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La Busqueda del Sentido. El Sentido de la Búsqueda

 
Teresita Durán Ramos
Dra. en Pedadogía y profesora de la FFL de la UNAM
tduran@paedagogium.com

 

Introducción
Como pedagogos requerimos identificar claramente el sentido que la educación puede dar a la vida y viceversa. El papel y la responsabilidad que, como educadores, tenemos frente a la vida de las personas que van a verse afectadas por nues-tros mensajes, prácticas, medios,modelos y programas, en la búsqueda del sentido para sus vidas.

Aunque resulte obvio, se hace necesario recordar que la tarea más importante que toda educación trata de lograr es que se desarrolle en el educando la capacidad de elegir concientemente, es decir, de ejercer su libertad de manera responsable.

La búsqueda trascendental de la disciplina y del quehacer pedagógicos es, sin lugar a dudas, el propiciar que cada sujeto y, por ende, la sociedad en su conjunto, accedan a niveles cada vez más altos de conciencia.

La conciencia humana y la búsqueda de sentido
Desde la aparición del Homo Sapiens –entre 50 y 40 mil años antes de nuestra Era– hasta el fin de la Edad Antigua, (alrededor del siglo V d.C.), la evolución de la mente y la conciencia del ser humano estuvo orientada en primer lugar hacia el fin de conseguir la supervivencia, dada la hostilidad del entorno físico y el débil conocimiento de las fuerzas de la naturaleza. El miedo a la muerte y su misterio, en la conciencia del hombre, dio lugar a que surgiera desde entonces el sentimiento religioso y proporcionó el cimiento desde el que se construyeron las principales religiones organizadas en el mundo.

Posteriormente, en otro de los grandes momentos de cambio y por ende de evolución de la conciencia humana, (hacia el final de la llamada Edad Media, aproximadamente siglo XV), el poder económico y político acumulado por el clero y el avance del conocimiento científico durante los siglos posteriores, en todas las áreas, hasta el fin de la llamada Edad Moderna, lesionaron gravemente la unidad que en su momento proporcionó el misticismo religioso y evidenciaron la lucha entre la identificación y deterioro de un plan divino como recurso de significado para la vida humana y los abusos y tergiversaciones
que se cometen en su nombre. Todo ello generó como resultado, el sumar a la conciencia de la vulnerabilidad y finitud humanas, los sentimientos de culpa y de angustia moral.

Más recientemente, en lo que ha dado en llamarse Posmodernidad, el desarrollo de la mente ha alcanzado metas insos-pechadas, pero ello mismo ha traído consigo una inmensa sensación de absurdo y futilidad. La búsqueda ya no es sólo intentar superar el miedo a la enfermedad o a la muerte, o enfrentar la culpa –como en etapas anteriores– sino incluso encontrar sentido a la existencia.

En la época que nos toca vivir, las diferencias entre lo conocido y lo nuevo, segundo a segundo van quedando separadas por un abismo; falta tiempo y paciencia para asimilar el conocimiento. La ciencia a pesar de su impresionante avance, no ha logrado eliminar el dolor ni terminar con el hambre; paradójicamente, está en posibilidad de exterminar la vida del planeta entero en unos pocos minutos. El ideal de poblar la tierra devino en amenaza; los viajes espaciales abren más interrogantes de las que responden; los descubrimientos biogenéticos evidencian al unísono extraordinarios adelantos en el conocimiento científico y una cada vez mayor ignorancia acerca de los límites y las posibilidades humanas.

La pérdida del sentido
El ser humano, desde la industrialización iniciada en el siglo XIX, se considera una pieza de la maquinaria a la cual debe adaptarse para no ser aplastado por ella. La dinámica de tal mecanismo no lo lleva a ningún sitio que realmente posea significado para él, no le permite ir más allá –en todo caso– de la satisfacción de sus necesidades de índole material. El ritmo, la pauta, surgen fuera de él, le son ajenos. Se halla atrapado entre su búsqueda de sentido y la vorágine de sucesos y las nuevas reglas de sobrevivencia que le impiden hallarlo, puesto que más bien, lo separan de sí mismo.

Así, el hombre como especie vive hoy experiencias cosificantes que le alejan de su dignidad, se aísla y cae presa de neurosis, se halla enajenado, pues su voluntad de sentido está reprimida. Para lograr el crecimiento como persona requiere un propósito, un significado, un sentido: característica distintiva e intrínsecamente humana.

La sensación de vacío que se generaliza en periodos de la historia como el actual es el resultado de una doble pérdida:3 el instinto y la tradición ya no representan bastiones para el ser humano. El hombre moderno perdió la guía de su biología en pro de la cultura y ésta última aún no le ha llevado a puerto seguro. Pero así como mira al pasado, también gracias a la conciencia de su existencia y de su finitud el ser humano tiene la peculiaridad de que no puede vivir sino mira al futuro sub specie aeternitatis.

Crisis de valores
Se ha hablado hasta el cansancio de una crisis de valores. Y es que, en el pasado, las sociedades occidentales habían estado fundadas en la observancia
individual y colectiva de valores arraigados en la tradición.

