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Introducción
Como pedagogos requerimos identificar
claramente el sentido que la
educación puede dar a la vida y viceversa.
El papel y la responsabilidad
que, como educadores, tenemos
frente a la vida de las personas que
van a verse afectadas por nues-tros
mensajes, prácticas, medios,modelos
y programas, en la búsqueda del sentido
para sus vidas.
Aunque resulte obvio, se hace necesario
recordar que la tarea más
importante que toda educación trata
de lograr es que se desarrolle en el
educando la capacidad de elegir
concientemente, es decir, de ejercer
su libertad de manera responsable.
La búsqueda trascendental de la
disciplina y del quehacer pedagógicos
es, sin lugar a dudas, el propiciar
que cada sujeto y, por ende, la sociedad
en su conjunto, accedan a niveles
cada vez más altos de conciencia.
La conciencia humana y la búsqueda
de sentido
Desde la aparición del Homo Sapiens
–entre 50 y 40 mil años antes de
nuestra Era– hasta el fin de la Edad
Antigua, (alrededor del siglo V d.C.),
la evolución de la mente y la conciencia
del ser humano estuvo orientada
en primer lugar hacia el fin de
conseguir la supervivencia, dada la
hostilidad del entorno físico y el
débil conocimiento de las fuerzas de
la naturaleza. El miedo a la muerte y
su misterio, en la conciencia del
hombre, dio lugar a que surgiera
desde entonces el sentimiento religioso
y proporcionó el cimiento
desde el que se construyeron las
principales religiones organizadas en
el mundo.
Posteriormente, en otro de los grandes
momentos de cambio y por
ende de evolución de la conciencia
humana, (hacia el final de la llamada
Edad Media, aproximadamente siglo
XV), el poder económico y político
acumulado por el clero y el avance
del conocimiento científico durante los siglos posteriores, en todas las
áreas, hasta el fin de la llamada Edad
Moderna, lesionaron gravemente la
unidad que en su momento proporcionó
el misticismo religioso y evidenciaron
la lucha entre la identificación
y deterioro de un plan divino
como recurso de significado para la
vida humana y los abusos y tergiversaciones
que se cometen en su nombre.
Todo ello generó como resultado,
el sumar a la conciencia de la vulnerabilidad
y finitud humanas, los
sentimientos de culpa y de angustia
moral.
Más recientemente, en lo que ha
dado en llamarse Posmodernidad, el
desarrollo de la mente ha alcanzado
metas insos-pechadas, pero ello
mismo ha traído consigo una inmensa
sensación de absurdo y futilidad.
La búsqueda ya no es sólo intentar
superar el miedo a la enfermedad o
a la muerte, o enfrentar la culpa
–como en etapas anteriores– sino
incluso encontrar sentido a la existencia.
En la época que nos toca vivir, las
diferencias entre lo conocido y lo
nuevo, segundo a segundo van quedando
separadas por un abismo;
falta tiempo y paciencia para asimilar
el conocimiento. La ciencia a pesar
de su impresionante avance, no ha
logrado eliminar el dolor ni terminar
con el hambre; paradójicamente,
está en posibilidad de exterminar la
vida del planeta entero en unos
pocos minutos. El ideal de poblar la
tierra devino en amenaza; los viajes
espaciales abren más interrogantes
de las que responden; los descubrimientos
biogenéticos evidencian al
unísono extraordinarios adelantos
en el conocimiento científico y una
cada vez mayor ignorancia acerca de
los límites y las posibilidades humanas.
La pérdida del sentido
El ser humano, desde la industrialización
iniciada en el siglo XIX, se considera
una pieza de la maquinaria a la
cual debe adaptarse para no ser
aplastado por ella. La dinámica de tal
mecanismo no lo lleva a ningún sitio
que realmente posea significado
para él, no le permite ir más allá –en
todo caso– de la satisfacción de sus
necesidades de índole material. El
ritmo, la pauta, surgen fuera de él, le
son ajenos. Se halla atrapado entre
su búsqueda de sentido y la vorágine
de sucesos y las nuevas reglas de
sobrevivencia que le impiden hallarlo,
puesto que más bien, lo separan
de sí mismo.
