservación y todos los hombres que se esfuerzan por cumplir con el desideratum están en peligro histórico de extinción.

Existe el paradigma y también habemos hombres con necesidades, características, potencialidades, concepciones y deseos diferentes a éste. Hoy ─gracias al trabajo feminista iniciado, desarrollado y difundido por miles de mujeres en el mundo─ podemos atrevernos a ver la vida, a las personas, a las relaciones humanas y al amor fuera de las exigencias de esa camisa de fuerza que se llama género masculino patriarcal; tenemos el deseo y la posibilidad de construir masculinidades liberadoras para nosotros y equitativas para con las mujeres y sus nuevas formas de ser.

Podemos generar procesos pedagógicos masivos dirigidos a que todas las personas nos formemos en valores como la libertad, el respeto, la seguridad, la paz y la felicidad.

Aquí no termino. Ya habrá ocasión para tratar los sabores de la construcción de las nuevas formas de ser hombres, de las nuevas masculinidades.

 
   
Copyright © 2008 Paedagogium.com. Reservados todos los derechos.