Paola Garnica Guillén
Estudiante del sexto semestre de Pedadogía,
Universidad Pedagógica Nacional
paola@pedagogica.com |
No eran más de las ocho de la mañana
cuando salí del metro para llegar
puntual a la cita. Andaba algo perdida
y preocupada porque como
buena mexicana dejé las cosas para
el último momento y estaba desesperada
buscando una papelería
donde pudieran sacarme las copias
que según yo, se necesitaban.
Caminé y caminé sin encontrar el
dichoso lugar, pero nunca lo encontré
y como las manecillas del reloj
avanzaban y mi cita estaba programada
a las 8: 30 a.m. decidí llegar al
lugar sin las copias.
Cuado llegué un policía me dijo que
las reproducciones no eran necesarias
y por tanto había “empezado” a
perder el tiempo.De tanto caminar y
obviamente por no llevar unos zapatos
adecuados hice que los pies
empezaran a dolerme, hasta ese
momento no sabía cuanto iban a
dolerme más tarde. Había una fila
muy larga y yo caminaba como la
corriente me hacia avanzar, preocupada
por la hora.Me formé al final
de esa larga fila y las personas de
adelante empezaron a decir que les
hacia falta la foto que iba pegada
justo en la parte inferior derecha de
la solicitud (que por cierto tanto trabajo
me costo imprimir un día anterior)
¡bien!, pensé, yo tampoco traigo
esa foto. Seguí a las personas que de
la misma manera no traían lo necesario.
A la vuelta de esa gran fila
había un lugar un poco clandestino
donde llenaban los formatos y tomaban
fotos, era un lugar relativamente
pequeño, en el segundo piso de un
edificio, estaba lleno de personas
que como a mí, les hacía falta algo.
Me formé y después de un rato llegó
un señor a tomarnos las fotos;
después de pagar casi $50 pesos por
dos fotos, de las cuáles una no volví
a utilizar, salí un poco angustiada del
lugar pues eran casi las 8:40 y mi cita
estaba programada para las 8:30, en
ese momento no sabia que la hora
es lo que menos les importa, pues
eran casi las dos de la tarde cuando
empecé a escribir esto y seguía esperando
en esas sillas tan incomodas,
viendo caer los números rojos que
avanzaban y avanzaban sin aparecer
el 833.
Delante de mí estaba formada una
señora de unos 60 años, la vi angustiada
desde que estaba formada en
la fila de las fotos por tener los papeles
incompletos. Cuando pasamos
por esa barrera que separa nuestro
país de la gran Embajada de Estados
Unidos, la señora se despidió de su
esposo y él me dijo:“Te la encargo, es
un poco despistada”, está bien –le
dije– no se preocupe. Y cruzamos la
reja, no sin que antes una persona
que estaba parada ahí, revisara el
pago del banco.Nos volvimos a formar
en otra fila en donde estuve
parada de nuevo por más de dos
horas bajo el sol y escuchando a dos
mujeres mexicanas que nos daban
instrucciones y ordenaban de una
manera prepotente y altanera.
Más o menos a las 11:30 a.m. pasamos
a la sombra, ya casi en la puerta
de entrada nos formamos otra fila
donde hicieron que nos quitáramos
suéteres, cinturones, tirar todo tipo
de alimentos (adentro hay una cafetería),
dejar en paquetería: medicinas,
usb, celulares, etc. En la entrada había
unos oficiales que revisaban tus
cosas y después había que pasar por
detectores de metal. Cuando estaba
a punto de pasar, la mujer oficial me
hizo tirar el chicle que llevaba en la
boca, por supuesto me lo dijo de
manera grosera.Ya adentro me dieron
una ficha y pasé a sentarme ¡por
fin! después de estar tantas horas de
pie.Me senté al lado de la señora
que tenia a mi cargo y empezamos a
platicar. En verdad ella estaba muy
asustada y nerviosa, empezó a platicarme
que quería ir a los Estados
Unidos para reunirse con su hijo y
sus nietos, que a éstos últimos ni los
conocía, que no pretendía quedarse
pero sólo quería pasar Navidad con
ellos, y estaba muy nerviosa ya que
era la segunda vez que estaba ahí
debido a que la primera la rechazaron.