Así, el hombre como especie vive
hoy experiencias cosificantes que le
alejan de su dignidad, se aísla y cae
presa de neurosis, se halla enajenado,
pues su voluntad de sentido está
reprimida. Para lograr el crecimiento
como persona requiere un propósito,
un significado, un sentido: característica
distintiva e intrínsecamente
humana.
La sensación de vacío que se generaliza
en periodos de la historia como
el actual es el resultado de una
doble pérdida:3 el instinto y la tradición
ya no representan bastiones
para el ser humano. El hombre
moderno perdió la guía de su biología
en pro de la cultura y ésta última
aún no le ha llevado a puerto seguro.
Pero así como mira al pasado, también
gracias a la conciencia de su
existencia y de su finitud el ser
humano tiene la peculiaridad de que
no puede vivir sino mira al futuro
sub specie aeternitatis.
Crisis de valores
Se ha hablado hasta el cansancio de
una crisis de valores. Y es que, en el
pasado, las sociedades occidentales
habían estado fundadas en la observancia
individual y colectiva de valores
arraigados en la tradición.
Los valores que se generalizaron
como tales en esas circunstancias
fueron, sobre todo, la inviolabilidad
de la propiedad, el rango social hereditario,
el dogma del pecado, la obediencia
a la autoridad y el valor dado
la tradición en sí, fundada en el
patriarcado: matrimonio y procreación. Hoy todos esos valores se hallan,
por lo menos, profundamente
cuestionados sino es que rechazados
de manera definitiva.
Sin embargo, el ser humano necesita
irremediablemente de un significado.
Los individuos pueden vivir su
vida como tales, sólo si están dotados de un propósito.
Por definición y debido al desarrollo
de la conciencia, somos criaturas en
busca de sentido. Aún en el presente
siglo la gente quiere que su vida
tenga sentido, a pesar de la patente
falta de sensatez de que estamos
rodeados. Algunos apuestan por
encontrar el sentido a través de
reconceptualizar los valores tradicionales,
hasta definir los que permitan
orientar la acción humana dentro de
los escasos y desdibujados límites
propios de esta época.Otros, incrédulos
de que ello ocurra, consideran
que: “...el hombre probablemente no
tendrá más remedio que buscar la
dirección de su vida en la singularidad
y cotidianidad de su existencia...”
Sólo encontrando el sentido de nuestra vida podremos aproximarnos a
una comprensión de la totalidad de
la que formamos parte.Todos sabemos
desde muy adentro quiénes
somos y qué queremos llegar a ser
que tenga sentido para nosotros. Existen pruebas fehacientes de que
poseemos el poder para superar
nuestras limitaciones, sean éstas al
parecer insuperables, o bien para
aprender a vivir con ellas dignamente
y por lo tanto con sentido. Kant
apuntaba ya desde el siglo XIX que
toda cosa tiene su propio valor, aunque
sólo el hombre posee dignidad.
Los seres humanos constituyen, es
decir construyen su propio yo, su
mundo y sus situaciones.Dentro de
ese mundo no existe ningún significado
universal, ningún gran diseño y
ninguna guía para vivir.No existen
diseños universales ni guías para
vivir que no sea el o la que creen (de
crear) para sí mismos los individuos.
Aquí se antoja la pregunta: ¿cómo
puede un ser que necesita un significado
encontrarlo en un mundo que
no lo tiene?
Represión de la voluntad de
sentido
En épocas anteriores, la mayor represión
en el individuo que formaba
parte de las sociedades occidentales
era la represión sexual, de ahí el origen
de las tesis freudianas.No quiere
decir que ésta haya desaparecido del
todo, pero hoy lo más generalizado
es más bien la tendencia a la liberación
en el terreno de la sexualidad.
