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Introducción
Mi propósito en el presente artículo
es considerar al universitario de la
UNAM en el contexto del deber ser.
La expresión “la universidad que
queremos”, no es significativa sino a
partir de haber logrado que la UNAM
sea lo que debe ser y no lo que
muchos o pocos quieran que sea.
Debo subrayar que cuando aludo a
un “deber ser”, prácticamente, aunque
no del todo, excluyo en mis
planteamientos aquellas consideraciones
derivadas de cualquier marco
jurídico. En cambio, me propongo
establecer un marco en cierto sentido
ético, es decir fundamentalmente
referido a principios que entiendo
universalmente válidos.
Existe una enorme diferencia entre la
obligación formal del estudiante y la
obligación ética implícita en la
expresión “ser universitario”, al
menos, cuando es referida específicamente
al estudiante de la UNAM.
La Escuela Nacional de Música de la
UNAM define su misión diferenciándola
de la implícita en instituciones
supuestamente homólogas (conservatorios,
escuelas de música o academias),
aunque en cualquiera de éstas
se imparta también educación superior
y se otorguen los títulos correspondientes.
La diferencia es muy simple y muy
compleja: la Escuela Nacional de
Música es la UNAM y las otras no. La
primera debe ser universitaria, nacional,
autónoma y de México y las
otras no necesariamente. La diferencia
está en el sí necesariamente de la
ENM y debería ser ostensible.
Desafortunadamente, esta diferencia
no parece reflejarse en los formatos
de inscripción que cada estudiante
suscribe al realizar un simple trámite
en alguna ventanilla de la Escuela. La
diferencia que tendríamos que
subrayar suele desvanecerse en la
historia y en la costumbre.No se
trata de apelar al orgullo por “la
camiseta” o suponer que la persecución
de la excelencia establece la diferencia esencial que existe entre instituciones con objetivos no iguales.
Lo que sí debería sorprendernos es
que el aspirante a pertenecer a la
ENM de la UNAM suponga que ésta
institución cumple funciones esencialmente
idénticas a las de un conservatorio
o academia y que se
adscriban inicialmente a ella sin una
manifiesta vocación universitaria y
mediante la solución de una disyuntiva
meramente geográfica (¿Qué me
queda más cerca: la Nacional, la
Superior, la Ollin o el Conservatorio?),
de un dilema cualitativo (¿Cuál tendrá
más prestigio?) o atendiendo
sólo al aspecto económico, sin reflexionar,
siquiera un poco, en relación
a las metas que la institución persigue
a través de sus integrantes, de
sus egresados, de sus programas de
investigación o de extensión.
La preocupación individual por
alcanzar ciertas metas difícilmente
desemboca en la apropiación automática
de los objetivos de la institución.
Si bien la ENM diseña sus
Planes y Programas de Estudio un
tanto en función del mercado de trabajo
en que han de desempeñarse
sus egresados, su preocupación fundamental
es mucho más trascendente.
La existencia de esta Escuela se
justifica en asumir en su misión, la
responsabilidad de ofrecer al país
planteamientos específicamente universitarios
de solución a la variada
problemática que concurre en torno
a la música y a la educación musical.
Es preciso asumir que entre otros
muchos problemas, persiste aquel
que se refiere al mercado de trabajo,
el cual, para el caso de la música académica,
hoy en México es prácticamente
inexistente o bien es caso de
subsidio.
Regresando al punto correspondiente
a la distinción entre instituciones
educativas musicales, es preciso
reconocer que no es el criterio de
calidad ni el cuantitativo lo que
determina la diferencia entre instituciones
aparentemente similares.
Ninguno de estos criterios puede
servir de base para la comprensión
de la responsabilidad específica del
universitario de la UNAM. Es menester
revisar cuidadosamente su nombre,
UNAM, para determinar con precisión
el enorme compromiso que
éste implica.
Todo en la Escuela Nacional de
Música de la UNAM debe denotar
que es universidad.Todo en la UNAM
debe denotar que es nacional.Todo
en la ENM de la UNAM debe denotar
que es autónoma.Todo en la ENM de
la UNAM debe denotar que se está
íntegramente al servicio del País y de
la humanidad. Por “todo” quiero
entender: sus estudiantes, sus investigadores,
sus profesores, sus clases,
sus investigaciones, sus programas
de extensión, sus planes y programas
de estudio, sus laboratorios, su
estructura, sus orquestas, sus ediciones;
todo y fundamentalmente uno.
