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Colaborador Invitado

 

Deber Ser del Universitario de la UNAM

 
Jorge Pérez Delgado

 

Introducción
Mi propósito en el presente artículo es considerar al universitario de la UNAM en el contexto del deber ser. La expresión “la universidad que queremos”, no es significativa sino a partir de haber logrado que la UNAM sea lo que debe ser y no lo que muchos o pocos quieran que sea.

Debo subrayar que cuando aludo a un “deber ser”, prácticamente, aunque no del todo, excluyo en mis planteamientos aquellas consideraciones derivadas de cualquier marco jurídico. En cambio, me propongo establecer un marco en cierto sentido ético, es decir fundamentalmente referido a principios que entiendo universalmente válidos.

Existe una enorme diferencia entre la obligación formal del estudiante y la obligación ética implícita en la expresión “ser universitario”, al menos, cuando es referida específicamente al estudiante de la UNAM.

La Escuela Nacional de Música de la UNAM define su misión diferenciándola de la implícita en instituciones supuestamente homólogas (conservatorios, escuelas de música o academias), aunque en cualquiera de éstas se imparta también educación superior y se otorguen los títulos correspondientes.

La diferencia es muy simple y muy compleja: la Escuela Nacional de Música es la UNAM y las otras no. La primera debe ser universitaria, nacional, autónoma y de México y las otras no necesariamente. La diferencia está en el sí necesariamente de la ENM y debería ser ostensible.

Desafortunadamente, esta diferencia no parece reflejarse en los formatos de inscripción que cada estudiante suscribe al realizar un simple trámite en alguna ventanilla de la Escuela. La diferencia que tendríamos que subrayar suele desvanecerse en la historia y en la costumbre.No se trata de apelar al orgullo por “la camiseta” o suponer que la persecución de la excelencia establece la diferencia esencial que existe entre instituciones con objetivos no iguales.

Lo que sí debería sorprendernos es que el aspirante a pertenecer a la ENM de la UNAM suponga que ésta institución cumple funciones esencialmente idénticas a las de un conservatorio o academia y que se adscriban inicialmente a ella sin una manifiesta vocación universitaria y mediante la solución de una disyuntiva meramente geográfica (¿Qué me queda más cerca: la Nacional, la Superior, la Ollin o el Conservatorio?), de un dilema cualitativo (¿Cuál tendrá más prestigio?) o atendiendo sólo al aspecto económico, sin reflexionar, siquiera un poco, en relación a las metas que la institución persigue a través de sus integrantes, de sus egresados, de sus programas de investigación o de extensión.

La preocupación individual por alcanzar ciertas metas difícilmente desemboca en la apropiación automática de los objetivos de la institución. Si bien la ENM diseña sus Planes y Programas de Estudio un tanto en función del mercado de trabajo en que han de desempeñarse sus egresados, su preocupación fundamental es mucho más trascendente. La existencia de esta Escuela se justifica en asumir en su misión, la responsabilidad de ofrecer al país planteamientos específicamente universitarios de solución a la variada problemática que concurre en torno a la música y a la educación musical. Es preciso asumir que entre otros muchos problemas, persiste aquel que se refiere al mercado de trabajo, el cual, para el caso de la música académica, hoy en México es prácticamente inexistente o bien es caso de subsidio.

Regresando al punto correspondiente a la distinción entre instituciones educativas musicales, es preciso reconocer que no es el criterio de calidad ni el cuantitativo lo que determina la diferencia entre instituciones aparentemente similares. Ninguno de estos criterios puede servir de base para la comprensión de la responsabilidad específica del universitario de la UNAM. Es menester revisar cuidadosamente su nombre, UNAM, para determinar con precisión el enorme compromiso que éste implica.

Todo en la Escuela Nacional de Música de la UNAM debe denotar que es universidad.Todo en la UNAM debe denotar que es nacional.Todo en la ENM de la UNAM debe denotar que es autónoma.Todo en la ENM de la UNAM debe denotar que se está íntegramente al servicio del País y de la humanidad. Por “todo” quiero entender: sus estudiantes, sus investigadores, sus profesores, sus clases, sus investigaciones, sus programas de extensión, sus planes y programas de estudio, sus laboratorios, su estructura, sus orquestas, sus ediciones; todo y fundamentalmente uno.