Por otro lado, la lucha por la sobrevivencia
en general ya no es tan intensa;
aunque existen variaciones de un
contexto a otro –y por supuesto en
países como el nuestro hay sitios
que parecen haber quedado atrapados
en una época muy anterior
desde el punto de vista del progreso
económico– lo peculiar de hoy, tanto
en países altamente industrializados,
como en el resto, es un consumismo
exagerado y, por ello, el acaparar
productos o atesorar bienes materiales
sin medida intenta llenar el vacío,
intenta suplir con la voluntad de
poder, el sentido de vivir.“...Pero hay
una necesidad, que además es la
principal necesidad humana, que
queda frustrada, que queda obviada
por la sociedad: la necesidad de sentido
(...) el relativo bienestar material
está acompañado de un empobrecimiento
existencial...”
Como resultado, en esta era del
desarrollo, carente de significado
para la conciencia, el ser humano ha
llegado a sentirse irremediablemente
sometido a circunstancias que
escapan a sus posibilidades, tal vez
de una manera similar a como lo
experimentó en sus primeros tiempos
sobre la Tierra. Habiendo controlado
en general mucho de lo que es
la naturaleza y logrado producir a
gran escala satisfactores para sus
necesidades básicas y para muchas
que no los son, se siente igualmente
atrapado.
En muchos casos, a pesar de poder
alcanzar un nivel de satisfactores
digno y aun opulento, la persona
considera que la vida es una rueda
de molino a la que está unido ya que
existe un profundo vacío en su interior.
Dice Frankl: es el vacío existencial
que se halla tanto en los ricos como
en los pobres, en los jóvenes como
en los viejos, en los triunfadores
como en los fracasados. Este vacío se
esconde detrás y se intenta llenar
con exceso de trabajo, fiestas y diversiones
extremas, alcohol y otras drogas,
sexo, desprecio por la autoridad,
velocidad, organizaciones de diverso
tipo, televisión, sobrealimentación,
política, psicoanálisis, religión.
Sin embargo, el abrigar dudas acerca
del sentido de la existencia no representa
en sí una enfermedad, sino
que más bien es un signo o característica
específicamente humana, ya
que el hombre es el único ser que
puede experimentar la ausencia de
sentido, al ser la única criatura consciente
de éste.
Posibilidad de elegir con responsabilidad
La búsqueda, entonces, de manera
ideal, debe llevar a encontrar sentido
a la exis-tencia a través de la responsabilidad
que nos dicta la conciencia
de unicidad.
Queremos encontrar sentido realizando
elecciones que expresen nuestro
verdadero y único yo. Pero si
esas elecciones no se hacen con
responsabilidad no darán resultados
satisfactorios.
En nuestras sociedades occidentales
actuales tenemos mucha mayor
libertad que en el pasado, pero la
responsabilidad no se ha desarrollado
al mismo nivel. Es un hecho que
vivir implica responder a las interrogantes
de la vida y encontrar la
respuesta a cada problema y a cada
reto que la existencia plantea al individuo.
El ejercicio de la libertad –bien
entendida– trae aparejado el sentido
de la responsabilidad. La libertad sin
consecuencias para uno mismo y
para los otros, esto es, sin responsabilidad,
produce vacuidad, frustración,
desesperación, adicciones, violencia,
neurosis, suicidio.
En busca de un remedio
El remedio –coincido con Frankl– es
la educación. Ésta debe llevar al
hombre de vuelta a los recursos de
su conciencia. El ejercicio de su libertad
y a la par, de su responsabilidad,
es uno de los caminos para encontrar
sentido a la vida.
La educación desde siempre ha
desarro-llado dos funciones: una
reproductora, con el fin de trasmitir
los valores tradicionales a las nuevas
generaciones; Frankl a través de su
obra destaca el papel decisivo de la
educación en la guía de las nuevas
generaciones para la búsqueda de
sentido. La otra función, transformadora,
persigue llevar a las personas
a perfeccionar su conciencia
individual, a desarrollar la capacidad
para descubrir los sentidos únicos
inherentes a cada situación de su
existencia y a actuar en consecuencia.
También a través de la obra de este
médico y filósofo vienés vemos muy
clara la trascendencia de la educación
como autotransformadora de la
conciencia personal:“...al hombre se
le puede arrebatar todo salvo una
cosa: la última de las libertades
humanas –la elección de la actitud
personal ante un conjunto de circunstancias– para decidir su propio
camino...”