Los valores que se generalizaron como tales en esas circunstancias fueron, sobre todo, la inviolabilidad de la propiedad, el rango social hereditario, el dogma del pecado, la obediencia a la autoridad y el valor dado la tradición en sí, fundada en el patriarcado: matrimonio y procreación. Hoy todos esos valores se hallan, por lo menos, profundamente cuestionados sino es que rechazados de manera definitiva.

Sin embargo, el ser humano necesita irremediablemente de un significado. Los individuos pueden vivir su vida como tales, sólo si están dotados de un propósito.

Por definición y debido al desarrollo de la conciencia, somos criaturas en busca de sentido. Aún en el presente siglo la gente quiere que su vida tenga sentido, a pesar de la patente falta de sensatez de que estamos rodeados. Algunos apuestan por encontrar el sentido a través de reconceptualizar los valores tradicionales, hasta definir los que permitan orientar la acción humana dentro de los escasos y desdibujados límites propios de esta época.Otros, incrédulos de que ello ocurra, consideran que: “...el hombre probablemente no tendrá más remedio que buscar la dirección de su vida en la singularidad
y cotidianidad de su existencia...”

Sólo encontrando el sentido de nuestra vida podremos aproximarnos a una comprensión de la totalidad de la que formamos parte.Todos sabemos desde muy adentro quiénes somos y qué queremos llegar a ser que tenga sentido para nosotros. Existen pruebas fehacientes de que poseemos el poder para superar nuestras limitaciones, sean éstas al parecer insuperables, o bien para aprender a vivir con ellas dignamente y por lo tanto con sentido. Kant apuntaba ya desde el siglo XIX que toda cosa tiene su propio valor, aunque sólo el hombre posee dignidad.

Los seres humanos constituyen, es decir construyen su propio yo, su mundo y sus situaciones.Dentro de ese mundo no existe ningún significado universal, ningún gran diseño y ninguna guía para vivir.No existen diseños universales ni guías para vivir que no sea el o la que creen (de crear) para sí mismos los individuos. Aquí se antoja la pregunta: ¿cómo puede un ser que necesita un significado encontrarlo en un mundo que no lo tiene?

Represión de la voluntad de sentido
En épocas anteriores, la mayor represión en el individuo que formaba parte de las sociedades occidentales era la represión sexual, de ahí el origen de las tesis freudianas.No quiere decir que ésta haya desaparecido del todo, pero hoy lo más generalizado es más bien la tendencia a la liberación en el terreno de la sexualidad.

Por otro lado, la lucha por la sobrevivencia en general ya no es tan intensa; aunque existen variaciones de un contexto a otro –y por supuesto en países como el nuestro hay sitios que parecen haber quedado atrapados en una época muy anterior desde el punto de vista del progreso económico– lo peculiar de hoy, tanto en países altamente industrializados, como en el resto, es un consumismo exagerado y, por ello, el acaparar productos o atesorar bienes materiales sin medida intenta llenar el vacío, intenta suplir con la voluntad de poder, el sentido de vivir.“...Pero hay una necesidad, que además es la principal necesidad humana, que queda frustrada, que queda obviada por la sociedad: la necesidad de sentido (...) el relativo bienestar material está acompañado de un empobrecimiento existencial...”

Como resultado, en esta era del desarrollo, carente de significado para la conciencia, el ser humano ha llegado a sentirse irremediablemente sometido a circunstancias que escapan a sus posibilidades, tal vez de una manera similar a como lo experimentó en sus primeros tiempos sobre la Tierra. Habiendo controlado en general mucho de lo que es la naturaleza y logrado producir a gran escala satisfactores para sus necesidades básicas y para muchas que no los son, se siente igualmente atrapado.

En muchos casos, a pesar de poder alcanzar un nivel de satisfactores digno y aun opulento, la persona considera que la vida es una rueda de molino a la que está unido ya que existe un profundo vacío en su interior.

Dice Frankl: es el vacío existencial que se halla tanto en los ricos como en los pobres, en los jóvenes como en los viejos, en los triunfadores como en los fracasados. Este vacío se esconde detrás y se intenta llenar con exceso de trabajo, fiestas y diversiones extremas, alcohol y otras drogas, sexo, desprecio por la autoridad, velocidad, organizaciones de diverso tipo, televisión, sobrealimentación, política, psicoanálisis, religión.

Sin embargo, el abrigar dudas acerca del sentido de la existencia no representa en sí una enfermedad, sino que más bien es un signo o característica específicamente humana, ya que el hombre es el único ser que puede experimentar la ausencia de sentido, al ser la única criatura consciente de éste.

Posibilidad de elegir con responsabilidad
La búsqueda, entonces, de manera ideal, debe llevar a encontrar sentido a la exis-tencia a través de la responsabilidad que nos dicta la conciencia de unicidad.

Queremos encontrar sentido realizando elecciones que expresen nuestro verdadero y único yo. Pero si esas elecciones no se hacen con responsabilidad no darán resultados satisfactorios.

En nuestras sociedades occidentales actuales tenemos mucha mayor libertad que en el pasado, pero la responsabilidad no se ha desarrollado al mismo nivel. Es un hecho que vivir implica responder a las interrogantes de la vida y encontrar la respuesta a cada problema y a cada reto que la existencia plantea al individuo.