Le dije: –no se preocupe verá
que esta vez si le van a otorgar la
visa–, y en verdad eso pensaba y
deseaba. Llevaba sus papeles completos
(bueno para ese momento ya
había completado su documentación,
ya que al igual que yo estuvo
formada en la fila de las fotos y por
tanto ya contaba con todo lo necesario)
su esposo ya tenía visa, podía
comprobar ingresos, no encontraba
la razón por la que de momento no
se la otorgaran; era una señora muy
sencilla y hasta podría decir humilde,
no llevaba los grandes zapatos incómodos,
ni la ropa fina como la mayoría
de las personas que al igual que
yo pensábamos que tienes que ir bien vestida, porque también en eso
pueden fijarse y que finalmente es lo
que menos importa. Pasó mucho
tiempo más de platica hasta que se
nos acabaron las palabras debido a
que el número se acercaba y la señora
cada vez se ponía más nerviosa,
así que decidimos ver las pantallas
en donde avanzan los números y las
ventanillas; la pantalla marcaba el
número 832 cuando decidí pararme
y decirle a la señora que no tuviera
miedo que pasará segura y que estuviera
tranquila pues pronto iba a
poder reunirse con su familia.
Cuando me paré sentía un vacío en
el estómago, y no sabía el porqué
estaba nerviosa, llevaba los papeles
completos, tenia bien ensayado y
seguro lo que iba a decir, por supuesto
no quería irme a vivir a ese lugar,
eso lo tenia y lo tengo bien claro,
pero no se qué pasaba, no sabía si
esas personas que deciden si te dan
esa tarjetita o no, decidirían otorgármela;
no se porqué esas personas se
imponen tanto a nosotros los mexicanos,
tanto que logran hacerte sentir
nervios al momento de pasar a la
ventanilla. Lo que si sabía era que
tenía que tranquilizarme que esos
nervios eran producto de mi desesperación
de saber que había perdido
gran parte del día, que estaba
cansada, que estaba asqueada por el
sistema en que vivimos y formamos
parte y que sí, la verdad tenía ganas
de conocer otro lugar fuera de
México y sobre todo porque me
habían regalado un viaje a Las Vegas,
así que podía aprovechar, aunque
Estados Unidos no era precisamente
el lugar más interesante al que quisiera
ir, pero aún con ello, tenia que
pasar tranquila y sin nervios pues no
tendría porque tenerlos.
Esta es la narración de una vivencia
personal, de una situación desagradable
que esta vez me tocó experimentar.
Finalmente salí de ese horrible
lugar, después de las seis horas
que estuve ahí adentro, cuando pasé
a la ventanilla, el tipo decidió no
otorgarme la visa. Precisamente
cuando cayó el numero 833 me acerqué
a la ventanilla, no recuerdo bien
la cara del hombre que me atendió, y
después de contestarle lo que me
preguntaba, sacó de su gabinete una
hoja, selló mi pasaporte, y me dio la
hoja doblada en él.Me dio una
respuesta sin sentido para decirme
que no le era posible “otorgarme la
visa”. Puedo decir que salí de ahí sin
palabras, no se qué me molesto más,
si la actitud “amable” del hombre, su
negativa sin fundamentos, la foto del
señor Bush en la entrada, que tuve
que dejar mi celular en paquetería, o
el pensamiento de saber que las personas
que vivimos en este país aceptamos
y seguimos permitiendo este
tipo de situaciones sin establecer
límites ni soluciones.