Es preciso entender que la UNAM no
es sólo “la empresa”, como aparece
en los contratos que uno firma al
adscribirse como “el profesionista”. Es
preciso entender que UNAM es fundamentalmente
un principio filosófico
que uno encarna, enarbola y
defiende.
A lo largo de su historia, muchas son
las cuestiones que se han sometido a
discusión en torno a la caracterización
de la UNAM, particularmente las
referentes a si debe o no ser gratuita,
democrática, pública, laica, si corresponde
a ella o no la certificación de
sus aspirantes o de sus egresados,
etcétera. Si bien se podría convenir o
disentir con algunas de estas posturas
y en el único afán de no contaminar
la cuestión referente al deber ser,
debemos circunscribirnos exclusivamente
a la U, la N, la A y la M de nuestro
nombre, entendiendo esto sí
como el mínimo deber ser, esperemos,
totalmente incuestionable.
En relación a la U de la UNAM
El concepto “universitario”, además
de las tres funciones sustantivas que
tradicionalmente se identifican con
él (docencia, investigación y extensión
de la cultura), implica cuando
menos y necesariamente los siguientes
atributos:
Búsqueda de principios, respuestas y
valores universales, a sabiendas de
que no se hallarán salvo como ideales
inalcanzables a perseguir. Aunque
esencialmente paradójico, este principio
es el motor que debería alentar
al universitario. Es de subrayar que el
concepto universalidad es antónimo
directo de cualquier noción que
implique parcialidad (tanto mayoría
como minoría).
El concepto “universitario” implica pluralidad,
que no sólo aplica al hecho
de que en la universidad puedan
coexistir corrientes divergentes de
pensamiento cuanto a la actitud que
uno personalmente debe asumir
frente a los muy diversos enfoques
existentes en relación a su quehacer.
El concepto “universitario” implica
análisis, reflexión y espíritu crítico frente
a todo, particularmente frente a las
ideas propias y a las aseveraciones
tenidas tradicionalmente por verdaderas.
Una actitud fundamentalmente
crítica permite al universitario
ofrecer enfoques nuevos en su disciplina,
que es lo que se espera de él.
El concepto “universitario” implica
también apego a la metodología propia
de las ciencias, caracterizada no
sólo por su rigor cuanto por la preocupación
de saber que todo hallazgo,
aún confirmado, debe siempre
ser tenido como provisionalmente
válido.
El concepto “universitario” implica,
finalmente humanismo, entendido
tanto como una postura comprometida
con el hombre y con su entorno
que, como metas a ser perfeccionadas,
requieren de una actitud de
tolerancia y respeto.
El espíritu universitario merece ser
considerado más como un compromiso
de vida que como un contrato;
más como una actitud deliberadamente
perseguida que como una
consecuencia automática derivada
de la pertenencia formal a una
comunidad universitaria. Es preciso
subrayar que la mera adhesión
mediante contrato o inscripción a la
UNAM no hacen universitario al universitario.
En relación a la N de la UNAM
La encomienda implícita en la palabra
“Nacional” frecuentemente se
subestima al conferirle solamente el
valor correspondiente a entender la
UNAM como la universidad de la
nación.Tal vez valga la pena enfatizar
que el encargo del universitario
de la UNAM debe ser referido primordialmente
a la problemática
nacional.
Sorprende, por ejemplo, suponer que
el objeto de estudio de la ENM de la
UNAM se deba centrar, al igual que
en los conservatorios o academias,
en la música europea y que no se
haga un énfasis suficiente en la
música mexicana; y no me refiero
exclusivamente a la denominada
música de concierto, sino a aquella
que, siendo auténticamente representativa
de la creatividad mexicana,
permitiera sortear exitosamente los
embates transculturantes y la globalización
actuales y constituir el puente
idóneo para la tarea fundamental
e insoslayable de educación musical.
¿A quién, si no a la ENM de la UNAM,
corresponde, por ejemplo, la tarea de
hacer también objeto de estudio los
valores musicales implícitos en el
ámbito tradicional, popular o folklórico
y la impresionante riqueza musical
latente en la cultura de nuestros
pueblos indígenas cuya extinción
avanza día a día?