Es preciso entender que la UNAM no es sólo “la empresa”, como aparece en los contratos que uno firma al adscribirse como “el profesionista”. Es preciso entender que UNAM es fundamentalmente un principio filosófico que uno encarna, enarbola y defiende.

A lo largo de su historia, muchas son las cuestiones que se han sometido a discusión en torno a la caracterización de la UNAM, particularmente las referentes a si debe o no ser gratuita, democrática, pública, laica, si corresponde a ella o no la certificación de sus aspirantes o de sus egresados, etcétera. Si bien se podría convenir o disentir con algunas de estas posturas y en el único afán de no contaminar la cuestión referente al deber ser, debemos circunscribirnos exclusivamente a la U, la N, la A y la M de nuestro nombre, entendiendo esto sí como el mínimo deber ser, esperemos, totalmente incuestionable.

En relación a la U de la UNAM
El concepto “universitario”, además de las tres funciones sustantivas que tradicionalmente se identifican con él (docencia, investigación y extensión de la cultura), implica cuando menos y necesariamente los siguientes atributos:

Búsqueda de principios, respuestas y valores universales, a sabiendas de que no se hallarán salvo como ideales inalcanzables a perseguir. Aunque esencialmente paradójico, este principio es el motor que debería alentar al universitario. Es de subrayar que el concepto universalidad es antónimo directo de cualquier noción que implique parcialidad (tanto mayoría como minoría).

El concepto “universitario” implica pluralidad, que no sólo aplica al hecho de que en la universidad puedan coexistir corrientes divergentes de pensamiento cuanto a la actitud que uno personalmente debe asumir frente a los muy diversos enfoques existentes en relación a su quehacer.

El concepto “universitario” implica análisis, reflexión y espíritu crítico frente a todo, particularmente frente a las ideas propias y a las aseveraciones tenidas tradicionalmente por verdaderas. Una actitud fundamentalmente crítica permite al universitario ofrecer enfoques nuevos en su disciplina, que es lo que se espera de él.

El concepto “universitario” implica también apego a la metodología propia de las ciencias, caracterizada no sólo por su rigor cuanto por la preocupación de saber que todo hallazgo, aún confirmado, debe siempre ser tenido como provisionalmente válido.

El concepto “universitario” implica, finalmente humanismo, entendido tanto como una postura comprometida con el hombre y con su entorno que, como metas a ser perfeccionadas, requieren de una actitud de tolerancia y respeto.

El espíritu universitario merece ser considerado más como un compromiso de vida que como un contrato; más como una actitud deliberadamente perseguida que como una consecuencia automática derivada de la pertenencia formal a una comunidad universitaria. Es preciso subrayar que la mera adhesión mediante contrato o inscripción a la UNAM no hacen universitario al universitario.

En relación a la N de la UNAM
La encomienda implícita en la palabra “Nacional” frecuentemente se subestima al conferirle solamente el valor correspondiente a entender la UNAM como la universidad de la nación.Tal vez valga la pena enfatizar que el encargo del universitario de la UNAM debe ser referido primordialmente a la problemática nacional.

Sorprende, por ejemplo, suponer que el objeto de estudio de la ENM de la UNAM se deba centrar, al igual que en los conservatorios o academias, en la música europea y que no se haga un énfasis suficiente en la música mexicana; y no me refiero exclusivamente a la denominada música de concierto, sino a aquella que, siendo auténticamente representativa de la creatividad mexicana, permitiera sortear exitosamente los embates transculturantes y la globalización actuales y constituir el puente idóneo para la tarea fundamental e insoslayable de educación musical. ¿A quién, si no a la ENM de la UNAM,
corresponde, por ejemplo, la tarea de hacer también objeto de estudio los valores musicales implícitos en el ámbito tradicional, popular o folklórico y la impresionante riqueza musical latente en la cultura de nuestros pueblos indígenas cuya extinción avanza día a día?