Me hicieron tirar mi chicle, pagar
$1200 más $50 de la foto mas cara
que he pagado, me hicieron esperar
por horas para que en cuestión de
minutos (menos de diez), el hombre
me dijera que no me dan la “oportunidad
y el permiso” de entrar a su
país ¿de entrar?, pues ¿quiénes son?,
¿acaso no ellos entran y salen de
nuestro país cuando quieren?,
muchos de ellos viven en él, establecen
comercios, trabajan aquí y les
quitan la oportunidad a muchos
mexicanos. ¿Por qué? Esa es la pregunta
con la que salí de ese lugar y
vive hoy en día en mi mente, por
qué nosotros mismos no nos creemos
que somos iguales, por qué los
vemos como una raza superior, por
qué no buscamos esa igualdad tan
mencionada, finalmente somos personas
y nosotros mismos nos prestamos
a esas divisiones, jerarquías, clases
sociales que nos hacen estar muyalejados de una verdadera unión, no
sólo de país si no del mundo entero,
pero todo ello, nosotros lo permitimos.
Cómo vamos a estar unidos por causas
sociales si tenemos una barrera
evidente. Por mi parte estoy harta,
estoy molesta, estoy cansada, siento
una gran impotencia y estoy decepcionada
por las injusticias que se
viven, que son evidentes pero no
tomamos conciencia de lo que eso
significa. Esta sociedad tan injusta en
la que estamos inmersos, injusticias
que vivimos día a día y de las cuáles
hacemos caso omiso. El mal trato de
los mismos mexicanos, el negocio de
vendernos un permiso, una pluma,
fotos, asesorías, cafés, comida, etc.
Hoy me pregunto cuál es entonces
nuestra labor como pedagogos, ¿qué
tenemos que inculcar en los niños
del mañana, en la sociedad de hoy?,
¿qué es lo que estamos haciendo
hoy?, ¿por qué dejamos que el sistema
nos arrastre de esa manera?, es
momento de preguntarnos ¿qué
estamos haciendo hoy por la educación
de la sociedad, de la población
de nuestro país?, nosotros como
pedagogos ¿en qué contribuimos,
por qué razones o ideales luchamos?
No son ideas utópicas, al contrario, es
momento de hacer algo ahora, no
dejemos estas ideas en un sueño
que no podrá cumplirse; al contrario,
si no logramos un cambio hoy
entonces ¿cuándo? Definamos hoy
el tipo de hombre que debemos y
queremos formar, hombres que no
sean conformistas con las injusticias
que viven, que estén dispuestos a
evolucionar, tomemos y formemos
conciencia, propongamos nuevas
ideas, nuestro campo laboral es muy
extenso, debemos incurrir en la mentalidad
de la sociedad a la que pertenecemos,
lo podemos y debemos
hacer, en verdad debemos atender a
las necesidades educativas relacionadas
con los problemas sociales que
vivimos en nuestro país.
La narración de la visita a la
Embajada de Estados Unidos es un
pretexto para escribir, para describir
una mínima parte de lo que se vive
hoy en día en nuestro país y preferimos
cerrar los ojos para no darnos
cuenta de lo que está pasando.Yo
iba por simple gusto, pero qué hay
de la señora que estaba delante de
mi y que sólo quería conocer a sus
nietos, qué hay de las personas que
juntan cada peso de esos $1, 200
para poder reunirse con sus familias
¿Qué hay de todo esto? Lo único que
quiero decir es que pensemos como
sociedad y como pedagogos el
papel que estamos jugando, que
nos demos cuenta, que abramos los
ojos pero sobre todo que tengamos
iniciativa por intentar cambiar lo que
hoy vivimos, empecemos por nuestra
sociedad, por nuestro país,
empecemos por nuestros estados y
por qué no, por nuestras colonias,
por tener una mejor relación con
nuestros vecinos, con nuestras
mismas familias para así ir logrando
un cambio. Empecemos por nosotros
mismos, que formamos parte de una
sociedad sistematizada y esclavizada
de un poder que nos limita como
ciudadanos “libres e iguales”.
Asumamos el compromiso de transformación,
de progreso, pero sobre
todo de crecimiento para contribuir
en conjunto, al desarrollo de nuestro
país.
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