El ejercicio de la libertad –bien entendida– trae aparejado el sentido de la responsabilidad. La libertad sin consecuencias para uno mismo y para los otros, esto es, sin responsabilidad, produce vacuidad, frustración, desesperación, adicciones, violencia, neurosis, suicidio.

En busca de un remedio
El remedio –coincido con Frankl– es la educación. Ésta debe llevar al hombre de vuelta a los recursos de su conciencia. El ejercicio de su libertad y a la par, de su responsabilidad, es uno de los caminos para encontrar sentido a la vida.

La educación desde siempre ha desarro-llado dos funciones: una reproductora, con el fin de trasmitir los valores tradicionales a las nuevas generaciones; Frankl a través de su obra destaca el papel decisivo de la educación en la guía de las nuevas generaciones para la búsqueda de sentido. La otra función, transformadora, persigue llevar a las personas a perfeccionar su conciencia individual, a desarrollar la capacidad para descubrir los sentidos únicos inherentes a cada situación de su existencia y a actuar en consecuencia.

También a través de la obra de este médico y filósofo vienés vemos muy clara la trascendencia de la educación como autotransformadora de la conciencia personal:“...al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias– para decidir su propio camino...”

A través de compartir sus dramáticas vivencias como prisionero en campos de concentración, de su vasta producción bibliográfica, escrita antes y después de su cautiverio, pero fundamentalmente de su testimonio de vida,Viktor Frankl resulta un verdadero educador que guía hacia la búsqueda de sentido.

Frankl –en tanto educador– considera al ser humano como un ser en proceso, en permanente búsqueda de sentido y en lucha constante por irse haciendo. Identifica que el único motor está dentro: ni se “trasmite” ni se “imparte” es la tensión del ser entre lo que soy y lo que quiero ser. En el mejor de los casos, el educador acompaña al sujeto que se autoconstruye y elige dar a su vida sus propios significados.

La vigencia del pensamiento frankliano obedece a requerírsele como guía en estos caóticos tiempos, a la vez signados tanto por “ausencia” de valores, como por un ambiente de búsqueda personal.

En síntesis, el pensamiento y la obra de este singular terapeuta establece pautas para el análisis antropológico y pedagógico recuperables para nosotros, como las siguientes:

El sujeto tarde o temprano, en algún momento de su vida, llega a aceptar que la búsqueda del sentido es la expresión de su impulso hacia el crecimiento. Busca desarrollar su autoconocimiento a través de diversos caminos. Acepta la responsabilidad que tiene sobre su vida y ejerce su capacidad inevitable de elección, de libertad.No existen en estricto “buenas” o “malas” elecciones, dado que cada ser es único e irrepetible y la decisión que cada uno tome puede afectar a otros, pero cada uno, al final, ejerce también su capacidad de elegir, de resultar afectado o no por las decisiones de los otros. Es decir, elige qué actitud tomar ante sus propias y particulares circunstancias de vida.

El ser humano, dice Frankl es un ser existencial, es un ser facultativo, no fáctico; se decide, se elige, forma en sí mismo hábitos y actitudes, su conducta
no es dictada de manera determinante por las condiciones que vive, sino por las decisiones que toma respecto de ellas. Se autoconstruye. Es capaz de distanciarse, trascenderse y enfrentarse a sí mismo; sus respuestas al medio ambiente no son reactivas, como las de los animales, sino valorales.

Conclusiones
Suponiendo que en nuestro país la cobertura y la calidad fuesen problemas resueltos, quedaría aún el cuestionamiento de si formar los mejores médicos, electricistas, químicos, plomeros, sociólogos, carpinteros, economistas, etc. implica a su vez formar a los mejores seres humanos.

Coincido con la idea de que ser una persona educada debe implicar estar capacitado para tomar decisiones individuales en torno a los asuntos más controvertibles.Que el fin primordial de la educación ha sido y debe seguir siendo el desarrollo de la conciencia individual y no la mera capacitación en profesiones socialmente aceptadas.

Es preciso educar al individuo para que aprenda a valorar su trabajo como el centro de su dignidad como persona y para que cobre conciencia de su sitio dentro del espectro de un mundo en expansión y transformación más allá de su actividad inmediata. Tanto el orientarlos para las humanidades como para la ciencia implica que como individuos se sepan imprescindibles para el destino de una sociedad más justa y responsable.

En este nuevo periodo de vacío existencial se replantea el sentido y valor de la educación, sigue vigente el pensamiento de quien es considerado el educador por antonomasia, acerca de que una vida sin reflexión no merece vivirse.

La cuestión ahora es si como “individuos posmodernos” estamos preparados para tomar nuestras propias decisiones con libertad y responsabilidad, así como para formar a las nuevas generaciones en ello.

La tarea pedagógica constituye el enorme reto de acompañar a otros en esta autoconstrucción. Proponerles recursos que coadyuven con su propósito. Frankl ha dicho que encontró el sentido de su vida llevando a cabo esta tarea de colaboración para la búsqueda particular de sentido, en la vida de los otros.

 
   
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