Por otra parte, la importación acrítica
de soluciones pedagógicas, por
ejemplo, cuando menos inhibe la formulación
de planteamientos válidos
específicamente para la realidad
mexicana. Si el universitario de la
UNAM ponderara como obligación la
encomienda de referir sus reflexiones
hacia la problemática nacional,
sus contribuciones enriquecerían el
saber no sólo mexicano sino el universal.
El lema de la Universidad Autónoma
de Nayarit reza “Por lo nuestro a lo
universal”, lo cual subraya el trascendente
valor de lo universitario.Tal
vez la inversión de dicho lema en
una nueva paradoja logre ponderar
el valor implícito en lo nacional de
nuestro nombre:“Por lo universal a lo
nuestro”. El juego del universitario de
la UNAM probablemente estribe en
asimilar ambos principios como
guías ineludibles de su quehacer,
reforzando la obligación y la trascendencia
implícita en la “N” de la
UNAM.
La cualidad derivada del nombre del
universitario de la UNAM debe
distinguir su quehacer del de cualquier
supuesto homólogo perteneciente
a cualquier universidad pública
o privada. Ser universitario en la
UNAM no se corresponde idénticamente,
ni en función, ni en responsabilidad,
ni en espíritu, con ser universitario
en cualquier otra institución
dedicada a la educación superior.
En relación a la A de la UNAM
Si bien en principio la autonomía
nace como un reclamo entendido
como un derecho, hoy resulta ineludible
obligación. Este es uno de los
aspectos más importantes a ser considerados
en relación a la autonomía
universitaria: se trata del, una vez
más paradójico hecho de que, al
ostentarla en su nombre, la UNAM la
convierte en asunto de cumplimiento
forzoso.
La autonomía –necesariamente universitaria–
deja de ser prerrogativa y
se convierte en principio ineludible y
mandato en el quehacer del universitario.
No es opcional: es condición
sine qua non.
La autonomía tiene un propósito.
Piénsese en dos organismos que al
igual que la UNAM gozan de ella: El
IFE y la CNDH.No sé si para todos
resulte palmaria la aberración que
constituiría el hecho de que cualquiera
de estas instituciones dejara
de ser, siquiera por un instante, autónoma;
y no sólo institucionalmente,
ya que, si cualquiera de los integrantes
que desempeñan funciones
sustantivas específicas del IFE o de la
CNDH incurriera en faltar a la autonomía,
haría perder el sentido y el
propósito esencial de dichas instituciones.
El caso de la UNAM es totalmente
análogo, aunque con el agravante de
que la UNAM sí ostenta la autonomía
en su nombre. Aunque pudiera parecer
evidente, considero que urge
hacer patente el propósito de la
autonomía universitaria y entregar a
la sociedad cuentas claras que hagan
que ésta pondere, en su justa dimensión,
su potencial y sus alcances.
La autonomía universitaria se podría
entender como el principio rector
capaz de desembocar en la creatividad
e innovación requeridas para
enfrentar los retos que nos ofrecen
las problemáticas nacional y mundial
actuales. El ejercicio de la autonomía
necesariamente universitaria es lo
que hace realmente entender la expresión “fábrica de esperanzas”
con que atinadamente González
Souza conceptúa a la UNAM.
La sociedad y el estado “viven al día”;
resuelven con un margen de tiempo
limitado la problemática a que se
enfrentan.No hay gran espacio para
la especulación. La innovación, si
ocurre, no es la regla.
Por su parte, la autonomía universitaria,
no sólo autoriza la creatividad y
la especulación: las reclama. Son su
fruto y su herramienta más preciados.
La creatividad es el “para qué” de
la autonomía y es, igualmente, ineludible
principio rector del quehacer
de cada universitario de la UNAM.
La existencia de las universidades
autónomas se justifica más en la
necesidad de un espacio dedicado a
la propuesta creativa que a la mera
transmisión del conocimiento. La
expectativa de la sociedad no es tan
simple como la de prepararle profesionistas
de excelencia para los mercados
de trabajo existentes. El egresado
tiene muchas más responsabilidades
que la de ocupar espacios de
trabajo vacantes.
De él se debe esperar fundamentalmente
un compromiso correspondiente
al que se deriva de la autonomía
universitaria: creatividad, iniciativa,
innovación, búsqueda y afán perfeccionador
perennes.
Por otra parte, la paradoja implícita
en la conjunción de pluralidad y
autonomía (es decir: acoger todas las
corrientes del pensamiento y no
atarse a ninguna) enfrentan al universitario
a un reto que desde hace
mucho tiempo debió plantearse.