Por otra parte, la importación acrítica de soluciones pedagógicas, por ejemplo, cuando menos inhibe la formulación de planteamientos válidos específicamente para la realidad mexicana. Si el universitario de la UNAM ponderara como obligación la encomienda de referir sus reflexiones hacia la problemática nacional, sus contribuciones enriquecerían el saber no sólo mexicano sino el universal.

El lema de la Universidad Autónoma de Nayarit reza “Por lo nuestro a lo universal”, lo cual subraya el trascendente valor de lo universitario.Tal vez la inversión de dicho lema en una nueva paradoja logre ponderar el valor implícito en lo nacional de nuestro nombre:“Por lo universal a lo nuestro”. El juego del universitario de la UNAM probablemente estribe en asimilar ambos principios como guías ineludibles de su quehacer, reforzando la obligación y la trascendencia implícita en la “N” de la UNAM.

La cualidad derivada del nombre del universitario de la UNAM debe distinguir su quehacer del de cualquier supuesto homólogo perteneciente a cualquier universidad pública o privada. Ser universitario en la UNAM no se corresponde idénticamente, ni en función, ni en responsabilidad, ni en espíritu, con ser universitario en cualquier otra institución dedicada a la educación superior.

En relación a la A de la UNAM
Si bien en principio la autonomía nace como un reclamo entendido como un derecho, hoy resulta ineludible obligación. Este es uno de los aspectos más importantes a ser considerados en relación a la autonomía universitaria: se trata del, una vez más paradójico hecho de que, al ostentarla en su nombre, la UNAM la convierte en asunto de cumplimiento forzoso.

La autonomía –necesariamente universitaria– deja de ser prerrogativa y se convierte en principio ineludible y mandato en el quehacer del universitario. No es opcional: es condición sine qua non.

La autonomía tiene un propósito. Piénsese en dos organismos que al igual que la UNAM gozan de ella: El IFE y la CNDH.No sé si para todos resulte palmaria la aberración que constituiría el hecho de que cualquiera de estas instituciones dejara de ser, siquiera por un instante, autónoma; y no sólo institucionalmente, ya que, si cualquiera de los integrantes que desempeñan funciones sustantivas específicas del IFE o de la CNDH incurriera en faltar a la autonomía, haría perder el sentido y el propósito esencial de dichas instituciones.

El caso de la UNAM es totalmente análogo, aunque con el agravante de que la UNAM sí ostenta la autonomía en su nombre. Aunque pudiera parecer evidente, considero que urge hacer patente el propósito de la autonomía universitaria y entregar a la sociedad cuentas claras que hagan que ésta pondere, en su justa dimensión, su potencial y sus alcances.

La autonomía universitaria se podría entender como el principio rector capaz de desembocar en la creatividad e innovación requeridas para enfrentar los retos que nos ofrecen las problemáticas nacional y mundial actuales. El ejercicio de la autonomía necesariamente universitaria es lo que hace realmente entender la expresión “fábrica de esperanzas” con que atinadamente González Souza conceptúa a la UNAM.

La sociedad y el estado “viven al día”; resuelven con un margen de tiempo limitado la problemática a que se enfrentan.No hay gran espacio para la especulación. La innovación, si ocurre, no es la regla.

Por su parte, la autonomía universitaria, no sólo autoriza la creatividad y la especulación: las reclama. Son su fruto y su herramienta más preciados. La creatividad es el “para qué” de la autonomía y es, igualmente, ineludible principio rector del quehacer de cada universitario de la UNAM.

La existencia de las universidades autónomas se justifica más en la necesidad de un espacio dedicado a la propuesta creativa que a la mera transmisión del conocimiento. La expectativa de la sociedad no es tan simple como la de prepararle profesionistas de excelencia para los mercados de trabajo existentes. El egresado tiene muchas más responsabilidades que la de ocupar espacios de trabajo vacantes. De él se debe esperar fundamentalmente un compromiso correspondiente al que se deriva de la autonomía universitaria: creatividad, iniciativa, innovación, búsqueda y afán perfeccionador perennes.

Por otra parte, la paradoja implícita en la conjunción de pluralidad y autonomía (es decir: acoger todas las corrientes del pensamiento y no atarse a ninguna) enfrentan al universitario a un reto que desde hace mucho tiempo debió plantearse.