A través de compartir sus dramáticas
vivencias como prisionero en campos
de concentración, de su vasta
producción bibliográfica, escrita
antes y después de su cautiverio,
pero fundamentalmente de su testimonio
de vida,Viktor Frankl resulta
un verdadero educador que guía
hacia la búsqueda de sentido.
Frankl –en tanto educador– considera
al ser humano como un ser en
proceso, en permanente búsqueda
de sentido y en lucha constante por
irse haciendo. Identifica que el único
motor está dentro: ni se “trasmite” ni
se “imparte” es la tensión del ser
entre lo que soy y lo que quiero ser.
En el mejor de los casos, el educador
acompaña al sujeto que se autoconstruye
y elige dar a su vida sus propios
significados.
La vigencia del pensamiento frankliano
obedece a requerírsele como
guía en estos caóticos tiempos, a la
vez signados tanto por “ausencia” de
valores, como por un ambiente de
búsqueda personal.
En síntesis, el pensamiento y la obra
de este singular terapeuta establece
pautas para el análisis antropológico
y pedagógico recuperables para
nosotros, como las siguientes:
El sujeto tarde o temprano, en algún
momento de su vida, llega a aceptar
que la búsqueda del sentido es la
expresión de su impulso hacia el crecimiento. Busca desarrollar su autoconocimiento
a través de diversos
caminos. Acepta la responsabilidad
que tiene sobre su vida y ejerce su
capacidad inevitable de elección, de
libertad.No existen en estricto “buenas”
o “malas” elecciones, dado que
cada ser es único e irrepetible y la
decisión que cada uno tome puede
afectar a otros, pero cada uno, al
final, ejerce también su capacidad de
elegir, de resultar afectado o no por
las decisiones de los otros. Es decir,
elige qué actitud tomar ante sus propias
y particulares circunstancias de
vida.
El ser humano, dice Frankl es un ser
existencial, es un ser facultativo, no
fáctico; se decide, se elige, forma en
sí mismo hábitos y actitudes, su conducta
no es dictada de manera
determinante por las condiciones
que vive, sino por las decisiones que
toma respecto de ellas. Se autoconstruye.
Es capaz de distanciarse, trascenderse
y enfrentarse a sí mismo;
sus respuestas al medio ambiente no
son reactivas, como las de los animales,
sino valorales.
Conclusiones
Suponiendo que en nuestro país la
cobertura y la calidad fuesen problemas
resueltos, quedaría aún el cuestionamiento
de si formar los mejores
médicos, electricistas, químicos,
plomeros, sociólogos, carpinteros,
economistas, etc. implica a su vez formar
a los mejores seres humanos.
Coincido con la idea de que ser una
persona educada debe implicar estar
capacitado para tomar decisiones
individuales en torno a los asuntos
más controvertibles.Que el fin primordial
de la educación ha sido y
debe seguir siendo el desarrollo de
la conciencia individual y no la mera
capacitación en profesiones socialmente
aceptadas.
Es preciso educar al individuo para
que aprenda a valorar su trabajo
como el centro de su dignidad como
persona y para que cobre conciencia
de su sitio dentro del espectro de un
mundo en expansión y transformación
más allá de su actividad inmediata.
Tanto el orientarlos para las
humanidades como para la ciencia
implica que como individuos se
sepan imprescindibles para el destino
de una sociedad más justa y
responsable.
En este nuevo periodo de vacío existencial
se replantea el sentido y
valor de la educación, sigue vigente
el pensamiento de quien es considerado
el educador por antonomasia,
acerca de que una vida sin reflexión
no merece vivirse.
La cuestión ahora es si como “individuos
posmodernos” estamos preparados
para tomar nuestras propias
decisiones con libertad y responsabilidad,
así como para formar a las nuevas
generaciones en ello.
La tarea pedagógica constituye el
enorme reto de acompañar a otros
en esta autoconstrucción.
Proponerles recursos que coadyuven
con su propósito. Frankl ha dicho
que encontró el sentido de su vida
llevando a cabo esta tarea de colaboración
para la búsqueda particular
de sentido, en la vida de los otros.
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