En relación a la M de la UNAM
El compromiso implícito en la expresión
“de México” se consigna con
suficiente precisión en el artículo 3º
del Estatuto General, ya no obra del
Poder Legislativo sino emanado de
los propios universitarios y que a la
letra dice:“El propósito esencial de la
UNAM será estar íntegramente al
servicio del país y de la humanidad,
con un sentido ético y de servicio
social, superando constantemente
cualquier interés individual”.
Es necesario glosar un poco esto, en
virtud de que es justamente este
punto el que más significativamente
se desvirtúa. El beneficiarioprimordial
de la existencia de la UNAM no
es el estudiante universitario: es la
sociedad que se patrocina una
auténtica fábrica de esperanzas para
enfrentar toda su problemática.
Repito:“El propósito esencial de la
UNAM será estar íntegramente al
servicio del país y de la humanidad,
con un sentido ético y de servicio
social, superando constantemente
cualquier interés individual”.
Dicho de otro modo, el auténtico
“empleador” del universitario de la
UNAM no es otro que la sociedad
mexicana, con quien entabla una relación,
una vez más, paradójica, ya que la
sociedad no tiene, ni debe tener, voz ni
voto en las decisiones de su empresa; y
aún así su derecho se encuentra por
estatuto y fundamentalmente por
principio por encima del derecho del
propio universitario.
La consideración que de esto se deriva
al calificar al estudiante de la UNAM
como universitario, es que su papel no
se corresponde idénticamente con el
de aquellos que ingresan como estudiantes
a cualquier otra institución de enseñanza superior. Su caso específico
comporta más obligaciones que derechos.
Su obligación se extiende más
allá de su período de preparación: de
hecho, se espera justamente a partir
de su egreso.
Conviene reiterar que la UNAM no es
sólo “la institución” o sus instalaciones
o sus autoridades. La UNAM es el principio
rector a asumir por cada uno de
sus integrantes. La UNAM es uno:
docente, investigador o estudiante.
En suma, la UNAM es una meta. Es la
paradoja sobre la paradoja, y tal vez
por esto mismo es, a mi entender, el
principio rector más potente generado
en México en el siglo XX. La UNAM
tiene el compromiso de inventarle a
México un mejor futuro y no sólo
suponer que esto se sigue automáticamente
de la satisfacción de las aspiraciones
individuales de sus 300,000
integrantes. Sólo queda pendiente asumir
esta deuda y este compromiso que
se tiene con 105 millones de mexicanos.
Conclusiones
La UNAM no es simplemente una
institución pública más donde se
imparte educación a nivel superior.
No es simplemente la universidad
más grande e importante del país o
la institución donde se genera un
altísimo porcentaje de la investigación
a nivel nacional. Esencialmente,
la UNAM constituye el proyecto más
significativo que se da el país en aras
de hallar propuestas universitarias
de solución a su variada y compleja
problemática. Es el espacio donde la
autonomía universitaria se convierte
en mandato. Es el lugar donde confluyen
obligatoria e irrenunciablemente
la búsqueda de la universalidad,
la crítica y la reflexión, la pluralidad,
la ciencia y el humanismo.
El universitario de la UNAM, por su
parte, no es otra cosa que la encarnación
de dicha encomienda. UNAM,
reitero, es un paradójico y potentísimo
principio al que le apuesta, a
querer y no, la sociedad. La UNAM se
debe cumplir y reconocer en el universitario
–docente, investigador o
estudiante– y caracterizar su quehacer. La UNAM no es sólo sus instalaciones
o sus órganos de decisión. La
UNAM se debe cumplir en cada universitario.
Si bien al ingresar a la UNAM no existe
una “lectura de la cartilla” que nos
haga comprender la magnitud de nuestra
responsabilidad, ello no exime del
compromiso a que uno realmente se
enfrenta.
La obligación real del universitario de
la UNAM se debería seguir al menos de
la lectura, exploración y asimilación a
principios éticos de su nombre. Ahí
está implícito lo que constituye el
mínimo del deber ser del universitario
de la UNAM. Pertenecer a la UNAM
atendiendo sólo al contrato que uno
firma al adscribirse como académico o
al inscribirse como estudiante implica
ser sólo legalmente universitario, lo
cual es muy otra cosa y, por cierto, muy
poca cosa.
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