En relación a la M de la UNAM
El compromiso implícito en la expresión “de México” se consigna con suficiente precisión en el artículo 3º del Estatuto General, ya no obra del Poder Legislativo sino emanado de los propios universitarios y que a la letra dice:“El propósito esencial de la UNAM será estar íntegramente al servicio del país y de la humanidad, con un sentido ético y de servicio social, superando constantemente cualquier interés individual”. Es necesario glosar un poco esto, en virtud de que es justamente este punto el que más significativamente se desvirtúa. El beneficiarioprimordial de la existencia de la UNAM no es el estudiante universitario: es la sociedad que se patrocina una auténtica fábrica de esperanzas para enfrentar toda su problemática. Repito:“El propósito esencial de la UNAM será estar íntegramente al servicio del país y de la humanidad, con un sentido ético y de servicio social, superando constantemente cualquier interés individual”.

Dicho de otro modo, el auténtico “empleador” del universitario de la UNAM no es otro que la sociedad mexicana, con quien entabla una relación, una vez más, paradójica, ya que la sociedad no tiene, ni debe tener, voz ni voto en las decisiones de su empresa; y aún así su derecho se encuentra por estatuto y fundamentalmente por principio por encima del derecho del propio universitario.

La consideración que de esto se deriva al calificar al estudiante de la UNAM como universitario, es que su papel no se corresponde idénticamente con el de aquellos que ingresan como estudiantes a cualquier otra institución de enseñanza superior. Su caso específico comporta más obligaciones que derechos. Su obligación se extiende más allá de su período de preparación: de hecho, se espera justamente a partir de su egreso.

Conviene reiterar que la UNAM no es sólo “la institución” o sus instalaciones o sus autoridades. La UNAM es el principio rector a asumir por cada uno de sus integrantes. La UNAM es uno: docente, investigador o estudiante.

En suma, la UNAM es una meta. Es la paradoja sobre la paradoja, y tal vez por esto mismo es, a mi entender, el principio rector más potente generado en México en el siglo XX. La UNAM tiene el compromiso de inventarle a México un mejor futuro y no sólo suponer que esto se sigue automáticamente de la satisfacción de las aspiraciones individuales de sus 300,000 integrantes. Sólo queda pendiente asumir esta deuda y este compromiso que se tiene con 105 millones de mexicanos.

Conclusiones
La UNAM no es simplemente una institución pública más donde se imparte educación a nivel superior. No es simplemente la universidad más grande e importante del país o la institución donde se genera un altísimo porcentaje de la investigación a nivel nacional. Esencialmente, la UNAM constituye el proyecto más significativo que se da el país en aras de hallar propuestas universitarias de solución a su variada y compleja problemática. Es el espacio donde la autonomía universitaria se convierte en mandato. Es el lugar donde confluyen obligatoria e irrenunciablemente la búsqueda de la universalidad, la crítica y la reflexión, la pluralidad, la ciencia y el humanismo.

El universitario de la UNAM, por su parte, no es otra cosa que la encarnación de dicha encomienda. UNAM, reitero, es un paradójico y potentísimo principio al que le apuesta, a querer y no, la sociedad. La UNAM se debe cumplir y reconocer en el universitario –docente, investigador o estudiante– y caracterizar su quehacer. La UNAM no es sólo sus instalaciones o sus órganos de decisión. La UNAM se debe cumplir en cada universitario.

Si bien al ingresar a la UNAM no existe una “lectura de la cartilla” que nos haga comprender la magnitud de nuestra responsabilidad, ello no exime del compromiso a que uno realmente se enfrenta.

La obligación real del universitario de la UNAM se debería seguir al menos de la lectura, exploración y asimilación a principios éticos de su nombre. Ahí está implícito lo que constituye el mínimo del deber ser del universitario de la UNAM. Pertenecer a la UNAM atendiendo sólo al contrato que uno firma al adscribirse como académico o al inscribirse como estudiante implica ser sólo legalmente universitario, lo cual es muy otra cosa y, por cierto, muy poca cosa.

 
   
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